Miro, hoy, ayer, antier, el tranquilo

paseo de la ya anciana dama del

perrito; miro, pienso, pedante el

señor, que ella quizá nunca leyó a

Anton Chejov…

 

¿Pero habrá padecido las mismas

peripecias, la helada grisitud, el

agrietamiento del alma, los silentes

descalabros, el hastío que no cesa,

ese doloroso apocamiento; letanía:

“pudo ser” “ah, si yo hubiera…”, de los

inmortales personajes del escritor ruso?

 

Admiro, me reconforta, el tranquilo paseo

de la ya anciana dama con su perrito.