Me gusta jugar con Lilí. Ella siempre está descansando, no tiene que ir a la escuela ni estudiar, sólo se entretiene correteando ratones y cuidando a sus bebés. Les da de comer leche, como mi mamá le daba a mi hermana cuando era chiquita, y les lame el pelo de la cabeza para peinarlos. A veces también lame la palma de mi mano y me hace cosquillas.

A doña Mari no le gustaba que Lilí lamiera sus manos. Doña Mari cuidaba a la gata, pero nunca le puso nombre. Sólo le decía así: “gata”, hasta que a mí se me ocurrió llamarla Lilí, como la gata que tuve en mi otra casa, antes de que mamá me trajera a vivir a este pueblo.

Doña Mari nunca salía a la calle, no lo necesitaba porque una muchacha iba todos los días muy temprano a llevarle la comida y sacudir la casa. Por eso yo pensaba que Lilí no tenía dueño, pues siempre la veía salir y entrar a la casa siempre cerrada y silenciosa. Un día, quise seguir a Lilí, y así fue como conocí a doña Mari. Me dio mucho miedo al verla, con cara de enojada, el cabello alborotado y blanco y toda vestida de negro. Me acuerdo que ese día me regañó mucho por haberme saltado la barda para entrar a su patio y no quise volver a ese lugar.

Toda la semana no vi a la gatita por ningún lado y pensé que su dueña la había castigado por mi culpa, pero entonces encontré a Lilí acurrucada junto a los zapatos viejos que mamá acomoda detrás de mi casa. Se veía como enferma, parecía dolerle algo y estaba más gorda. Me armé de mucho valor y decidí llevarla de regreso con su dueña para que estuviera bien.  Recuerdo que ese día mamá había salido, así que no se dio cuenta de que tomé la leche de mi hermanita y se la di a la gata enferma. La envolví en una cobija pequeña –también de mi hermana– y la llevé con doña Mari.

Así conocí realmente a la señora solitaria y triste que se hizo mi amiga muy pronto. “¿Y tú quién eres, jovencito?” “Me llamo José. Siempre me dicen Pepito, pero a mí no me gusta porque a la gente le da risa”. Soltó una carcajada fuerte, pero esta vez no me molestó. Esta vez a mí también me dio risa mi nombre.

La siguiente tarde regresé para ver cómo seguía Lilí. “¿Quién es Lilí?” “¡Ah! Así le digo a su gatita. ¿No le gusta?”  “Yo sólo le digo ‘gata’, llegó sola hace tiempo y nunca se me ocurrió ponerle un nombre. Pero está bien, muy bien.”  Lilí seguía echada, me acerqué a ella y vi que había tres gatitos acurrucados entre sus patitas.