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En un bar.

–Un glendfiddish, por favor, la señorita aquí a mi lado invita.
–¿Perdón? –dirigiéndose  a él. –No le des nada, si no le conozco –dirigiéndose al bartender.
–Uy, ésa no es manera de tratar al amor de tu vida.
–¿Qué dices?, estás loco.
–¿No te has dado cuenta? Este es el comienzo de nuestra historia de amor.
–¡Yo alucino!  Me voy.
–¡No! Espera, déjame explicarlo, verás: tú eres la mujer más hermosa del lugar, yo soy el tío más guapo de aquí, por lo cual me tienes que invitar una copa.
–Oh, suponiendo que tú, tu ego y tu percepción de la realidad tuvieseis razón, ¿por qué debería invitarte una copa?
–Pues porque así pasa en las pelis.
–No… si mal no recuerdo, en las pelis, el chico invita a la chica.
–¡Bah! Eso es en 1950, estamos en el siglo 21, deberías iniciar la moda. En primer lugar  lo que tienes que hacer es invitarme mi whisky, luego tenemos una charla agradable; te doy mi número, días después me llamas  y tomamos un helado, luego damos un paseo por el parque , te enamoras de mí, lo normal; acto seguido consigues una cagada –perdona la expresión– por la cual me pierdes y luego una noche mientras llueve, llegas a mi puerta a pedir perdón , después nos besamos, nos casamos y tenemos dos preciosos bebés , ¿no te gusta la idea?

Esta es la manera más rara en la que me han abordado en un bar (con ironía). Tu historia suena bien, pero lo siento vaquero, tengo novio.
–No he dicho que nos casemos ya. Te he dicho que me invites una copa  y nos conozcamos, el hecho de que te enamores de mí no es una opción.
–¿Qué te hace sentir tan seguro de eso?
–Tu mirada. Desde que estaba sentado en la otra punta con mis amigos me mirabas  y ninguno de los dos era capaz de sostenerla  y ahora eres incapaz de quitarla. Y no es de esas miradas normales, ¡oh no! , es de esas miradas íntimas, de pasión. Lo sé porque nunca me habían mirado igual y porque nunca había sentido esto al hablar con nadie…
–¿Qué es?
–Indescriptible, eso es. Una pasión de esas antiguas  que te hacen incapaz de conciliar el sueño, percibir y  vivir tu vida en un estado de surrealismo puro.  Y digo indescriptible porque  algo tan bello, tan nuevo, tan único, no puede tener apelativo, no puede y sobre todo no debe ser definido, si no, la magia se esfuma. Es como el paté a todo el mundo le agrada pero, dios mío, nadie quiere saber de qué está hecho, por la razón, que de saberlo, perdería su magia.
–¿Sabes que con esta charla asustarías a cualquier  chica?
–Pero tú no eres una “chica” cualquiera, ¿verdad?

Teodoro Martínez Téllez