Violencia y poder

Imagen tomada de Internet

Hace más de 20 años que las circunstancias de mi vida me llevaron a poner mi atención y foco en la prevención de la violencia contra las mujeres. Dos de las razones más importantes fueron casos de acoso por parte de docentes en la preparatoria donde estudié y también la violencia que vivíamos las estudiantes de parte de nuestros pares, violencia de todos los tipos y en todos los ámbitos: acoso verbal en los pasillos por parte de grupos de estudiantes, acoso físico, violencia física, abuso sexual, acoso dentro de las aulas, en las prácticas y una larga lista más. Lo que ahora en algunos contextos y lugares se señala y penaliza como bulling, hace 20 años y en ese contexto se veía como una prueba a superar: «si eres suficientemente fuerte lo vas a lograr», «si te das a respetar no se meten contigo», «si realmente quieres esta carrera tienes que demostrar que pue des con esto». Éstas son sólo algunas de las respuestas que surgían por la normalización de un delito: la violencia contra las mujeres. Así que la vida me puso en un lugar donde simplemente no pude obviarlo y desde entonces y desde diversas aproximaciones he trabajado alrededor del tema.

En este recorrido he leído un sin fin de artículos, libros, ensayos o visto películas, documentales, he asistido a conferencias, talleres, cursos; todos ellos con diferentes niveles de profundidad y que dan luz a aspectos diversos de esta problemática. Muchos ofrecen cifras como gancho con la idea de sensibilizar al publico al que van dirigidos. Me pregunto desde hace algunos años por la eficiencia e impacto de estos materiales e iniciativas. Que tienen un impacto favorable no lo dudo, pero me siguen pareciendo —obviamente no sólo a mí— insuficientes cuando veo las cifras, cuando leo de una mujer más asesinada, cuando leo los muchos mensajes de personas —muchos más hombres que mujeres— desacreditando el testimonio de las víctimas de violencia sexual o laboral o cuando veo ejemplos de amigas cercanas siendo víctimas ahora de violencia económica y psicológica.

La finalidad de este escrito no es abonar a las letras y tinta invertida explicando el fenómeno de la violencia contra las mujeres. Estoy segura de que quien se interesa en el tema podrá encontrar en cualquier biblioteca cercana, en algún centro de documentación y por supuesto en Internet, toneladas de información. Lo que me ronda en la cabeza acerca del tema desde hace meses es por qué es tan difícil para cierta parte de la población, particularmente hombres, entender el fenómeno de la violencia de género; por qué se ataca de forma tan virulenta y denigrante a las mujeres que denuncian, qué hace tan fácil para algunos hombres ponerse del lado de los acusados de violencia contra las mujeres y reaccionar de forma tan misógina, por qué es tan fácil para la sociedad poner en duda los testimonios de las mujeres y poner en tela de juicio su reputación. Desde luego no tengo respuestas para estas interrogantes; aspiraría, en todo caso, a generar algunas reflexiones y es esa la intención de la presente columna que ahora inauguramos.

Quisiera ilustrar estas preguntas con ejemplos ocurridos en contextos y países diferentes:

Acoso a mujeres estudiantes en la Universidad de Glasgow, Escocia, en 2012. En noviembre de ese año se celebró un debate organizado por la Glasgow Union University (Asociación de Estudiantes) donde participaron dos estudiantes, ambas mujeres, una proveniente de la Universidad de Edimburgo y la otra de Cambridge, una de las universidades más importantes en el mundo. Un grupo de estudiantes, hombres, les gritaron de forma agresiva que se fueran de ahí porque las mujeres no tenían permiso de estar en ese espacio de hombres. Lo crítico del caso no sólo es la violencia de que fueron víctimas esas dos jóvenes, sino la respuesta no oficial de la Universidad: «Esos chicos son muy importantes como para poder hacer algo contra ellos».

Asesinato de un grupo de personas en la colonia Narvarte en la Ciudad de México en 2015. Fueron asesinadas cinco personas, cuatro mujeres y un hombre. Primero trascendió el asesinato del hombre, quien fue periodista, y se no se publicó el nombre de las mujeres hasta más adelante. Entre las muchas hipótesis que surgieron fueron la vida sexual de una de ellas, si salía de noche o cómo se vestía.

Violación en grupo a una joven en España en 2016. Durante una festividad muy popular en España, un grupo de cinco jóvenes violaron a una joven. El caso fue largo y entre las muchas cosas que se hicieron por parte de la defensa de los jóvenes incluyó la contratación de detectives privados para seguir a la denunciante para justificar que ella no se comportaba como «una víctima traumatizada», pues seguía teniendo una «vida normal».

Desafortunadamente, México atraviesa por una situación de violencia extrema que recrudece la violencia contra las mujeres, así que podríamos agregar miles más. Lo anterior es sólo para ofrecer una panorámica muy breve de lo que ocurre en el mundo.

Regresando a las preguntas, ¿qué hace que casos como los anteriores, las cifras, las investigaciones o —peor aún— que las vivencias de las mujeres que viven, trabajan o estudian a nuestro lado no sean suficientes para sensibilizarnos y movernos a la acción en este tema? Me temo que nuevamente no tengo una respuesta, pero me parece que poner la palabra «poder» al centro de un intento de explicación puede servir.

Me parece que las sociedades, en general, pueden entender con mayor facilidad la diferencia de clases, la diferencia de poder y oportunidades entre las clases adineradas en contraste con la falta de poder y oportunidades de las clases pobres. ¿Cómo podríamos «sensibilizar» a las personas más ricas acerca de las desigualdades entre ricos y pobres y de lo bien que le harían a la humanidad si fuesen más justos y equitativos en la repartición de su riqueza? Algo así de absurdo me parece la idea de «sensibilizar» a hombres que ejercen violencia contra las mujeres o a quienes pasan por alto la violencia que otros hombres ejercen sobre las mujeres. Con esto no quiero decir que no se pueda modificar la forma en que pensamos. Por fortuna somos seres sociales y maleables. Lo que quiero decir es que hablar de violencia implica hablar de poder, de jerarquías, de privilegios y en este sistema estamos inmersos hombres y mujeres. Salir del maniqueísmo «hombres malos», «mujeres víctimas» es fundamental para avanzar en el análisis, tan importante como no dar rienda suelta a las quejas de algunos hombres diciendo cosas como «las mujeres también son violentas», «yo he sabido de un hombre al que su mujer golpeaba» o bien el clásico «las mujeres mienten cuando denuncian».

Si esto es un asunto de poder obviamente todas las personas podemos ser violentas, tanto más de acuerdo al poder y privilegio que tenemos. Mujeres blancas, ricas, jóvenes y heterosexuales tienen más poder y privilegios que hombres indígenas, pobres y homosexuales.

La violencia contra las mujeres no se trata de que todas las mujeres son víctimas o que todos los hombres son agresores. Se trata de entender que vivimos en un mundo donde las sociedades se dividen además de en clases sociales, en géneros, y que esto implica relaciones de poder desiguales que pueden derivar en el uso de la violencia. Se trata de entender los privilegios que tenemos y de lo difícil que es renunciar a ellos. Se trata de entender que la violencia ocurre cuando se quiere someter a otra persona para que haga o deje de hacer algo.

No todos los hombres han violentado a sus parejas mujeres, pero la inmensa mayoría de los casos denunciados son hombres quienes violentan. No todos los hombres violan mujeres, pero la inmensa mayoría de las violaciones son cometidas por hombres. No todos los hombres acosan, pero quienes acosan sexual mente en las calles son en su mayoría hombres.

Cuando escucho que mujeres europeas blancas acosan y agreden a personas negras, no me pongo a pensar si han tenido motivos, si les han provocado, si algo en la actitud o comportamiento de las personas agredidas dio motivo para la agresión. Esas reflexiones no pasan por mi cabeza. De inmediato condeno el acto. De inmediato me deslindo. De inmediato lo rechazo.

En este hilo de pensamientos, no me puedo explicar por qué muchos, muchísimos hombres salen a la defensa de otros hombres acusados de acoso, violación o abuso. ¿Por qué será que de inmediato surge una “hermandad” que justifica la agresión y pone en tela de juicio el dicho de las mujeres? Nuevamente me parece que está en el fondo un asunto de poder. Tal vez sea porque es más fácil aliarse al poderoso o porque criticarlo implica reconocer el propio sistema de ventajas y privilegios con la consecuente pregunta de si se está dispuesto a renunciar a ello. Tal vez criticar a los hombres violentos nos lleva como sociedad a preguntarnos cuántas veces ejercemos violencia, contra quiénes, de qué formas y si queremos o podemos renunciar al poder de someter a otras personas.

Quiero pensar que es posible lograr voltear la mirada hacia este problema que es un problema de salud pública, que es posible que gente que aún no ha tomado en serio el tema se detenga unos minutos a pensar en quienes tienen al lado y se comprometa a hacer algo. Quiero imaginar —¿por qué no? — que algún día los hombres que ferozmente defienden a los agresores se dan cuenta de que están defendiendo lo mismo que les mantiene explotados, estresados, sometidos: a un sistema sexo-género que nos limita y condiciona a todas y todos.

Yo sí creo que podemos cambiar el mundo, aunque sea de a poco.

 

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Psicoterapeuta, educadora feminista, facilitadora grupal y socióloga. Ha trabajado por más de 15 años en el diseño, coordinación, impartición y evaluación de programas educativos en universidades, organizaciones civiles e instituciones de gobierno. Especialista en el tratamiento de la violencia sexual y la promoción del autocuidado. Es docente invitada en la Universidad Autónoma de Barcelona. Desde febrero de 2017 trabaja en la promoción de la salud integral de migrantes en Glasgow, Escocia, donde actualmente radica.