“Al fin y al cabo tengo diecinueve más.” Era el pensamiento que me asaltaba varias veces durante el día. Cada vez que terminaba de bañarme, al verme en el espejo, contemplaba uno por uno esos pequeños y regordetes apéndices que eran mis dedos. No había momento del día en el que no me percatara de ellos, en lo bonitos que eran, en lo importantes que son para todas las personas. Llegaban a mi mente varias imágenes de las novias de mundo presumiendo sus anillos de compromiso, colocados sutilmente en esas singulares formas, iguales a tentáculos, saliendo de sus delicadas manos. ¿Cuántos defensores de la justicia no han utilizado ese poderoso índice para señalar lo que para ellos es el bien y el mal? Me retorcía de la risa cada que recordaba la clásica escena donde el emperador romano decide, frente a todo el Coliseo, si algún gladiador debe morir o no. ¿Con qué tocarían los pianistas si no los tuviesen? ¿Con qué enseñarían a los niños a contar? ¿Con qué sustituirían sus ojos los invidentes si no es con ellos?

Aunque parecía una locura, pues eso era, quería vivir en carne propia la sensación que decían era insuperable: la del miembro fantasma, además de esa completa incapacidad de rehabilitarse y la reafirmación de verse frente a la sociedad mutilado de tal manera. Fuera de pensamientos románticos, lo que realmente deseaba, era sentir tanto el momento de pérdida, como la falta de ese pedazo de carne y hueso, por mero morbo.

Lo vívido y traumático de ciertas imágenes del pasado tienen un valor extrañamente inconmensurable, ya que uno las revive como si revisara viejos diarios con bolígrafo en mano, para llenar o corregir esos lugares, en los cuales quede un hueco provocado por algún trauma de la infancia. La unión del terrorífico recuerdo, junto con algo de dolor y mucha sangre, esperaba que me diera una posible catarsis, o arrepentimiento. Era jugarse un volado, entre la erradicación de la locura, o la excitación de la misma, provocada por las acciones surgidas de ella. La verdad nunca lo sabría si no lo hacía, si no cerraba esa herida psicológica de mi curiosidad con la satisfacción de esta misma.

Ya habían pasado varios años desde que surgió en mí esa idea, pues concretamente no sabía cuál de mis dedos cortar. Sólo el paso del tiempo me dio la certeza de esa decisión, conociéndola basándome en todas las anécdotas posibles, en la importancia de esas cosas; pues hasta para que los pies mantengan el equilibrio son necesarios.