Imagen sacada de Internet

La densa bruma dominaba la costera, y el bochorno del ambiente hacía sudar de manera copiosa a los habitantes de la ciudad.

Amodorrado, dormitaba placenteramente en el regazo de Judith, disfrutando de las caricias en mi cabello y de la ligera corriente marina que golpeaba mi rostro. De repente, escuchamos a un grupo de tipos que iniciaban una conversación. Se nos hizo extraño coincidir con esas personas en aquel solitario malecón a esas horas de la noche, no prestamos importancia a aquel incidente y proseguimos con lo nuestro sin evitar escuchar su charla.

–¿Carajo, qué pasa con el Nica que aún no llega? -preguntó angustiado el Serrano después de escupir las hojas de coca que mascaba.

–De repente llega, no te inquietes hermanito. Intervino Huamán –el chibolo ése es un diestro en todos estos menesteres clandestinos.

–Ya, pues.

La brisa ocasionalmente refrescaba los cuerpos de cuatro hombres que impacientes esperaban sentados sobre el borde del murallón, y del susurro emitido por el arrastre de las piedras de la ribera que entre ellas chocaban tras la oscilación de las olas, era lo único que se escuchaba por momentos.

–¡Chino!, enciende un cigarrillo, ya no aguanto esta espera –ordenó el Serrano sin apartar su vista de la avenida Norte.

–Únicamente tengo Incas –¿quieres?

–Vamos, dale lumbre pues.

Iván Medina