Dice Fabricio Mejía Madrid que en México, cuando algo no existe, se le construye un monumento —el de la Revolución, por ejemplo. Es también el caso del Jardín de la Paz que recién “inauguró” el rector de la Universidad Autónoma Chapingo (UACh), José Solís Ramírez, para recordar el feminicidio de Nazaret Bautista Lara, asesinada en el campus en diciembre pasado. En qué contribuye dicho jardín a la paz es algo que la administración debería explicar con detenimiento; para empezar, de qué paz habla. Porque, hasta donde entendemos, la ola de rabia e indignación que desató el asesinato de la adolescente entre la comunidad universitaria —el enojo fue generalizado en todo el país—, no tiene la demanda de “paz”, sino el de ponerle un alto a las agresiones de las que son víctimas las mujeres que desarrollan sus vidas y/o literalmente viven en la institución agronómica más antigua del país: violencia psicológica y sexual, el acoso cotidiano por parte de algunos estudiantes, trabajadores y profesores, tal como se evidenció en el tendedero de denuncias en el Árbol de los acuerdos impulsado por HeForShe Chapingo, a la manera del movimiento MeeToo.

Si en algo quiere contribuir el rector a la solución del problema, bien haría en llamar a las cosas por su nombre: Chapingo no necesita “paz”, que dicho así es una entelequia; aquí y ahora, lo que necesitamos es ponerle un alto a la violencia contra las mujeres. Iniciativas como el Jardín de la Paz son una prueba de que la comunidad universitaria y los trabajadores no pueden dejar en manos de las autoridades la solución del problema. No porque la administración que encabeza el doctor Solís sea per se incapaz —cada quien con su opinión—, sino que por definición la rectoría y demás estructuras de gobierno —direcciones generales, divisionales y departamentales, subdirecciones, jefaturas y el siempre “H” Consejo—, al ser los espacios desde los cuales se ejerce el poder en el ámbito universitario, son inevitablemente las instancias que otorgan impunidad a los agresores. Son, por tanto, parte destacada del problema, si partimos de la premisa de que el abuso de poder, la impunidad y la corrupción son factores determinantes para que impere la violencia en la institución, sobre todo contra las mujeres. Tales son las conclusiones del “Estudio sobre violencia de género: la otra cara de la Universidad Autónoma Chapingo”, realizado por el Departamento de Estadística Matemática y Cómputo de la División de Ciencias Forestales, bajo la coordinación del doctor Francisco José Zamudio en el 2013.

La investigación comprobó, entre otras cosas, que los perpetradores de la violencia en Chapingo son, sobre todo, hombres, que ejercen violencia mayormente contra las mujeres, pero también contra otros hombres; que quienes sufren violencia en mayor grado son las mujeres, sobre todo las estudiantes, seguidas de las trabajadoras administrativas y, en menor grado, las profesoras-investigadoras. Evidenció también que además del abuso de poder, la impunidad y la corrupción, es la normalización de la violencia el mayor obstáculo a vencer, pues es en el salón de clase, en los pasillos y andadores de Chapingo donde se ejerce esa violencia, “Lo que indica que los profesores y directivos de la Universidad, legitiman la violencia a través de la omisión y de la permisibilidad de hechos evidentes antes sus ojos”. Ante un diagnóstico así, una flor, un árbol y una placa en un jardín son francamente ridículos. Se propone, por supuesto, un “marco jurídico con perspectiva de género”, “crear la Unidad de Género para trabajar la política de igualdad, protocolos y reglamentos”, además de la “rehabilitación del internado” y el ya implementado transporte seguro. A excepción de esta última medida que hay que aplaudir, todas las demás son pura demagogia.

Ya el Reglamento Disciplinario —de carácter obligatorio y por tanto de observancia general para estudiantes, académicos, trabajadores administrativos y funcionarios— prohíbe “Agredir a cualquier miembro de la comunidad en forma verbal, física o sexual” y sanciona “Encubrir, solapar o inducir a cualquier miembro de la comunidad en la realización de cualquiera de las infracciones anteriores”. El problema no es que no exista un marco jurídico ni la solución es crear nuevas instancias burocráticas. Lo que dicen los datos es bien claro: ¡los profesores y directivos de Chapingo legitiman la violencia a través de la omisión y de la permisibilidad de hechos evidentes antes sus ojos! De nuevo, el tendedero de denuncias en el Árbol de los acuerdos es una muestra de esa violencia cotidiana, sistemática, en contra de las mujeres: el profesor que manosea a las estudiantes cuando van a asesoría, la estudiante chantajeada con sus calificaciones para que acceda a tener relaciones sexuales con su profesor, las agresiones verbales y sexuales en los pasillos por parte de sus compañeros y trabajadores administrativos, las violaciones sexuales a las que se ven sometidas cuando sus novios —los noviazgos en Chapingo son equiparables al matrimonio—, amigos o compañeros están borrachos o drogados, y los abusos sexuales que sufren por parte de sus novios, amigos o compañeros cuando son ellas las que están bajos los efectos del alcohol y las drogas.

De acuerdo con el estudio citado, una determinante de la violencia contra las mujeres en Chapingo es la reproducción de la violencia que se vive en los hogares de donde provienen los estudiantes. En este sentido, Chapingo no es ajeno a lo que pasa en el resto de la sociedad, donde las mujeres son violentadas verbal, física y sexualmente por familiares o amigos, casi siempre en sus hogares. De hecho, como reconoce un estudio de las Naciones Unidas, el lugar más peligroso para las mujeres es su hogar, porque corren el peligro hasta de ser asesinadas por sus parejas o sus familiares en sus propias casas. Fue el caso de Zuli, la estudiante de Forestales asesinada en el internado en mayo de 2004 por su novio. Y, al parecer, es el caso de Nazaret, la joven estudiante de la Preparatoria Agrícola asesinada presuntamente por un amigo que se molestó porque no quiso ser su novia. Con estos datos en mente, tenemos que buscar las respuestas.

Si las autoridades de turno tienen la voluntad, lo que pueden hacer ya, hoy, es colocar, en cada una de las cuatro paredes y en ambos lados de la puerta de los salones, el siguiente letrero, de tal tamaño que pueda leerse nítidamente hasta una distancia de cuatro metros: “Está  prohibido agredir a cualquier miembro de la comunidad en forma verbal, física o sexual. Quien lo haga, será sancionado con la expulsión o recisión del contrato de trabajo, inclusive, además de las acciones legales ante las autoridades competentes a las que haya lugar. Se sancionará también a quien encubra, solape o induzca la comisión de estos delitos”. Luego, inmediatamente, impartir talleres obligatorios a todo el personal administrativo y académico sobre qué es la violencia de género, para que nadie después se llame a sorpresa y alegue que un “piropo” es un halago cuando sea acusado de violencia verbal, por ejemplo.

Deben también impedir el uso de los espacios universitarios para denigrar y humillar a otros miembros de la comunidad; verbigracia, las veladas departamentales donde la misoginia, el machismo, el racismo y la homofobia son la tónica para “divertirse”. Muchos estudiantes, hombres y mujeres, tiemblan cuando se acerca la velada, porque serán objeto de burla por parte de sus compañeros a través de las “nominaciones” en la redes sociales. En esos mismas veladas, por cierto, se “vende” la compañía de jóvenes, hombres y mujeres. He aquí una oportunidad sin igual para demostrar que, como profesores y directivos de Chapingo, no “legitiman la violencia a través de la omisión y de la permisibilidad de hechos evidentes antes sus ojos”, que es el problema principal que evidencia el estudio sobre la violencia de género en Chapingo. No estaría mal, de paso, que se combatiera de manera seria el alcoholismo, que como se ve es un factor que incide en la ejecución de hechos violentos.

Por otra parte, una tarea urgente es la actualización de los contenidos en los planes de estudio que haga visible el papel de las mujeres en la agricultura, que normalice esa icónica imagen de la chapinguera montada en un tractor durante sus prácticas de campo, que tenga como propósito que la Calzada de los Agrónomos Ilustres tenga en el futuro más agrónomas igual de ilustres. Necesariamente, a partir del próximo ciclo escolar se tienen que implementar con los estudiantes de nuevo ingreso cursos y talleres que les hagan comprender que la violencia ejercida en sus hogares no es buena, que tienen que cuestionarla y aceptar que no la pueden reproducir en la universidad; tienen que entender e identificar qué es violencia verbal, física y sexual para que no la ejerzan ni la permitan sobre su persona; también deben ser obligatorios los talleres que les permitan a los adolescentes que ingresan a Chapingo, hombres y mujeres, ejercer su sexualidad de manera informada y responsable. Esto y poco más se puede hacer desde la academia. Todo lo demás es político.

 

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Cuando no había mujeres en Chapingo, en la entonces Escuela Nacional de Agricultura (ENA) la violencia contra los pelones por parte de los inges era la tónica. Se cuentan cosas terribles. Por ejemplo, que había hordas de estudiantes de los grados superiores que por “diversión” asolaban el internado, abrían las puertas a patadas y si encontraban a algún pelón lo golpeaban porque sí, sin más; varios terminaban en el médico, seriamente lesionados. (Quienes añoran la etapa militar de la escuela no saben lo que dicen o, si lo saben, son de cuidado.) Fue el golpista Victoriano Huerta quien impuso el régimen militar, como escarmiento a los estudiantes de la ENA que valientemente habían protestado contra la dictadura de Porfirio Díaz. Desde un inicio hubo resistencia. Marte R. Gómez relata cómo Ignacio Díaz Soto y Gama, un brillante profesor de Mecánica analítica, se negó a dar clases vestido con el uniforme militar, por lo que fue despedido. En solidaridad, los estudiantes se fueron a extra para no cursar con el sustituto. (Más adelante este profesor encabezaría a los estudiantes de la ENA que participaron en las Comisiones Agrarias del Sur, en Morelos.)

Una vez consolidado el régimen militar en la ENA, hubo siempre motines estudiantiles para echarlo abajo y sustituirlo por la autodisciplina. En 1924 estalló una huelga estudiantil contra la disciplina militar; el objetivo finalmente se consiguió en la década de los 70. En todos estos años, las rebeliones fueron constantes, sobre todo por parte de los pelones, que estaban obligados a obedecer a sus compañeros de grados superiores, quienes los denigraban y humillaban. Hiram Núñez, egresado de la ENA y profesor de Sociología Rural, cuenta en “Remembranza: rebelión y huelga” (La huelga nacional de las escuelas de agricultura en 1967, CIESTAAM, 2008), cómo esta serie de rebeliones culminaron con el otorgamiento del derecho al voto a la población de nuevo ingreso, que no tenía ni voz. Los violentos de siempre, los machos, se opusieron, cómo no. Incluso cuando se puso fin al régimen militar en Chapingo de manera oficial, los estudiantes de nuevo ingreso se tuvieron que organizar en grupos de ocho a diez integrantes para hacerles frente, en los salones y pasillos de la escuela y de los dormitorios, a estos matones que insistían en someterlos y humillarlos durante las novatadas. Así, con grupos de autodefensa, los pelones se hicieron respetar, contando siempre con el respaldo abierto de sus compañeros de grados superiores que rechazaban también estas formas de violencia y que, por supuesto, renunciaban al “privilegio” de ser inges.

Si guardamos las proporciones debidas, bien podemos obtener algunas lecciones de dichas experiencias para buscar una solución a la violencia que se vive actualmente en Chapingo. La primera y la más importante es que el abuso de poder se combate con más democracia. Llevada al extremo, esto implica que hay que desaparecer la rectoría, direcciones, subdirecciones y jefaturas, para sustituir estas estructuras por órganos colectivos de gobierno, donde trabajadoras y trabajadores no académicos formen también parte de la comunidad universitaria. Así se cortaría de tajo con el abuso de poder, la impunidad y la corrupción, pilares de la violencia de género que se vive en Chapingo. Siempre hay que tener esta salida radical en perspectiva. Mientras, más que crear una “Unidad de Género para trabajar la política de igualdad, protocolos y reglamentos”, lo que hay que lograr de inmediato es que todos los consejos, el universitario, los departamentales y de división —instancias de gobierno donde se legisla—, sean de facto paritarios entre hombres y mujeres. Crear una unidad especial es igual a crear una comisión ex profeso, una receta para el fracaso porque, plantee los protocolos y reglamentos que quiera, necesariamente tendrán que pasar por los consejos para que se aprueben; pura pérdida de tiempo.

La segunda lección que debe ser enfatizada es que la autodisciplina definida por la mayoría es la que determina el comportamiento de los miembros de la comunidad, y que esta disciplina que la comunidad se da a sí misma para desarrollar sus actividades académicas, científicas, deportivas, de gobierno y de esparcimiento se le debe imponer —por la fuerza, si es necesario— a esa minoría de matones que insisten en hacer del machismo, la misoginia, el racismo y la homofobia comportamientos normales en la Universidad Autónoma Chapingo. Las estudiantes de Chapingo, junto con sus compañeros que se oponen a la violencia de género y que están dispuestos a renunciar a los “privilegios” sobre las mujeres que les da el ser hombres, deben ser esos grupos de autodefensa que paren en seco las agresiones machistas de otros compañeros, trabajadores y profesores en los salones, pasillos y andadores de la universidad, que además de una casa de estudios es el hogar de miles de adolescentes y jóvenes que dejaron sus casas para estudiar y superarse.

Por suerte, nos encontramos en una ola mundial de repudio hacia la violencia contra las mujeres. La comunidad universitaria, los trabajadores administrativos, la gente de los alrededores vinculada a la vida universitaria —caseros, vendedores, prestadores de servicios— tienen que aprovechar esta ola de rabia e indignación para hacer de Chapingo un lugar donde las mujeres puedan desarrollarse física, mental y espiritualmente, en condiciones de seguridad que les permitan aprender los conocimientos científicos, desarrollar la investigación y divertirse sin temor de ser agredidas por sus profesores, por los trabajadores, por sus parejas, amigos y compañeros. Es decir, que puedan permanecer en las bibliotecas el tiempo que sea necesario sin temor de caminar de regreso a sus habitaciones en la noche, que puedan estar en los laboratorios, en la granja o en las parcelas practicando y experimentando sin más preocupación que la de encontrar respuestas para alimentar a la humanidad de manera sustentable. Es posible: Chapingo es una muestra de que cuando se dan las condiciones materiales necesarias —pan y techo—, las y los jóvenes, no importa si provienen de comunidades marginadas, pueden desarrollar todo su potencial intelectual y físico. Un dato que llama la atención en el estudio coordinado por el doctor Zamudio es que la violencia económica no tiene la misma fuerza en Chapingo que en el resto de la sociedad, lo que se explica por la existencia del comedor y la beca, situación que anula o al menos disminuye la dependencia económica de las estudiantes.

Logarlo no es tarea fácil, porque Chapingo no ha sido un lugar para mujeres. La primera mujer que ingresó a Chapingo abandonó la escuela al poco tiempo, porque nada en esta hermosa escuela estaba hecho para mujeres. La doctora Susana Azpiroz, la primera chapinguera graduada, ha narrado cómo en su época, después de clases, ella y sus pocas compañeras tenían que refugiarse en la Biblioteca Central porque el resto de la escuela les estaba vetada de facto. De hecho, aunque suene a broma, durante muchos años la lucha de las estudiantes se enfocó en hacer de Chapingo un lugar habitable para ellas, empezando por los baños, porque Chapingo no era un lugar para mujeres. En todos estos años, las rebeliones de las chapingueras contra el machismo y la misoginia han sido constantes. Han sido las profesoras, sobre todo las sindicalistas, las que se han puesto a la cabeza de estudiantes y trabajadoras para pelear contra la violencia de género, sobre todo cuando ha sido abiertamente solapada por las autoridades; han sido las estudiantes las que en el día a día han tenido que rebelarse contra los roles de género con sus compañeros de clase, sus parejas, sus amigos; han sido las chapingueras las que todos estos años, de generación en generación, han tenido que conquistar palmo a palmo esta universidad para hacerla habitable, para hacer de Chapingo un lugar donde las mujeres puedan desarrollar su vida. Todas estas rebeliones tienen que ser coronadas con más democracia, porque es la enseñanza que nos ha dejado la historia de Chapingo.

Por lo demás, esos grupos de autodefensa en contra de los perpetradores de la violencia machista, misógina, racista y homófoba deben ser al mismo tiempo grupos de reacción inmediata que inhiban en lo posible la comisión de delitos. Los feminicidios de Zuli y Nazaret no fueron cometidos por agentes externos, sino por hombres cercanos a ellas, compañeros nuestros. ¿Qué hubiera pasado si tras la alerta por la desaparición de Nazaret estos grupos hubieran peinado cada rincón de  Chapingo hasta encontrarla? La asesinaron prácticamente frente a nuestras narices y, en lo que se llevó a cabo la investigación, cinco días después la policía encontró su cadáver. Es mucho tiempo y no podemos darnos ese lujo, porque en ese tiempo nuestras compañeras pueden perder la vida.

Entonces, hacer de Chapingo un lugar libre de violencia, sobre todo contra las mujeres, no se conseguirá con más policía, ni más cámaras, ni más reglamentos, ni botones de pánico, sino combatiendo esa violencia cotidiana que se da en los salones, en los pasillos, en los dormitorios, en los convivios, en las redes sociales, donde prácticamente todas las páginas de temática chapinguera siguen tratando a las chapingueras como objetos, haciendo mofa de las orientaciones sexuales y soltando cada dos por tres comentarios racistas. Esa es la tarea: hacer de Chapingo un lugar para mujeres; es decir, un Chapingo más democrático. Cuando lo logremos, la Calzada de las Agrónomas y los Agrónomos Ilustres será el monumento.

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