Existen mujeres calladas, mujeres que entran al día como a una condena impuesta por el sol, y para ellas, las horas no son esas que los demás aceptan en el reloj de mano, porque el tiempo interno es mucho más lento, más agotador, y hablar cansa, mirar cansa, perseguir cansa.

Yo soy una de esas mujeres. Desde pequeña me di cuenta de que prefería callar y hacer lo que mi madre me pidiera, los sacrificios a los que me obligaba mi padre en pro de mis seis hermanas pequeñas, con tal de no tener que hablar. Amaba cuidar pájaros, amaba criar pájaros, pero no para recibir su canto matutino, ya sabía desde niña que ellos cantaban por hambre o por vicio, como también nosotros, hablamos siempre para conseguir algo, para saciar nuestros deseos, por ambición y por costumbre.

Así criaba pájaros, como pude criar cerdos o pavos. Criaba pájaros para ganar dinero, antes de dar de comer a mi padre, a las pequeñas, y de haber permanecido junto a mi madre y asegurarme de que no guardaría comida debajo de la almohada, para fingir que el perro se la había arrebatado y obligarme a darle más.

Entre nada y nada, ¿qué puede haber?, y ¿qué puede significar tener cuarenta años o quince? Entre nada y nada, sólo el canto de los pájaros, los que nacen, los que están a punto de morir, las oxidadas jaulas en la terraza, las diez jaulas de gorriones, el huevo revuelto, los frijoles en la comida, el sueño antes de las diez, mis hermanas y yo en una sola recámara, mientras mi padre hacía de guardia en el almacén de conservas y mi madre sacaba debajo de la almohada sus reservas de comida.

Todos los miércoles y los sábados de verano, el tiempo de los gorriones, llegaba a las doce del día,  puntual, aquel viejo que nos compraba pájaros para venderlos en el mercado. Siempre me preguntaba qué clase de personas compran pájaros. Nosotros los criábamos porque nos procuraban una entrada de dinero, segura y mezquina, pero que daba de comer a nuestra inmensa madre y a las pequeñas. Al mediodía yo había terminado de lavar los platos, alimentar al perro, había limpiado ya la cocina y la terraza, los pájaros tenían ya un periódico limpio, alpiste y agua para todo el día, había bañado a mi madre. Mi padre dormía en el cuarto vacío que ocupaba con mis hermanas por la noche, y estaba a punto de comenzar a lavar la ropa. Si era miércoles o sábado, esperaba a que llegara el viejo, hacíamos un intercambio de mercancía, me entregaba sonriendo los billetes, que yo sin sonreír repartiría según las necesidades de la casa. Y por fin volvía a quedarme sola, callada. Y comenzaba a trabajar de nuevo, incansablemente, para no pensar, para no hablar, para no escuchar a los gorriones que estaban listos para partir, y lo sabían.

Entre la nada y la nada apareció Bruno. Era sábado, porque mis hermanas que descansaban estaban jugando lotería en el comedor, riendo bajito para no despertar a papá. Yo las odiaba en ese instante. Más que nada, me molestaba el hecho de no poder lavar las sábanas, porque el viejo no llegaba, ya casi iba a dar la una, y yo me había atrasado sobremanera.

Ileana Garma