Los toritos de Cuanalan

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Foto: Adrián Villa García

Cuanalan se puede describir como un pueblo fanático de los toritos, ya que están pensados en la festividad en honor al Señor del Calvario, pero también para que la gente los disfrute. “Los toritos forman parte de esta festividad, pues los jóvenes son aficionados de este tipo de eventos”, comenta Simón Allende, cronista oficial del municipio de Acolman y parte de la mayordomía, a quien le toca recibir al Señor del Calvario. “Si no hubo un quemado, no estuvo buena la novena”, agrega.

El origen de esta fiesta data de siglo XIX. Cuanalan era un pueblo de artesanos, en su mayoría, pero había quien se dedicaba a trasquilar borregos. La cuadrilla de trasquiladores salía rumbo a los ranchos donde ejercían esta labor y podían demorar hasta tres días en dicho tarea.

Allende narra que un grupo de trasquiladores se encontraba en una hacienda de Hidalgo y ya oscurecía, no llevaban con qué taparse y entonces, buscando en la troje –el lugar que les asignaban para dormir, propio para guardar semillas­–, encontraron un rollo de tela y, al extenderlo, vieron que era la imagen de Jesús crucificado –data de 1777, pintada por un tal Rivera. Lo enrollaron de nuevo y lo dejaron ahí. Al día siguiente, como lo vieron abandonado, le pidieron al dueño que se los obsequiara y él accedió.

Cuando volvieron al pueblo colocaron la imagen en una de las capillas que había en el cementerio, el cual anteriormente se encontraba frente de la iglesia, motivo por el que llegó a ser conocido como el Señor del Cementerio.

A partir de 1873, se asigna el domingo de Pentecostés para celebrarlo y lo bautizan con el nombre del Señor del Calvario y acondicionan un colegio para que sea su capilla y en procesión se lo llevan allá. Más tarde, debido a un mal proyecto de construcción de la capilla, se derrumbó el techo. La gente del pueblo interpretó como un milagro que a la pintura del señor del Calvario no le pasara nada y empieza así a celebrar en grande al señor del Calvario. “Contamos con un documento que habla sobre la llegada del Señor del Calvario”, afirma el cronista.

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2 de junio, la noche se hace presente, llegaron los once toritos, el olor del café –que estaba a fuego lento­– inunda el lugar, El danzón de Juárez –que interpreta la banda nativa– comenzó a levantar ánimos entre los asistentes, quienes entonaban pequeñas estrofas.

Al filo de las 9 de la noche comienza un recorrido por las calles principales del pueblo, donde desfila el Señor del Calvario en primera fila en brazos de dos varones; detrás de él, once hombres llevan en los hombros a los toritos y bailan al ritmo que les toque cada una de las bandas. El resto los sigue, hacen una parada en la iglesia del Calvarito y de ahí regresan a la iglesia de la Asunción de María donde ya se encontraba una gran cantidad de pobladores a la espera. Las dos bandas se unen e interpretan Las mañanitas, mientras la gente se va colocando en lugares “estratégicos” dentro del recinto para no ser alcanzados por los toritos.

Comienzan a cerrar las puertas de la iglesia para que nadie salga o entre. Algunos, menos atrevidos, deciden fungir como espectadores. Eso no los exime de los juegos pirotécnicos, que buscan escabullirse hasta el último rincón del lugar. Hay personas dentro y fuera del perímetro que tiene como función principal el encender pequeños chifladores y lanzarlos sin rumbo, el ambiente entre los asistentes ha cambiado, hasta el más despistado está atento para no ser alcanzado por uno de ellos.

El primer torito hace acto de presencia, un hombre lo carga sobre sus hombros, las luces salen dispersas, corre sin dirección. La gente, sobresaltada, huye sin rumbo fijo, buscan refugiarse unos detrás de otros. Algunos, quizá los más hábiles, están sentados en las jardineras que se encuentran en el patio de la iglesia, sin temor a que las chispas hagan sus efectos en alguna parte de su cuerpo, únicamente cubren su rostro con sus brazos. Se apaga la última chispa del torito, lapso que la audiencia aprovecha para tomar un respiro, es momento de reemplazarlo.

Foto: Adrián Villa García

Culmina la quema de los once toritos. Los músicos y mayordomos regresan a la casa donde los recibieron inicialmente para el último banquete que les brindan.

La comunidad de Cuanalan, pueblo que forma parte del municipio de Acolman, ha comenzado las celebraciones en honor al Señor del Calvario, iniciando con la novenas, eventos culturales considerados fiestas profanas, ya que las misas, los rosarios y las procesiones son considerados actos religiosos o litúrgicos, refiere Simón Allende.