Hace un tiempo que a José Morales le duele la panza, no sabe si es mero en las tripas o algo más. Cuando se queda quieto para sentir de dónde proviene el dolor, le entra la duda de que sea en la boca del estómago o tal vez sea dolor de otro lugar. En lo que se va el malestar, después de quedarse quieto como alcaraván, se olvida de su padecer y vuelve a su quehacer normal; visita su rastrojo, se echa unos traguitos de mezcal, platica de su vida en bonanza cuando joven. Su presente es de 84 años, cerquita ya de los 85.

Por las noches su tiempo de vida le indica que está cerca la partida, a través de la ventana y la puerta ve la sombra de la noche, escucha el silencio nocturnal y se tapa para no saber más de lo que sus ojos visionan.

Al amanecer del día la esposa y los hijos de José Morales hacen la misma rutina, pero notan que falta uno entre el hacer de cada mañana, acuden a su cuarto y ahí lo ven acurrucado con un rostro de dolor.

Entre varios intentan pararlo pero su cuerpo está suelto; la familia se alarma, como  pueden lo trasladan a rastras de pies, lo suben a un coche y se dirigen al hospital.

Los días en el hospital se vuelven angustiantes y de sufrimiento para José y su familia. Una tras otra las visitas dan consuelo y ánimo al que tendido en la cama está. Se distingue la visita diaria de un compadre que entre miradas con José Morales se platican un secreto que llegará al hijo mayor.

—Qué tal, mi negrito, ¿cómo va tu papá?

—Pues ahí la lleva el viejo.

—Mira mijo, no me creas, pero dicen que don Jorge ya fue a cavar la sepultura. ¿Está muy grave don José?

Para desengañar con sus ojos lo que sus oídos escucharon, el hijo va al panteón y de cierto es que una fosa en el espacio familiar espera a ser ocupada. La cosa va en serio, una lágrima rueda por la mejilla del hijo que discretamente se limpia y hace saber a la familia lo observado.

En el hospital la muerte visita a José Morales y platican la situación. Para los hijos al padre se la va la memoria, pues dice incoherencias, señala y menciona objetos que ahí no están, mientras que la muerte usa esa cortina de olvido para entablar conversación con el siguiente vecino a la nación de las palabras silenciosas.

Respetuoso, José Morales dice a la muerte que ya sabía de su visita en las noches anteriores y, para ahorrarse tiempo, había encargado a su compadre la tarea. La muerte complacida ve un gesto de aceptación en el moribundo José, le regala un rato más con sus familiares y le indica que lo esperará  en el panteón. El tiempo transcurre, los días se suman a la semana que culmina. Desmemoriado, molesto y gruñón, José va ingiriendo vía sonda los medicamentos, unos días después la lucidez regresa a su pensar, a empujones de medicina se le ve mejoría y un domingo, casi para concluir la semana, a José Morales de alta dan.

Alegría y regocijo hay en la familia, los amigos de su edad que días atrás lo visitaron y animaron —pero en su silencio a despedirse fueron— igual sonríen por José Morales.

—Diantre de José, hasta con la muerte negoció —susurran entre  amigos.

Unos días más de recuperación en casa y a la vuelta de la esquina el cumpleaños número 85 de José Morales llegó. Se organiza el festejo a doble felicidad. En el panteón la muerte ufana analiza la existencia de José. “Cumplió con su ciclo de vida, se enterrará viendo el nacer del sol”, decía para sus adentros.

El viento llevó a oídos de la muerte que un moribundo en el pueblo algo celebraba. Incrédula, incómoda y alterada marcha al centro del pueblo; ciertamente que música, alegría y calor familiar encuentra en un zaguán. Molesta a más no poder, lanza su guadaña. Dos días después de la fiesta, a su amigo fueron a enterrar. La fosa que José Morales encargó se ha llenado de agua de lluvia, un mundo de corta tripas ocupa el lugar.

José Morales sabe bien que a la muerte burló. Desde entonces cada anochecer asegura bien la puerta y cuando se entera que alguien de su tiempo falleció, ligerito se para, en silencio atroz se dirige a su cuarto, corre las cortinas, atranca su puerta y resguardado en su cama espera a que la sombra de aquella visitante al hospital se vaya, que se vaya temporalmente de su presencia, pues la lección de la vida José aprendió: la muerte no ve tiempos de vida, sino momentos apropiados.

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Maestro de telesecundaria, en Oaxaca. Actualmente es Asesor Técnico Pedagógico del sector 05 de Telesecundarias.

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