René Magritte

Lo vio por primera vez cuando él bajó por la puerta delantera del transporte colectivo. Le llamó la atención su gallardía. Un hombre hermoso, realmente. Alto, delgado pero fuerte, con unos ojos verdes como canicas y el cabello castaño. Como pintan a Cristo en algunas estampas, aunque con el pelo más corto. Antes de descender, él la miró y sonrió. Ya en la acera se puso a caminar y dobló en la esquina.  Cuando el bus llegó a la bocacalle ella volteó para verlo pero había desaparecido.

De seguro vive en una casa cercana, pensó, porque no hay ningún comercio donde hubiera podido entrar. Bajó en la parada siguiente y se apuró para llegar a descansar.

Lo vio nuevamente el sábado, cuando regresaba de comprar el periódico a dos calles de su casa. Caminaba con su cuerpo elástico delante de ella. Apianó el paso para verlo desde lejos, sin que él se diera cuenta. Le pareció incluso más apuesto. Cuando llegó al final de la cuadra él ya no estaba, parecía como si  la tierra se lo hubiera tragado.

¡Vaya –se se dijo– parece que a mí se me escabullen los hombres guapos!

Intrigada se preguntó quién sería éste, a quien no conocía pese a ser casi vecinos. Y tan atractivo, además.

Soñó con él. No recordó el sueño completo, sólo que él caminaba hasta desaparecer en un trigal. Curioso, pensó y decidió bañarse rápido para llegar oportunamente a misa. Por la tarde tendría una reunión con sus amigas y les preguntaría.

Pero no fue necesario. Lo supo cuando lo vio oficiar en la iglesia del barrio.

Consuelo Ligeia Muñoz Balladares