Fotografía: Jorge Prats

Siempre he sostenido que la mayor representación de Dios es la belleza, porque ésta, como la vida, es absolutamente deslumbrante, se manifiesta en todas partes y aparece cuando menos se la espera. De ahí que creer o no creer es un falso dilema, porque la divinidad no pertenece al ámbito del intelecto, sino a un universo innumerable que late como un corazón en las lindes metamórficas de lo espiritual y lo sensible.

            Pero no nos distraigamos (como pueden ver, “Me gusta andarme por las ramas. No hay mejor camino para llegar a la punta del árbol”, escribió alguna vez el maestro Montes de Oca. En fin…).

            Quiero decir que una de las decisiones más trascendentes que he tomado en los tiempos recientes (aunque debiera llamarla la más trascendente, por definitiva, pues tal es el carácter de la sobriedad al apreciar la vida)  tuvo lugar durante la semana del 26 al 30 de mayo de 2008.

            Todo comenzó con una invitación de Rolando Rosas el domingo 25: “Mañana viene Eusebio (Ruvalcaba) a  presentar uno de sus libros en el auditorio Emiliano Zapata (de Chapingo). Ojalá puedas acompañarnos y luego asistir a mi casa para un convivio”.

            Sin embargo, al ir hacia allá me topé con Teófilo López, un vecino y ex compañero de trabajo, y se me fue el tiempo conversando con él. Cuando nos despedimos, me quedé rascándome la cabeza por algo que me dijo, mientras el día funambuleaba, falsamente retador, sobre la cuerda de las horas hacia otra tarde incierta.