Teresa tiene sesenta años, había sido muy hermosa y sabe que a pesar del tiempo aún posee una silueta esbelta y sinuosa, pero al mirarse al espejo también reconoce que su rostro, con marcadas arrugas por la edad, no deja espacio para que los hombres en la calle puedan fantasear con su cuerpo. La juventud y la belleza física no son un producto renovable.

Vive sola desde su madurez, cuando murieron sus padres, y estar apartada de los parientes medianamente cercanos no la deprime, está acostumbrada a navegar sola en su mar de certezas que son pocas, pero suficientes para construirle un puerto seguro en su vida diaria desde que aparece el sol hasta que anochece. Vive de una pequeña pensión que intercambió por todos los años de juventud invertidos trabajando de secretaria en una pequeña fábrica. A sus sesenta años divide su tiempo en actividades religiosas de caridad, ahuyentar con pesticidas las plagas de su jardín y mirar películas. Cuando sus conocidos le preguntan el porqué no se casó, ella contesta que aunque no le faltaron pretendientes nunca le interesó vivir en matrimonio. Teresa se sabe sola, pero no le importa porque no tiene recuerdos de amores inconclusos o frustrados, nunca conoció algún hombre que se acercara a las expectativas de lo que ella deseaba. Quizá culpa de la ausencia de compañía varonil fueran las películas que desde niña acudía a mirar con sus padres en los cines de antaño, hermosas películas románticas donde el protagonista era un hombre perfecto que daría la vida por su amada de ser necesario. Esa era la imagen ideal que se convirtió en el deseo de Teresa desde pequeña. Fantaseó toda su vida y no dejó que nada viniera a ayudarla a construir otro mundo que no fuera el de esperar una vida donde el hombre ideal —caballeroso, culto, guapo, piadoso y rico, por supuesto— se presentaría en su camino y ella viviría entregada a él. Nunca llegó. Ante ella desfilaron hombres que consideraba feos, mediocres o pobres y así decidió quedarse sola.

Los padres de Teresa, fanáticos del cine romántico, no dejaron libre para su pequeña hija otro horizonte emocional que no fuera el de vivir imaginariamente las aventuras de las parejas protagónicas de las películas. Cuando Teresa creció sus padres, ya viejos y enfermos, lamentaban no poder acudir al cine, pero Teresa solucionó la complicada situación de sus progenitores comprando un vhs y un dvd posteriormente. Estos aparatos fueron la delicia de la familia porque aumentaron las posibilidades de mirar las películas que quisieran y repetirlas una y otra vez a voluntad porque, dicho sea de paso, la venta de copias ilegales y a precios muy bajos fueron una maravillosa oportunidad para acrecentar el mundo de las fantasías familiares. Adquirieron películas de aventuras con exploradores audaces, de guerras con soldados valientes, de dibujos animados con princesas y algunas cómicas, pero siempre sus favoritas fueron las románticas. Con los años, tanto el padre y la madre de Teresa miraban su película favorita mientras eran tomados de la mano de la muerte y ésta les susurraba los diálogos de los protagonistas. Novedad para la muerte que ya debería estar aburrida de escenas de angustia en el adiós mortal.

Se ha oído decir que al borde de una situación de muerte se revela a la memoria la vida como una película rápida, los pequeños fragmentos más representativos de la historia vivida dan un golpe al corazón para acelerar los latidos y continuar viviendo, o tal vez, más profundamente, comenzar, ahora sí, a existir. Teresa no necesitó una situación de riesgo de vida, su apacible existencia se vio transfigurada el día que a los sesenta años vio por primera vez una película pornográfica. Quiso el destino que cuando Teresa se dirigió a adquirir una nueva película, el hombre que la atendió equivocó el disco y lo colocó en el empaque del de Teresa; cuando ella llegó a su casa colocó el disco en el dvd y mientras se acomodaba en su sillón comenzó la película; no hubo preámbulos: una escena de sexo totalmente explícito entre un hombre y una mujer la hicieron sonrojarse. Pensó en quitar el disco, pero no lo hizo, aunque se moría de pena —a veces las reacciones instintivas como un sonrojo están tan controladas por una realidad que parece no dejar de vigilarnos.

En los siguientes días Teresa por primera vez deseo ser poseída y poseer, percibía un vacío, experimentaba la angustia de que algo faltaba en su vida y se sintió inconforme con sus circunstancias virginales. La carencia tiene la cualidad de que nos muestra la necesidad de conocer hasta lo que se ignora de uno mismo.

Teresa encontró la solución a su deseo en el grupo de caridad donde participaba. Entre sus compañeros había voluntarios que se hacían responsables de algún indigente para rehabilitarlos a una vida normal, enseñándoles un oficio y otorgando una simbólica paga. Ella solicitó la custodia de un dócil joven de veintitrés años delgado y de rasgos indígenas, que tenía un leve retraso mental y dificultad al hablar, por lo cual casi nunca lo hacía. Lo llevó a su casa y le pidió que se aseara, le compró ropa y le enseño a mantener el cuidado del jardín de su casa limpiándolo, cortando ramas inservibles y colocando pesticidas para las plagas que abundaban. El joven aprendió bien y todos los días acudía a realizar el trabajo de jardinero. Pero después de un par de semanas Teresa lo hizo pasar a su habitación donde le puso películas románticas y le ordenó que le tomara la mano con delicadeza como el hombre de la película y que la besara candorosamente. El joven, un poco extrañado, obedeció. Durante una semana Teresa le puso películas recatadamente románticas, mientras él imitaba los cariños del protagonista prodigándoselos a Teresa. Ella también le enseño a utilizar el dvd diciéndole que él sería el encargado de poner películas. Al cabo de esa semana Teresa le dio el disco pornográfico y le ordenó que le hiciera exactamente lo que hacía el hombre en la película. El joven obedeció y Teresa por fin comprobó el placer que casi dejaba escapar de su vida. Y se manifestó que los instintos a veces logran vencer las normas de los discursos que indican a quién se le está permitido o no ceder a sus impulsos.

Con los días Teresa sucumbió al miedo de perder al joven que no amaba pero lo consideraba su propiedad, así que sin más lo retuvo cautivo en su casa alegando ante el grupo de caridad que el joven jamás volvió a regresar con ella. Le creyeron. El joven no se quejó de su encierro, como si estuviera acostumbrado durante toda su vida a ser separado de los normales.

Teresa continuó con su vida y disfrutando a su antojo del cautivo a quien premiaba llevándole golosinas y frutas. Cuando llegaba de la calle siempre lo encontraba mirando películas de dibujos animados con princesas que eran salvadas de la muerte al beso del verdadero amor, supuso que una infancia precaria lo impulsaba a darse gusto mirando caricaturas. Una tarde que Teresa llegó de su grupo de caridad lo encontró muerto, junto a él se encontraban unos pocos restos de una manzana que él mismo había rellenado con pesticidas, y en su boca trocitos de la fruta indicaban que la había devorado casi toda. Teresa comprobó que los argumentos de las películas tienen distintas lecturas, porque en el mundo del joven ella era la bruja de la cual quería librarse para despertar al beso del verdadero amor.