No se por qué mi tía decidió coser saquitos de encaje con su vestido de novia. En realidad, no me importa. Allá ella y sus razones. Lo que sí me pesa es que ya no podré ponérmelo cuando no hay nadie en casa o cuando todos duermen. Me gustaba vestirlo y soñar que algún día podré casarme con alguien muy guapo, como a mí me gustan. Con alguien parecido a Roberto, el que va en el grupo B, en el salón junto al mío.

Diario salgo a recreo con la esperanza de encontrármelo en el patio, y voy a todos los partidos de basket a verlo jugar. Todos creen que me gusta el juego. Pero no. El que me gusta es Roberto, y está en el equipo de la escuela. Es muy alto, mucho más que yo que tengo catorce y aún me falta crecer, dice mi mamá. Pero mis brazos parece que tomaron delantera y están demasiado largos. Como que le sobran a mi cuerpo. ¿Será por tener brazos tan feos que me mira Roberto?

Porque sí lo hace, y yo siento que me derrito. Me dan ganas de abrazarlo y de que me abrace. Quisiera decirle que me la paso tristeando por no poder contar nada sobre mí ni lo que me pasa. Que me da miedo. Porque temo me dejen de querer y yo los necesito. A él y a mis papás. A mis hermanas y maestros. A mis amigos. Que soy como ellos. Igual aunque distinto. Y no se qué hacer. Sólo con el vestido de mi tía me alegraba. Por un rato me permitía volar, soñando. ¿Por qué lo habrá descosido? ¿Cómo no lo dejó guardado para mí y Roberto?

¿Cómo poder decirle que lo amo y sufro mucho? Porque no soy lo que parezco y que me siento mujer aunque me llame Gastón.

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Profesora jubilada de la Universidad Autónoma Chapingo. Algunos relatos suyos han sido publicados en revistas del Estado de México y en el libro colectivo Tejedoras de historias, editado por la UACh.