Con todo respeto, Señora Catrina, creo que su nombre no es más –ni menos– que la genial expresión de José Guadalupe Posada. Tal vez él quiso alegrar un poco  todas las muertes que tenemos que vivir antes de que nos visite la definitiva.

Pensar en las muertes y no en la muerte en México no es mentir en absoluto.

Aquí, en San Miguel Tlaixpan –así una esté triste y sientiéndose inútil– en medio de cohetes, bandas y chirimías, las muertes se visten de alegría, sonido y sabor en las formas más increíbles. Y son incontables.

¿Es disfrazar la tristeza que deja una ausencia irreparable?

            ¿Es esconder el temor legítimo hacia su llegada que sabemos fatal, desconocida e inmensamente misteriosa, por mucho que científicos, biólogos, filósofos y hombres de fe la analicen, la definan, la interpreten, en fin, la trajinen.

Creo también que puedo escribirle en primera persona sin que nadie se ofenda, cuando me faltan pocos meses para cumplir 85  y siento a veces el aleteo de su sombrero, Señora Catrina, rondándome las sienes.

Escribo esto tratando de salir del dolor causado por  la reciente partida de un amigo, compañero, camarada de siempre que se nos murió repentinamente en Chile. Y me cuesta muchísimo.

Ya mi vida ha tenido demasiadas muertes y no hago sino pensar en ellas, recordarlas. Las de la abuela, desde luego, que está ahí como la vi de niña: una ceremonia que no entendí para nada, y la ausencia de sus manos en la  cajita de costuras.

Ligeia Balladares