Deseo concedido

0
176

Por Aída María López Sosa

La luz del sol me molesta. La falta de sueño de varias noches ha dejado marcas en mi rostro cada vez más envejecido. Hoy es la quinta vez durante el mes que falto al trabajo a causa de las fiestas de cumpleaños que celebran en la oficina. Eso de los abrazos, regalos y felicitaciones me enfada. Quizá cuando vuelva me digan que estoy despedida, pero es lo que merezco por ser tan incumplida. Mi mejor aliada es la cama que sin reparo soporta mi mermado cuerpo. El refrigerador está vacío, pero no siento hambre. En el trabajo mis compañeras envidian mis escasos kilos, no saben que la comida apenas la tolero. En muchos años no he logrado tener una pareja que entienda mi mala suerte, dicen que exagero cuando me quejo. La vecina de enfrente ha tocado la puerta tres veces, siempre lo hace cuando no me ve salir para ir al trabajo, dice que la busque si necesito algo, pero en realidad no quisiera ver a nadie, no tengo deseos de hablar, prefiero estar sola con mi silencio y Coco, un gato siamés que venía todos los días a comer hasta que en uno de esos se quedó. Se acerca la fecha de mi cumpleaños, pero cómo piensa mi familia que voy a celebrar un año menos de vida, eso es para entristecer a cualquiera. El año pasado
me hicieron una fiesta sorpresa que terminó frustrándolos porque no llegué. Luego vinieron los reclamos, pero nunca he sido una buena hermana y menos una buena hija, no sé qué les extraña. Creen que me divierte eso de que te cantan el pastel y luego te entierran la cara en él, mientras que la pobre gente tiene que comérselo por educación. Seguro el día que me

muera hasta hacen fiesta. Desconecté el teléfono desde anoche, si habla mi madre pensará que estoy en el trabajo, lo bueno es que no sabe cuál es el último que tengo. De tanto mirar la alfombra beige hasta parece que se forman figuras rojas, ha de ser por lo sucia, no me terminan de reparar la aspiradora; luego dicen que no es mala suerte que se te descomponga la misma semana que venció la garantía y peor aún, que no haya la pieza. Tiene sus ventajas que nadie te visite. La última vez que me confesé el cura se escandalizó cuando le dije que tenía deseos de matarme, que Dios no me lo perdonaría, como si Dios estuviera cuidando lo que hago, pero es lo que siento cuando amanece, me miro al espejo y solo veo canas, arrugas y los ojos hundidos como de una calavera, incapaces de soltar una lágrima que les devuelva la vida. Tantos medicamentos que he tomado para la tristeza han vaciado mis ahorros, ahora sí que no tengo dónde caerme muerta a menos que camine por el aire desde el octavo piso donde estoy. El día que lo haga lo haré de noche, odio el sol. Hay que ser valiente para cortarse las venas y aguardar a la muerte pacientemente o para soportar el envenenamiento de cientos de píldoras enloquecidas corriendo por tu sangre. Si consigo una pistola será más fácil, con solo mover un dedo dejo de ser una carga para la familia y dejo una vacante en la oficina. Hace unas horas mi familia y mis conocidos estaban tristes como yo, seguramente ya los contagié. No entiendo cómo entró mi madre a mi departamento y soltó un grito que cortó el silencio, decía que la alfombra estaba teñida de rojo, enseguida vinieron personas con guantes que decían que aparentemente la causa era arma de fuego, pero que no definirían nada hasta después de la autopsia. No tengo hambre… no tengo sueño… no quiero fiesta…

Aida López