El sangriento proceso de una ruptura|Crítica a Midsommar: El terror no espera la noche

Dani, una estudiante de psicología mentalmente frágil que acaba de pasar por una pérdida familiar traumática, y Cristian, un antropólogo indeciso que evita tomar decisiones importantes para su vida y su carrera, mantienen una relación de noviazgo a todas luces codependiente y tóxica que ni los viajes a Suecia rural ni las drogas psicotrópicas podrán solucionar.  Durante las dos horas y media que componen a Midsommar: El terror no espera la noche asistiremos a su largo y perturbador proceso de ruptura, dando como resultado una de las mejores películas del año.

Midsommar. Imagen tomada sin fines de lucro.

Midsommar es un largometraje de terror de 2019 dirigido por Ari Aster, conocido por la también aclamada Hereditary. En el elenco encontramos a Florence Pugh (Luchando con mi familia), Jack Reynor (Sing Street), Will Poulter (Black Mirror: Bandersnatch), William Jackson Harper (Dark Waters) y Ellora Torchia (Les Cowboys). La trama se centra en Dani y Christian, una joven pareja estadounidense que es invitada por los amigos de éste a asistir a un festival de nueve días que se realiza cada 90 años en una remota comuna de Suecia llamada Harga en la temporada del solsticio de verano. Sin embargo, los personajes prontamente se verán envueltos en una pesadilla ritualista donde el sol no se pone nunca.

Uno de los puntos más fuertes de la cinta es el planteamiento y desarrollo de personajes. El primer acto de la película, quizás el más pausado, se centra en describir las preocupaciones y motivaciones de los protagonistas, en especial de Dani, una mujer que está atravesando por un momento traumático de su vida en que necesita el apoyo de su novio Cristian más que nunca y de quien solo obtiene frustración y condescendencia, incluso se insinúa durante una charla que él y sus amigos la consideran poco menos que una molestia, una garrapata emocional de la que buscan desprenderse. Desde su perspectiva atestiguaremos la mayor parte de los momentos de la película y tanto el guion como la puesta en escena (el largo plano secuencia de la cara de Dani durante la llamada telefónica con su novio y las consecuentes escenas donde el sonido de su respiración agitada se alza por encima del resto del ambiente sonoro) hacen un estupendo trabajo logrando que su destino nos importe.  La humanización de los personajes es clave para enganchar al espectador a una película como Midsommar cuyo terror más que ser efectista, es psicológico, y por eso necesita que el público empatice con ellos.

Midsommar. Imagen tomada sin fines de lucro.

Durante el segundo acto el halo de misterio que rodea a la comuna, en apariencia pacífica y dedicada a la armonía con la naturaleza, se va desvaneciendo, dejando al descubierto su esencia sectaria, poniendo de manifiesto prácticas como el suicidio, el incesto, la tortura (águila de sangre al estilo de la serie Vikings incluida) y las ofrendas de sangre a deidades del folclore nórdico. Es aquí cuando el visionado de la película comienza a volverse un asunto incómodo, primero porque confronta las nociones de lo moralmente aceptable, y luego porque las costumbres en Harga se van volviendo más extrañas al punto de provocar una risa nerviosa. Desde este punto hasta el final, la trama solo se volverá más y más perturbadora.

El final resulta una magnífica catarsis. Se trata casi de una venganza indirecta por todos los agravios que se han cometido en contra de Dani, quien durante los primeros dos actos es una espectadora pasiva de lo que hacen y dejan de hacer su novio y los amigos de éste, y que en la recta final encuentra en la comuna la contención emocional que tanto necesitaba dado que ellos actúan como una especie de mente colmena que es capaz de empatizar con ella, llorar con ella, reír con ella.

Midsommar. Imagen tomada sin fines de lucro.

Uno de los grandes méritos técnicos de la película es que logra transmitir una atmósfera asfixiante y aterradora a través de una fotografía muy viva y luminosa. Donde la mayoría de filmes de suspense y terror ven como un requisito indispensable ceñirse a una iluminación sórdida, de colores apagados y sombras prominentes, Midsommar logra horrorizar al espectador en un paisaje paradisíaco donde prima la saturación de colores brillantes y la sobre-exposición de las tomas, casi como si la dirección de arte hubiera caído en el engaño de los propios habitantes de Harga y esté jugando a su favor.

Midsommar es una película obligada para entender el renacer del cine de terror donde prima la carga dramática y humana. Un largometraje cuya clasificación R debería atribuírsele más por el malestar que provoca al retratar la cruda realidad de las relaciones de pareja codependientes y egoístas, que por las escenas de violencia explícita y sexo que presenta.