El genio de la lámpara

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A Emiliano Pérez Cruz

Un hombre llegó a casa de la tía Luisa. Llevaba una de esas lámparas que aparecen en los cuentos árabes.

—Disculpe mi atrevimiento, señora. Soy extranjero y vengo a charlar con el párroco del pueblo. Quisiera saber si le puedo dejar a usted esta lámpara mientras acudo a mi cita, pues no me gustaría que el padre se molestara por llevar conmigo genios o espíritus no cristianos.

La tía, hay que decirlo, se enamoró de inmediato de aquel hombre de turbante y túnica, piel morena y ojos verdes, accedió a la petición. Emocionada, llamó a sus amigas para que conocieran la lámpara mientras el cura y el sujeto arreglaban sus asuntos. Ya reunidas, Alejandra, curiosa, preguntó:

—¿Qué pasa si frotáramos la lámpara?

—Tal vez aparezca un genio —dijo Beatriz.

—Un espíritu que nos conceda nuestros deseos —se apresuró a decir la tía Luisa, pensando en el fuereño que de seguro era tan dulce como el almíbar.

Así, cuando Alejandra cogió la lámpara entre sus manos para frotarla, de la boca del objeto salió una especie de humo con forma de geniecillo. El hombre regresó a casa de la tía y encontró a siete mujeres desmayadas. No las quiso despertar y, cuando por fin las amigas abrieron los ojos, se darían cuenta que sus joyas, relojes, abanicos y mantillas habían desaparecido junto con Alí Babá.