No recuerdo ahora cómo se llamaba la maestra Yumiko, que en algún relato debí llamarla Pamiko porque es una maestra buena, no sé si buena maestra, aunque estaba muy buena a mis ojos pispiretos de pocos años y virginidad inocente.

Me tocó ir a una escuela con uniforme de cuico, sardo o militar sin camuflaje: verde olivo; con sus gorritos de tela que se doblaban bajo el brazo a la usanza de algún alumno de Jack Nicholson cuando la hace de militar muy malo y que le sale tan bien en la película Algunos hombre buenos (1992).

En mi escuela no había timbre o chicharra –o como sea que se llame verdaderamente ese sonido– que nos pone felices cuando terminan las clases, cuando inicia el recreo o al final del día; tuve la maravilla de asistir a una escuela, como todas las escuelas del país, pobre.

En lugar de chicharra en mi escuela se tocaba una campana, verdaderamente una campana de iglesia, con su badajo en forma de testículos de buey güebudo.

Tal vez por la pobreza de la escuela esa campana, indispensable para seguir el pulso de las actividades, no estaba fija, debía ser traída de la dirección al patio cada vez que su singular tantaneo era necesario; allá iban los de sexto, algunos de 15 y hasta 18 años, a cargar la campana y alguien con menos fuerza movía el badajo para decir: por hoy es suficiente de tanto estudio, podeos iros en paz, nuestra clase ha terminado.

Frecuentemente me acercaba y la campana se metía en mis oídos por muchos minutos, y la seguía escuchando en mi cabeza cuando había llegado a la casa de mis padres y había arrumbado por algún lado mi mochila marca “yo si te aguantaré el paso”, que cargaba en los hombros como una tortuga ninja consumada.

La maestra Yumico iba también conmigo y en mi corazón ignorante de la amistad y el amor; ¿acaso me gustaban más sus ojos, que sus hombros? No recuerdo ahora; a la luz de la lujuria, su cuerpo, sí una imagen general de una mujer joven de algunos 25 años, creo que debía tener un cuerpo menudo como Sandra Bullock, y dudo mucho que mis ojos que no conocían el mundo la vieran con lascivia; aunque los niños de ahora me dan miedo por su morbosidad.

Me gustaba entrar al salón de la maestra Yumico, me imaginaba que el mundo era feliz, que no tendría que padecer, el siguiente año, al maestro Cabello psicópata ordinario que se peinaba con vaselina y nos mentaba la madre si el aire cerraba la puerta, y si el aire bien portado no cerraba la puerta por consiguiente su puta madre tenía la culpa.

El maestro Cabello usaba la regla para enderezar a sus alumnos, a veces era el metro, pero otras la escuadra, el trasportador o el compás que habían sido traídos de la tierra de gigantes para que la letra con sangre entrara; en esos días pensaba que esos instrumentos de tortura y pena capital de infantes no tenían otro fin, pues el maestro Cabello jamás los usó para otra cosa.