Acto de magia
Desde niño me fascinaba la magia: aparecer y desaparecer cosas, escuchar los aplausos, inclinarme con elegancia y esfumarme. Esa era la vida que deseaba. Muy pronto descubrí que no tenía ni la destreza de manos ni la gracia suficiente para engañar al público. Tal vez, simplemente, no tenía la magia.
En las fiestas familiares mis trucos siempre fracasaban. Recuerdo la última vez, a los doce años: debía hacer desaparecer una bolita de papel. Tras ensayarla mil veces frente al espejo, estaba seguro de poder lograrlo. Pero la bolita se atoró entre mis dedos y cayó al suelo. Escuché las risas de mis primos, las miradas incómodas de mis tíos y la desaprobación de mi padre. Recogí la bolita, hice una reverencia y abandoné la sala. Esa noche de Año Nuevo me despedí de la magia.
Veinticinco años después, en otra víspera, regresó. Al llegar a casa de mis padres encontré a mi sobrina Regis viendo un espectáculo de ilusionismo en la televisión, absorta.
—¿Te gusta la magia? —le pregunté.
Asintió sonriente, extendiendo sus brazos hacia mí.
El hallazgo me conmovió. Esa misma tarde busqué tutoriales, practiqué frente al espejo y sentí una emoción que hacía años no conocía. Nada en la oficina me producía tanta ilusión como preparar un truco para mi sobrina.
Esperé el momento oportuno. Mientras mis sobrinos adolescentes jugaban fútbol en el patio, me acerqué a Regis con una bolita de papel oculta en el bolsillo.
—Como sé que te gusta la magia, hoy verás a tu tío el mago.
—Tú no eres mago, tío —rió.
—Ya lo veremos.
Ejecuté el pase. La bolita desapareció. Regis abrió los ojos como platos, aplaudió y gritó:
—¡Eres mago, tío!
El aplauso de mi sobrina me bastaba. Mis sobrinos, desde lejos, descubrieron el truco, pero volví a sorprenderlos mostrando ambas manos vacías. Dejé el patio como un verdadero mago, con la gloria en los bolsillos.
El éxito fue adictivo. Practiqué con una moneda hasta dominarla. Al día siguiente, frente a Regis y —esta vez— bajo la mirada incrédula de uno de mis sobrinos, la moneda desapareció de mis manos. El chico dejó el control de su videojuego y me pidió repetirlo. No lo hice: un mago nunca revela todos sus secretos.
Entonces Regis quiso probar. Arrugó una servilleta, la apretó con fuerza en el puño y dijo las palabras mágicas: “pim, pam, pum”. Abrió la mano lanzando disimuladamente el papel hacia atrás. Mis sobrinos se rieron, pero yo la aplaudí con entusiasmo. “Eres maga”, le dije, y ella sonrió orgullosa.
No se conformó. Trajo una tela azul, translúcida, y la agitó sobre mí hasta cubrirme por completo.
—¡Pim, pam, pum! —gritó—. Te desaparecí, tío.
Me quedé inmóvil, bajo el velo azul. El mundo se volvió difuso, luminoso, como si lo mirara desde otro lugar. Vi la sonrisa enorme de mi sobrina, escuché las voces indiferentes de mis sobrinos que volvían al videojuego, y cerré los ojos.
Fue mi deseo ya no volver a salir de ahí, nunca.
