Hermanos Mayo. Bolero, México, D.F., ca. 1943

Yijhan Ahmed Blancas

A Luz

Lo he leído diariamente en el raro abecedario de tus ojos…

En el pueblo todos eran pobres. Comían diario pan con frijoles de la olla hervidos en la estufa de carbón. Las calles eran de tierra y cuando al viento se le antojaba visitarnos, y a algún despistado caminar por ellas, al llegar a casa los desnudos pies quedaban grisáceos por el polvo. Los rostros de la gente parecían estar llenos de polvo también, se veían desvaídos y tristes. Y entre todos ellos, el de mi padre era el único reluciente: además de los frijoles con pan, él comía letras. Diariamente se perdía en historias que lo sacaban del pueblo sin empolvarse por completo, y a nosotros también nos llevaba con él. Retozábamos de las emociones que nos zambullían por pasajes inimaginables: me encantaba salir así del pueblo. Mi padre era el hombre más rico y me dejó la mejor herencia: no necesitábamos vestir despampanantes para entrar al castillo donde se habían casado los padres de Tristán; ningún transporte tenía destino al centro de la tierra: ni siquiera el gran Concord, y mi padre sabía cómo trasladarnos ahí. Mi padre me enseñó a leer más que sólo letras, lo aprendí en sus ojos. Su riqueza residía en sus libros y por eso nunca fuimos pobres.