Juan Rulfo: la (in)constancia de la desolación

Nada de esto es cierto. Arrieros en un camino. Foto: Juan Rulfo. Imagen tomada de Internet.

Juan Rulfo es un caso curioso de una obra sucinta y sumamente codiciada por sus lectores, que se cuentan por todo el mundo debido a las más de cincuenta traducciones que se han realizado de su obra.

Es principalmente recordado por un compendio de diecisiete cuentos titulado El Llano en Llamas y la imprescindible novela Pedro Páramo. Actualmente se distribuyen ambas obras de forma casi indisoluble –a las cuales en las más recientes ediciones les es incluido el guión cinematográfico El Gallo de Oro (1980) y otros cuentos dispersos.

 

El llano en llamas (1953)

Abandono, soledad, venganza y miseria son algunas de las formas con las cuales describir a El llano en llamas, la primera obra literaria de Juan Rulfo. Un conjunto de cuentos que describe a un México deprimente, situado en la posrevolución, donde las figuras principales pueden ser los sujetos más comunes ­–campesinos– que, sin duda, reflejan naturalmente los problemas socioeconómicos que caracterizaron al país en ese entonces.

Lo cautivador de estos diecisiete cuentos radica en su narrativa: Rulfo aborda la problemática del campo después de la guerra campesina que fue la Revolución Mexicana, imbrica sus historias con elementos místicos-religiosos, refleja las costumbres, el paisaje y la cotidianeidad de sus protagonistas tan bien que, como toda buena literatura, termina por hacer de la comarca ese lugar universal en el que nos podemos guarecer siempre que nuestra humanidad lo necesite.

Existe en los relatos un tiempo hecho de regresiones constantes: el autor puede situar la trama en el presente y quizás en el futuro, marcando lapsos en los que aparentemente puede no estar sucedien­­do nada, independientemente de si los hechos avanzan.

A propósito de ello, hay una notoria diferenciación en la forma en que se percibe el tiempo en la obra de Juan Rulfo, pues si bien el tiempo exterior a sus personajes pareciera pasar atropelladamente, abrupto, casi fugaz, el tiempo interior -en donde ocurren sus pensamientos o reflexiones respecto a lo que les acontece- es sumamente lento. En ocasiones, detenido por completo.

Algunas de las constantes aparecidas en El llano en llamas son el sentimiento de desolación y distancia, la pobreza casi omnipresente, las esperanzas y temores propias en las relaciones padres-hijos(as) –cabe recordar la orfandad del escritor–, la nostalgia y exclusión social que se padece, el horror, la imaginación y, muy preponderantemente, la muerte.

 

Pedro Páramo (1955)

El segundo clásico instantáneo de Juan Rulfo. Reconocido internacionalmente como uno de los mejores libros de toda la historia, algunos de los escritores que declaran sin reparo la influencia decisiva que supuso en ellos Pedro Páramo van desde Juan José Arreola y Augusto Monterroso hasta Günter Grass y Kenzaburo Oe.

¿Qué es lo que le otorga a una novela de modesta extensión la vigencia necesaria para cautivar a los lectores de lugares y culturas tan distantes en el mundo y en contextos temporales tan únicos entre sí?

Hay algo en Pedro Páramo que puede reflejar la condición humana de una forma global. Tristemente global. El pretexto que Juan Rulfo utiliza es contar una historia de búsqueda, de indagaciones. Una pesquisa por la correspondencia filial. Al transcurrir el libro, lo que supuestamente se presentó como el motivo inicial de la novela queda circunscrito junto a muchísimos otros relatos de igual –o más- importancia ocurridos en el legendario pueblo de Comala: literalmente un pueblo fantasma en el que el tiempo es severamente distorsionado y muchas cosas que ya ocurrieron siguen ocurriendo.

Debido a esto último, la estructura del libro cambia, dejando a un lado la narración lineal para comenzar con una serie de relatos cíclicos que continuarán hasta el fin de la novela. Para investigadores asiduos como Carlos Monsiváis o Juan Villoro, esta ordenación empleada por Rulfo es una especie de desafío intelectual a sus lectores y, además, uno de los mayores aciertos en su obra.

La profundidad que es impresa en los personajes de la novela no tiene desperdicio. Matizando la psicología de Comala, el autor humanizó a todas las figuras que tienen cabida en Pedro Páramo, en ocasiones de las más inesperadas formas: hombres y mujeres capaces de consientes actos de perversión acuden siempre a misa con la devoción más pura, a sabiendas de lo imperdonable; asesinatos eclipsados por la búsqueda infatigable de un amor verdadero; la más cruel pobreza que suscita actos sanguinarios de venganza entre vecinos del pueblo también ocasiona una exaltación de la piedad y una suerte de empatía con el desvalido.

Una insoslayable constante en Pedro Páramo es la ayuda mutua, es decir, la necesidad de otros y la responsabilidad personal para con los demás. Expresada mediante las solicitudes de apoyo económico o las incansables peticiones de ruegos religiosos, Juan Rulfo nos conmina a otorgar nuestra asistencia a quien así lo solicite, en pos de evitar que nuestra cotidianeidad se convierta justamente en un pueblo fantasma y dejándonos una invitación sempiterna a la misericordia en la literatura global.

 

¿Epílogo?

Tras la publicación de Pedro Páramo, no hay una continuación en la producción del escritor. Pese a la insistencia de los lectores, amigos y compañeros de Juan Rulfo, este nunca esclarece los motivos de su silencio como cuentista o novelista; sin embargo, continua con su labor como fotógrafo en la cual, pese a considerarse inexperto, recibe bastantes buenas críticas de parte del gremio.

Se especulan los motivos que Rulfo puede tener para con su negación a publicar. Se habla desde manuscritos perdidos u olvidados en una terminal de autobuses, de una supuesta traumatización que padece debido a una negligencia médica, incluso de un franco desinterés por la literatura, etc. En ocasiones, es el mismo Rulfo quien se encarga de difundir dichos rumores.

Por ejemplo, se encuentra el caso de el tío Celerino, retomado por el escritor y periodista Enrique Vila-Matas en su libro Batleby y compañía. Durante 1974 en Caracas, Vila-Matas le pregunta a Rulfo sobre la razón por la que ha dejado de escribir, a lo que éste le contesta: “Pues porque se me murió el tío Celerino, que era el que me contaba las historias. Siempre andaba platicando conmigo. Pero era muy mentiroso. Todo lo que me contaba eran puras mentiras, y entonces, naturalmente, lo que escribí eran puras mentiras. Algunas de las cosas que me platicó fueron sobre la miseria en la que había vivido. Pero no era tan pobre el tío Celerino. Él, debido a que era un hombre respetable, según dijo el arzobispo de allá por su rumbo, fue nombrado para confirmar niños, de pueblo en pueblo. Porque esas eran tierras peligrosas y los sacerdotes tenían miedo de ir por allí. Yo le acompañaba muchas veces al tío Celerino…”

Años más tarde, el ya mencionado Augusto Monterroso justificaría esta actitud de Rulfo en su fábula El Zorro es más sabio, en la cual, después de publicar dos exitosos libros de renombre, El Zorro es alentado por los demás animales para escribir una vez más, insinuando las mejores intenciones para la futura obra. Sin embargo, El Zorro, consciente de que lo que los demás buscan es presenciar el declive de su buena racha, decide no escribir más y no darles el gusto, dejando insatisfecho su morbo.

Volviendo a Rulfo, en 1968 fue acreedor de la Beca Guggenheim en Artes, América Latina y el Caribe y para 1974, durante una conferencia llevada a cabo en la Universidad Central de Venezuela, el autor dijo adiós definitivamente a la escritura, adjudicando su abandono a la muerte de su tío Ceferino, personaje que realmente existió y con quien compartió un sinfín de viajes.

En 1983 ganó el Premio Princesa de Asturias de las Letras y murió el 7 de enero de 1986. Desde entonces y hasta ahora, se le rinde homenaje al otorgar su nombre a diferentes condecoraciones, entre las que destacan las entregadas por el Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura, el Instituto Cervantes de París y Radio Francia Internacional.

Cabe mencionar la polémica vivida entre la Fundación Juan Rulfo y la Feria Internacional del Libro (FIL) de Guadalajara: desde 1991 y hasta 2006, la FIL otorgó un galardón llamado Premio de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo. El ganador de dicho premio en la FIL del 2005, Tomás Segovia, se expresó de la siguiente manera: “nadie sabe por qué Rulfo tenía ese talento. En otros autores uno puede rastrear el trabajo, la cultura, las influencias e incluso la biografía, pero Rulfo es un puro milagro. No se sabe por qué tuvo ese talento. No fue un gran estudioso ni un gran conocedor, pero nació con el don”.

La anterior declaración ofendió sobremanera a los descendientes de Juan Rulfo. Esto, además de otros argumentos como el lucro político que existía al denominar una premiación con el nombre de Juan Rulfo y la negación para otorgar su imagen para enmascarar de cultura a un gobierno con el que no simpatizan, provocó que desde el año 2006 el premio de la FIL se renombrara. Actualmente es conocido como el Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances.

 

Con información de Denisse Anahí Ordoñez Mauro y Eduardo Peraza Yañez.