Adiós a los caballos salvajes

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« You told me, I’ve seen it all before I’ve been there, I’ve seen my hopes and dreams
lying on the ground. I’ve seen the sky just begin to fall…
He said, all things pass into the night».
Q. Lazzarus

La luz, como el agua, chorrea sus tonos de colores sobre mí, sobre esta piel abrillantada por el sudor, resaltando mi larga cabellera negra y ondulada, que parece danzar a su propio ritmo con cada nota oscura que suena esta noche en el bar. Al mismo tiempo, luces destellantes contraen las pupilas de la multitud al chocar contra sus ojos en una cadencia cegadora de estrobos y sonidos como de tambores antiguos. Los cuerpos se mueven, tan ardientes, que un vapor se desprende del cuerpo a través de la ropa. — Afuera, la noche es fría y quieta. Apenas se escuchan los tacones de alguna sombra que pasa de largo, el ladrido de un perro.

Ensordecidos, los cuerpos adentro se encienden con cada canción que reconocen; se adueñan de su letra con cada palabra que corean: la vuelven suya por completo, y así la pista de baile, y así mismo la noche. Mi momento se acerca.

Comienzan a sonar los primeros acordes de una melodía que tengo adherida a la memoria, a la piel que me sitia y que se electrifica al reconocer su ritmo. Está aquí, ya es hora. El tiempo se detiene unos segundos mientras me pierdo en el sonido tenue de los sintetizadores, en la calidez de los golpes de la batería que suenan como un arrítmico corazón galopante. Goodbye horses…

Delirantes, todos corean mi canción y aplauden a cada figura de baile que hago sobre la barra: movimientos lentos, donde por instantes me petrifico, como una estatua que renueva su postura cada que le place, variando luego hacia movimientos repentinos, casi bruscos, aleatorios, y la melena jugando al protagónico cuando me cubre el rostro por completo. Y me acaricio el pecho sobre el chaleco de seda, desabotonado hasta la mitad. Y luego de un giro, termino en cuclillas, y me toco las piernas que se marcan a través del pantalón. Y todo el recinto vibra, y se estremece al unísono entre cuerpos aletargados por el alcohol, cuerpos que buscan el encuentro furtivo
—para liberarse un poco al liberar a otros—, en un beso jadeante, donde no importa un carajo quién esté del otro lado de la boca, siempre y cuando la embriaguez y la media luz así lo permitan. Todo esto lo imagina él mientras se viste y se arregla un poco antes de irse.

Es sábado por la noche: hoy toca. Lo que sea toca. El fin de semana es su santuario. Él está seguro, como siempre, de que la oscuridad puede traerle algo que lo hará sentir distinto, es decir, único, vivo. Sus expectativas son siempre altas. Y para eso se prepara, con la precisión de un ritual en el que no debe fallar ningún elemento, se prepara: un pantalón imitación piel, ajustado; calcetines a rayas, desgastados; botas altas con estoperoles; chaleco de animal print sin nada más debajo; guantes calados de cuero, sin dedos; cinturón de calaveras.

Se contempla en el espejo mientras se acicala. Con cada minuto que avanza, él se va convirtiendo en otro. En otro que gusta de sí, cada vez más y más. Se mira y se maquilla: lo hace todo en silencio, para crear, como se ha hecho su costumbre, ese preámbulo que tanto lo excita. Sabe también que estará inmerso en la multitud acariciante, ya pronto.

Se mira de perfil, por ambos lados. Contempla su figura esbelta. Saca el pecho, se siente listo, seguro de sí mismo. Lleva los ojos delineados en color negro, por fuera de la comisura, como intentando imitar unos ojos orientales, pero mal dibujados; el cabello embadurnado con cera para estilizar, acomodado de tal forma que cubra sus amplias entradas en la frente. Y aunque su exterior no ha cambiado demasiado, por dentro él se siente cada vez más intenso.

A punto de salir, enjuaga sus dientes con el último sorbo de cerveza. La traga. Toma las llaves del departamento y unos billetes que encuentra maldoblados encima de la mesa, sobre los documentos que tuvo que llevarse para hacer trabajo en casa luego de una soporífera semana dedicada al papeleo; a perder la vista en cómodas mensualidades frente al brillo de la pantalla de una computadora ajena; al ir y venir de una oficina enmohecida por la rutina del sinsentido; a trabajar para alguien que jamás conocerá, que nunca le dirá ni gracias por entregarle a manos llenas la vitalidad de su juventud al malgastar su tiempo entre horarios de oficina y café de segunda.

Con aliento alcohólico y el mareo de un par de litros de cerveza que empezó a beber desde la tarde, se contempla en el espejo antes de salir hacia su noche. Sus amigos lo llaman Billy porque lo encuentran semejante a Buffalo Bill —el asesino en serie que bailaba mostrando sus partes íntimas al ritmo de la canción que ahora él había elegido como himno personal. Y lo apodan en diminutivo por no ser más que un bailarín improvisado y extravagante en vez de infundir temor como el asesino serial de la película.

En unos momentos, Billy abordará un taxi hacia el centro de la ciudad. No le harán falta más de veinticinco minutos para llegar a su destino. Hundido en el asiento trasero del auto, poco antes de llegar, inhalará discretamente una línea de coca. Pagará con un billete, casi el monto exacto, y saldrá de ahí sin esperar el cambio.

La droga comenzará a hacer su efecto cuando ya se encuentre inmerso entre la multitud acariciante. Y lo tomará por sorpresa, haciéndolo sentir la sincronía entre espacio, música y tiempo, y llegará frenético al centro de la pista, para empezar a hacer su baile. La mirada perdida, arriesgados manoteos y patadas arrítmicas ayudarán a distinguirlo entre la gente.

Y esta vez, la luz, como el agua, sí chorreará sus tonos de colores sobre él, sobre su piel abrillantada por sudor, y hará resaltar su cabellera negra, larga y ondulada, que parecerá danzar a su propio ritmo con cada nota de música oscura sonando en el recinto. Estrobos pulsantes contraerán las pupilas al chocar contra ojos abiertos en una cadencia, mezcla de luz y ritmos como de tambores antiguos, pero Billy no bailará voluptuosamente sobre la barra como lo había imaginado en casa. Sin embargo, estará ahí, sintiendo cómo la música le va llenando las venas de adrenalina y excitación. Buscará refugiar un beso en cualquier boca espléndida y dispuesta, y sus manos tocarán las partes íntimas de su cómplice en perversión. Las siluetas se moverán ardorosas, desprendiendo un cierto vapor a través de la ropa…

Al centro del salón, la gente empezará a formar un círculo y el DJ sabrá que ha llegado la hora del slam. Irá preparando algunas de sus mejores canciones, y Billy, sus mejores pasos, sus mejores golpes para intentar, como cada fin de semana, lucirse y ganar la contienda.

Irá rondando con la cara en alto, el pecho erguido, los brazos extendidos hacia abajo y las palmas de las manos hacia fuera. Caminará cerca de la gente, haciendo que la valla humana se repliegue para conseguir más espacio. Invitará con un gesto, con un breve y ascendente movimiento de cabeza, de manera retadora, a que pasen a la pista los que serán sus contrincantes. La oscuridad se inundará de música estrepitosa latiendo más rápido que un galopar de caballos desbocados, y Billy comenzará a ejecutar, cada vez de un modo más dramático, su extraña danza, pronta a convertirse en violentos movimientos de combate. Entre el juego de luces y sombras, las siluetas se unirán, todas, formando una densa medusa enmarañada, que poco a poco irá dejando caer al suelo alguna de sus extremidades. Billy irá sacando, uno a uno, a sus ebrios rivales en un duelo injusto, en desigualdad de sustancias y condiciones.

Creerá dar hermosas piruetas. Se despojará de su chaleco y se lo pondrá a un costado, afianzándolo con el cinturón de calaveras. La seda al aire le dará un mayor efecto de movimiento a su danza destructora. Con el torso enconchado, guardia arriba, golpeará como en cámara lenta y de manera aleatoria a quien se vaya acercando. Impactará con furia desmedida cuerpos ajenos, sin rostro. A diestra y siniestra, tratando de atinar lo más posible y discreto, lastimará al mayor número posible de oponentes. Sus codos serán arma y escudo frente a cada uno de sus adversarios. La naturaleza de slam permitirá que al final su furia sea justificada y todo termine sin resentimientos. Al quedar solo en la pista, antes de reanudarse el baile para todos, él caminará alrededor de círculo hasta que todos se hayan replegado hacia las orillas. Altivo, se proclamará vencedor indiscutible golpeándose el torso con ambas manos, elevándolas luego en señal de triunfo. Aunque con el pecho bastante lacerado, permanecerá ahí de pie, como un minotauro que custodia su laberinto.

Él es Búfalo. El sábado es su santuario. Él sabe que sólo la noche entrada en horas puede traerle algo que lo hará sentirse distinto: ojalá único, o vivo. Durante la semana, su vida no es más que una rutina que parece inalterable, tantas veces repetida. Incesantes días de lo mismo lo consumen y lo enajenan más de prisa que los papeles de colores que se lleva a la boca y en la saliva deja disolverse bajo reflectores parpadeantes que funden realidad y sueño en un mismo espacio vibrante por pulsaciones de sonido, o que las líneas que inhala entre otros cuerpos que, como el suyo, por voluntad propia no se mantendrían en pie para llegar al puerto de luz del día siguiente.

Por eso contiene la emoción. Desea que llegue la madrugada de los sábados, por eso sus expectativas son altas y para eso se prepara: se echa a volar sobre sus aires de grandeza, hace valer cada hora nocturna pues sabe que cada minuto transcurrido lo acerca irremediablemente al momento de tornar de sus figuraciones hacia la vida deslucida y sosegada en la oficina.

Pero en vez de rendirse ante la indiscutible certeza, prefiere perderse, olvidarse por completo de sí mismo justo en el umbral del día siguiente. Y así, como tantas otras veces, alumbrado por el sol en las primeras horas de luz — sin saber cómo o con la ayuda de quién— él regresará a casa la mañana del domingo.

Y será como siempre, como la primera, como la última ocasión: al girar la llave estará solo. Apenas dé un paso dentro se despojará de sus ropas, y al hacerlo se estará quitando de encima toda la humedad de la noche, de su propio cuerpo, de los otros cuerpos ajenos a su intimidad. Y aunque en sus cabellos permanezca seca la sal del sudor colectivo, él se dirigirá a rastras hacia su dormitorio, dejando una por una las prendas en el suelo, sin voltear la mirada ni una sola vez, como las orugas que avanzan dejando atrás un rastro de sí cuando mudan de piel.

Parecerá como si Búfalo hubiera calculado con antelación la distancia exacta que tardaría en quitarse lo que llevaba encima para llegar sin nada al final del recorrido —de la entrada del departamento hasta su cama, renunciando a todo vestigio de una noche desbordada de goces clandestinos, para disponerse a entrar desnudo, y de un modo casi ingenuo, en el capullo de cobijas malolientes que lo aguardan para recibir a la crisálida, tan dispuesta a dormir y soñarse un rato más entre luces destellantes y placeres secretos, antes de despertar en otra mañana de lunes, desgastado y tembloroso, pero redimido, para convertirse de nuevo, durante toda la semana, en Manuel.