En la caza de brujas moderna también hay tiempo para el romance| Crítica a Mentes Poderosas

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Mentes Poderosas es otra distopía adolescente que en esta oportunidad bebe de conceptos como el holocausto nazi (referencias en los campos de concentración), de la caza de brujas del siglo XVII (porque nuestra aventura arranca en Salem, Virginia), los X-Men (porque los seres con superpoderes  son relegados por el temor que causan en la población) y el típico mito del elegido donde quién nos sirve de guía e hilo conductor por el mundo es excepcional, en un grupo de gente ya de por sí especial, pero que necesita un viaje para descubrir sus habilidades y madurar.

Basada en la novela del mismo nombre escrita por Alexandra Bracker, cuenta la historia de una epidemia incontrolable que comenzó a azotar al mundo matando misteriosamente a casi todos los menores de edad. El pequeño porcentaje de sobrevivientes adquiere habilidades anti-naturales que van desde controlar la electricidad o la el fuego a la inteligencia superior y el control mental. El gobierno de Estados Unidos ha decidido que los mutantes son demasiado peligrosos para co-existir en sociedad y es así que se toma la decisión de llevarlos a campos de concentración para ser “rehabilitados”. Aquí es donde se inserta nuestra protagonista Ruby Daly, una niña que un día estaba cumpliendo años rodeada de un cálido ambiente familiar y al siguiente estaba siendo despojada de todos sus derechos como ser humano y metida en uno de esos campamentos para jóvenes “demasiado especiales”.

Y aunque es una película muy irregular y que cumple con todos los vicios de este tipo de cine de ciencia ficción al vapor, sin duda resulta en un material cuanto menos entretenido.

La película empieza con diálogos explicativos que se sienten sobrados porque más que hablar entre ellos, da la sensación de que los personajes están a punto de romper la cuarta pared y hablarle directamente al espectador para mostrarle con diapositivas cómo funciona ese universo. Mucho hablar y poco mostrar. Hablo, por supuesto, de la escena de Rubiy con el doctor en su primer día en los campamentos. El doctor le explica a una niña de 10 años las divisiones por colores que existen dentro del campamento sin ninguna justificación para hacerlo pues el trabajo del doctor consiste en asignar colores a los recién llegados y para esto no necesitaba que ella entienda el funcionamiento del lugar ni mucho menos el sistema de castas. Gracias a que el doctor revela esa información es que Ruby puede entender el peligro de su posición como naranja (el color de los telépatas) y logra salvar su pellejo. De otra forma, la trama hubiera acabado ahí mismo con otra naranja muerta y otro día normal en la oficina para el doctor.

Como en el ejemplo anterior, la cinta está plagada de info-dumping y situaciones que rompen con la coherencia interna porque tiene una construcción de mundo bastante pobre. No hay un por qué verdadero de las situaciones que se viven dentro de los campamentos más que el de generar empatía con las víctimas. El colapso de la economía en este Estados Unidos alternativo no se explora más allá de ver lugares abandonados y tampoco se entiende porqué los adolescentes verdes, los que tienen una inteligencia sobre-humana, son tratados de la misma forma que aquellos con habilidades físicamente peligrosas cuando podrían estar saneando la economía, representando más una ganancia para los gobiernos que una pérdida.

Cuestiones sociopolíticas aparte, luego de la accidentada introducción, la primera mitad de la película es un road trip con acción, disparos y habilidades sobrenaturales donde, en este caso, se prioriza lo efectista de las escenas, es decir, que se vean bien, que transmitan que el grupo protagonista está en una afrenta épica en un mundo imposible, a la lógica. Muchas de las cosas que los personajes hacen y, sobre todo, el cómo las hacen en escenas de acción responden más a la necesidad de verse bien en cámara que en la de ser pragmáticas para una situación así.

Con todo, este viaje por carretera está bien logrado en el aspecto de desarrollo de los lazos entre los cuatro personajes principales. La química en pantalla entre los actores es uno de los puntos fuertes que mantiene a flote a la película, nos da razones emocionales para animarnos a seguir los pasos del grupo en su búsqueda de una utopía. Esta parte es la más agradable gracias a los diálogos amenos, el hecho de descubrir las motivaciones y el pasado de algunos de ello y, en general, por involucrarnos en el paso de niña a mujer de Ruby.

Y entonces llegamos al lugar prometido y de nuevo la cinta cae en picada. Primero introduciendo a un personaje que nada más verlo anuncia que él será el enemigo por vencer, su obviedad desvanece cualquier intento que causar intriga en el espectador. Y segundo, porque el núcleo de la trama deja de ser la lucha por la supervivencia de un grupo de personas que no pidió las habilidades que tiene y la discusión sobre  mecanismos de control de un gobierno paranoico, y pasa a ser de índole más personal y completamente cliché en este tipo de cintas Young adult: triángulos amorosos.

Baste decir que después de que el antagonista haya invertido tanto tiempo, recursos y esfuerzo en preparar un plan con miras megalómanas, decide priorizar como objetivo el, literalmente, manipular a Ruby para que sea una novia a su medida, acabando con su “plan de cosecha” de una forma abrupta, absurda y con más pérdidas que ganancias.

Sin embargo, hay que reconocer que su protagonista resulta ser bastante agradable y matizada. Ruby tiene inseguridades, desconfianzas, culpas y también cosas que quiere proteger. No es la primera en lanzarse a la línea de fuego pese a sus poderes porque toma decisiones reflexivas y, sobre todo, porque aun es una muchacha de 16 años cuyas situaciones la superan.

Tienen un final agridulce como la película misma y que, si la taquilla la favorece, se volverá en la nueva saga de distopía adolescente que trate de imitar el camino de Los Juegos del Hambre.