I

No quería venir a la Convención de Empresarios, a qué volver a Acapulco dos semanas después, cuando aún están frescas las vivencias y corro el riesgo de que se abra la caja de Pandora de los recuerdos. No quería venir pero se enfermó la reportera asignada a esta Convención y no pude negarme a las órdenes del director del periódico; y, sin proponérmelo, ahora estoy como reportero precisamente en el hotel de la Convención, el mismo que tú elegiste y en el que estuvimos hace quince días aquí, Claudia.

En esos días felices contigo, imaginé un futuro diferente en el que olvidaría para siempre mis corbatas anticuadas y mis zapatos de abonero. Sería un hombre renovado. Pero no sucedió como lo pensaba porque regresando de Acapulco me dijiste que conmigo ya no más. Y, como en otras ocasiones, te volviste a ir sin decirme nada, Claudia, sin que sepa ahora qué haces y dónde andas, hermética como siempre.

II

Han iniciado las conferencias del primer día de la Convención y un hombre pulcro es el orador. Habla sobre la cancelación del Nuevo Aeropuerto de la Ciudad de México y asegura que lo único que ha provocado es que la inversión privada se inhiba, sin llevar a prisión a ninguno de los que, a decir del nuevo presidente, se enriquecieron ilícitamente con ese proyecto. Media hora más tarde, después de tomar notas y unas fotografías, recojo un boletín impreso que está sobre una mesa a la entrada del salón y me retiró.

Voy a buscar a Rafael, un colega de otro periódico. Recorro los pasillos y jardines del hotel, pero no lo encuentro. Decido salir a caminar por la costera Miguel Alemán. Ahí veo pasar las calandrias adornadas con globos multicolores ocupadas por hombres, mujeres y niños sonrientes. Miro a los turistas caminando de un lado a otro, que también ríen, elevados a la categoría de hombres despreocupados. Veo los restaurantes y bares con las mesas al aire libre, y las palmeras del camellón central que cabecean cadenciosamente cuando el calor baja de intensidad y empieza a oscurecer. Y a la vista de todos, sobre la costera, la pinta en una barda de una banda del crimen organizado amenazando de muerte a un funcionario público estatal.

He caminado como diez kilómetros y estoy cansado, lo único que quiero es dormir, perderme en las profundidades del sueño y no pensar en ti, en los recuerdos que de pronto me acosan, Claudia. Ya en mi habitación me recuesto en la cama: dormir, no saber nada de mi ser por unas horas, suspender mi existencia para el mundo, cancelar por un momento mis deseos y mi mente que bulle infatigable, que descanse el mundo sin mis ojos. Mi atención se apaga como una bombilla que poco a poco pierde la energía.

III

Al otro día me encuentro con Abel, otro reportero. “¿Qué pasó, dónde te perdiste anoche?”, me pregunta con un dejo de “si supieras lo que hicimos ayer”. “Pues por ahí anduve, caminando”. “No, si nomás pregúntale a Rafael por las pollitas que nos comimos… pero espérame, déjame ver qué quiere el ojete de Alarcón”. “¿Qué pasó, cabrón?, no le digas así a tu director”, bromea Rafael, quien acaba de llegar.

Después del desayuno voy por mi cámara y una grabadora a la habitación y me dirijo al salón en el que se llevarán a cabo las conferencias del día. Es el líder de una organización empresarial el que habla del desplome de la economía por la incertidumbre que ha creado el nuevo gobierno: “Y por eso, señores empresarios, ya es hora de que tengamos una participación más activa en política y hacer escuchar nuestra voz en estos momentos, en los que parece estamos ante un gobierno de un solo hombre que constantemente ataca a nuestro sector”. Aplausos. Viene la comida y dos conferencias más en el mismo tono y se acaba la sesión.

Les digo a Rafael, a Abel y al fotógrafo Correa que tengo que hacer una entrevista y que nos vemos más tarde. “Pero no te vayas a hacer güey, porque te toca a ti comprar los pomos en la noche”, me advierte Correa y hago como que no lo escucho. Dos horas más tarde, al llegar a mi habitación después de la entrevista, escucho gritos en los pasillos y me entero de que el gringo cincuentón del cuarto de al lado encerró a la camarista en la habitación cuando ella pasó a dejarle unas camisas y se la quería tirar a la fuerza. Ella no se dejó, pataleó, gritó y pegó en la puerta hasta que la jefa de piso y dos vigilantes fueron a ver lo que pasaba. “Hijos de la chingada, todos son iguales. ¿Qué creen, que también estamos a su disposición?”, gritó la jefa de piso y, abrazando a la chica sollozante, se pierden en los pasillos, mientras al gringo los vigilantes le ponen dos que tres chingadazos: “Ora sí no te la vas a acabar, pinche güero”.

IV

No sé qué hago por este edificio en ruinas pero intuyo vagamente que te busco. Entro en una construcción abandonada. Miro sus paredes sin pintura y sin yeso completamente descascaradas. Me paro en lo que bien podría ser un patio y levanto la vista hacia donde se alcanzan a distinguir las medias bardas que indican cada uno de los pisos. En uno de éstos últimos veo un rostro que no alcanzó a distinguir por lo brumoso del lugar. El rostro me ve y se oculta. Momentos después lo vuelvo a ver unos pisos más abajo y me mira detenidamente. Hago lo mismo y puedo distinguir perfectamente que eres tú, Claudia. Estás como ausente.

Sin decir una palabra caminamos hacia la salida. Salimos a una calle también brumosa, desolada, con casas y edificios viejos. Miro mi auto y sin saber por qué está mucho más deteriorado, lleno de tierra en la parte interior con un televisor descompuesto, planchas semidestapadas con los alambres de fuera, licuadoras con los motores oxidados y los vasos rotos, focos manchados de lodo, computadoras empolvadas e incompletas, un raído portafolios abierto con papeles regados y no sé qué cosas inservibles más.

Como podemos, subimos al auto y apenas enciendo el motor, tú y yo ya estamos caminando por una zona de fábricas abandonadas, de naves industriales inmensas y también en ruinas. De vez en cuando, como fantasmas, aparecen algunos obreros trabajando en algo incomprensible. Cuando ya no vemos a nadie te repegas a mi espalda y me besas el cuello. Enseguida empiezo a bajar mi mano y la meto entre tus piernas debajo de tu falda. Siento tu sexo húmedo pero inmediatamente me apartas y me miras fijamente.

—Te estás haciendo viejo —me dices.

Y te vas caminando lentamente hasta que te pierdo de vista.

Me tengo que levantar porque ya es hora de otro compromiso. Me doy un baño para reanimarme y ahí voy ahora a un coctel.

V

No, no, cállate, ahí viene la prensa bromea un industrial cuando me ve que me acerco al grupo que forman cinco de ellos.

Es broma, Alejandro, ven, plática con nosotros dice otro.

Escucho las pláticas de estos licenciados, directivos de compañías trasnacionales, hombres dueños de medianas y grandes empresas, y hasta parecen profesionalmente capaces y honestos. Aquí no ser realizan ilícitos con subsecretarios o secretarios de Estado para obtener contratos, previo soborno al funcionario; no, aquí se hacen negocios. Bienvenidos al mundo del eufemismo. Y en este lujoso salón lleno de luces, blindado por el optimismo, levantan, orondos, sus copas por la salud de las empresas.

Cuando acaba el coctel me reúno con Rafael, Abel y Correa y me piden que aporte para los pomos. Les digo que traigo poco presupuesto. “Entonces pon la habitación para ir a tomarnos las botellas, ¿no?” Así que más tarde en la habitación y después de una buena dosis de alcohol, el Abel, ya borracho, quiere ir a un antro a ver qué viejas agarramos. “No le hace que estén feas, cabrón”. “Que no, pinche Abel, ya mejor vete a jetear”. “Bueno, si no van ustedes me voy sólo”. “Mira, cabrón, no empieces con mamadas, ahorita ya no agarramos onda ni a madrazos; además pedo ni te pelan”.

Total, que entre tanta y tanta discusión, el Abel se empieza a poner pálido y con ganas de vomitar y con trabajos, con su rechoncho cuerpo, llega justo a tiempo para guacarear en la taza del baño. “Ya ves, te lo estamos diciendo, güey, cómo te quieres ir así, ya clávate a dormir”.

VI

Los dejé discutiendo en la habitación y salí a despejarme con el aire y la oscuridad de la noche. A esas horas van llegando los cinco empresarios con los que platiqué en el coctel. Regresan de un club exclusivo en el que hay mujeres de todos los colores y sabores y del que uno de ellos es socio, dice el más sobrio.

Al día siguiente, después del desayuno, empiezan a llegar los convencionistas al salón en el que serán los trabajos del día. Pero en esta ocasión ya son pocos los que asisten a las conferencias. La mayoría prefiere ir a la playa, a la alberca o a pasear por la costera. Los primeros cuarenta minutos de esta plática no han sido muy interesantes y algunos impacientes se empezaron a retirar.

De pronto, en la fila que se encuentra atrás de mí, se escucha un murmullo que enseguida estalla en gritos y confusión. Un comando de cinco encapuchados de una organización criminal trata de sacar por la fuerza a un hombre oriental, alto directivo de una empresa japonesa instalada en México, que tranquilamente escuchaba la conferencia. Los pocos convencionistas que quedan están intimidados por las armas de los sicarios y permanecen asustados, inmóviles.

Tres integrantes del comando están forcejeando con el japonés muy cerca de mí y temo que empiecen los disparos. Y a pesar de mi temor alcanzó a distinguir una voz de mujer que le grita al japonés que no se resista. Pongo más atención y creo reconocer ese timbre de voz. Ya sin importarme nada, miro fijamente a la encapuchada que forma parte de la banda. Y cuando repara en mí, noto la sorpresa en sus ojos. Nos miramos por unos instantes y nos reconocemos.

Tu mirada y tu voz son para mí inconfundibles, Claudia.

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Licenciado en Letras Hispánicas por la UAM-Iztapalapa. Pasante de Periodismo y Comunicación Colectiva por la ENEP-Acatlán, UNAM. Ha publicado cuentos en las revistas 'Casa del Tiempo' (UAM), 'Opción' (ITAM), 'Crítica' (UAP), 'La Gaceta' (FCE), 'Topodrilo', 'Letrario' y 'Ostraco' (las tres de la UAM-Iztapalapa).