FELIZ AÑO 2017

Las luces del palacio se oscurecen, las curules recuperan su forma tras soportar el peso de los legisladores, por lo general bien comidos… y bebidos. El período de sesiones finaliza entre chiflidos y mentadas del respetable que se alebresta en las plazas públicas y en las redes sociales. En el salón de plenos, a falta de jacobinos y de girondinos se mezclan los herederos del viejo pri y los del yunque con los trastocadores del buen orden y el decoro. ¡Jesú!

En los ministerios, los burócratas se abrazan mientras intercambian regalos baratos y toman por asalto las salidas. Los ventanales de los despachos se abren para dejar escapar ese aire rancio que huele a las jugosas hormonas de las edecanes y a discretos encuentros cercanos del tercer tipo. Termina el ejercicio fiscal, los aviones a los hangares y las camionetas, muchas de ellas blindadas, a servicio. Los muebles López Morton (remembranzas de la grandeza del pasado) reciben su mano de gato, sólo se escuchan las aspiradoras sobre las mullidas alfombras. Fin de año y como dijera el viejo tango: el músculo duerme, la ambición descansa. Hasta en las pantallas de cristal desaparecen los profetas del Apocalipsis, los agoreros del fracaso que salen a cuadro rasgándose las vestiduras y arrojando cenizas sobre sus barbas y cabellos, mientras repiten sus viejos mantras que de tan gastados nadie en su sano juicio debería creerles: ¡AMLO es un peligro para México! ¡AMLO es un peligro para México! Inocentes, no se dan cuenta que, como dijera Sor Juana: “En el denuedo de su parecer loco se parecen al niño que pone al coco y luego le tiene miedo”.

En los cafés, donde al caer la tarde los politólogos de banqueta se reúnen, se festinan y anticipan los polacos enroques, los timoratos prenden veladoras negras al chamuco que llega del norte y se lamentan por el rotundo no que diera el rotundo Carstens al mero preciso, rehusándose a seguir desempeñando un papel en esa comedia de las equivocaciones en que se ha convertido nuestra democracia devenida en decadente corte… de los ilusos; frente a su humeante taza de café los nostálgicos extrañan a don Antonio Ortiz Mena el legendario secretario de hacienda del 6.6% de crecimiento y 2.2% de inflación y a Miguel Mancera Aguayo, ex director de Banco de México; aquél, que a decir de los reporteros de la fuente, daba el mejor uso que podría darle nadie a sus trajes viejos, lamparudos y lustrosos; sí, los seguía usando…

Años nones, años de dones, decían nuestros viejos; pero eso era antes porque ahora los augures aztecas, en oficio de tlatoanis, trepan a la pirámide del Huilchilobos con los cabellos cubiertos de cenizas, ebrios de Dios y trementina, para ofrecer en cruento sacrificio a su propia madre (si fuere preciso), con tal de asegurar ese promisorio futuro pleno de riquezas e impunidad que ya avizoran. Con cuchillos de obsidiana y jade cortan el simbólico vientre de la patria, víctima colateral de su ambición sin límites, para leer en sus entrañas lo que nos espera…