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Entonces tomé el tren sin despedirme de papá. Llegué al lugar donde impartiría clases a las niñas de primaria. Recuerdo al hombre que hablaba con tanta paciencia y que me ayudó a subirme a la yegua. Me explicó cómo llegaría a la casa del comisario, pues tenía que presentarme con él, antes que nada.

     Un día tomé un tren para alejarme de todo. El comisario vivía en un rancho en medio de la selva. Los senderos estaban inundados de tábanos. Pensé que papá estaría leyendo la nota que le había dejado y que no creería que había partido para dar clases. Pensé en la tristeza de papá. A la pobre yegua la asaltaban los tábanos. Siempre había querido tener esos trazos de verde, de cielo perfecto.

    El comisario no creía que yo estuviera decidido a quedarme en la selva. El comisario era padre de cinco varones y tres mujeres. Sus cinco hijos un día habían tomado el tren. Las facciones del comisario parecían haberse derretido sobre su rostro. La más pequeña de sus hijas iba a la escuela. El comisario no creía que yo estuviera decidido a dar clases, pero me sirvió un plato de frijoles,  y me llevó al lugar asignado para la escuela. Y ahí esperamos a los otros padres de familia, que me conocerían esa tarde y me ayudarían a limpiar el lugar.

     Mamá no sabía que me encontraba en la selva. Imaginaba a papá diciéndole que su hijo vago había decidido vivir en la calle. Imaginaba a mamá buscándome en las plazas y en los parques, como a un vagabundo. Mamá no sabía que los caminos de la selva son oscuros, que los insectos se pegan a la ropa, se mezclan con el sudor; que la escuela estaba bajando una pequeña colina; en un claro. El sol la aplastaba y la empequeñecía

     Un día abrí los ojos en un pequeño claro. Si papá estuviera acá, me dije, se acostumbraría en un instante al calor, lo olvidaría todo. Junto a la escuela se encontraba la casa que yo ocuparía. La casa y la escuela eran dos construcciones idénticas, dos diminutas piezas llenas de ventanas y luz, y árboles de zaramullo alrededor de un pozo. No tenía nada más que pedir, pues iría a comer al rancho del comisario. Y aquel señor que hablaba con tanta paciencia, me prestaría a la yegua para que pudiera trasladarme por el pueblo, cuando fuera necesario.

Ileana Garma