El tren es frío

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Emigdia, la noche está pasando; estos ojos no se han cerrado, bueno, los tengo cerrados, pero no hay sueño, sólo este cansancio que me viene de siempre.

Tacat tacot, tacat tacot, así suenan las ruedas metálicas cada que se unen los rieles, y un ligero salto del vagón; vamos avanzando por horas, por muchas horas, Emigdia, muchas horas.

Creo que tienes razón, siempre tienes razón, uno persigue un sueño toda la noche, va por todos los rincones, cree que está a punto de alcanzarlo hasta que despierta y uno sigue ahí, Emigdia, soñando.

Este tren va lleno de sueños, subimos por la mañana, y ya han pasado tres mañanas, debiste haberlos visto, todos animosos, con sonrisas y alegría.

El día era hermoso, todas las mañanas lo son, el día se descompone poco a poco, y cuando nos damos cuenta ya está arruinado.

Después de tres días todo es un desastre, hemos parado, sí, veinte, treinta minutos en estaciones polvorientas, pero no tenemos a dónde ir, ningún lugar para recostarse, no hay un chorro de agua para lavar las heridas. Y esta barba rala que siempre te hizo reír, ya no aparecía desde hace tiempo y ahora mírala, mi mano la toca como en esos días.

Recuerdas, Emigdia, cuando entramos a la prepa, entonces todo el futuro era nuestro, yo quería ser abogado y tú ibas a pedagogía, nos sentábamos en las jardineras, el sol calentaba la piel y al alma.

¿Qué pasó?: seguimos soñando.

Siempre me gustaron tus labios, tus ojos amielados, tus cabellos rizados; cuando te ponías pantalones de mezclilla con zapatillas tenías un aire de no sé qué, que ¡cómo no!

Mira lo que son las cosas, sentados ahí, entre los otros, éramos uno, con nuestras mochilas llenas de cuadernos y libros.

Para qué leer tanto, Emigdia, si al cabo el amor se acaba.

¿Dónde se cruzaron nuestras miradas?; ¿en qué momento la piel de mi brazo se erizó junto al tuyo?, sentados al sol; ¿cuándo me abriste las puertas de tu corazón?; ¿cuándo entré para no salir jamás?

Después dejamos de ir a clase, sólo nos quedábamos ahí, el sol era nuestro, y el mundo, y nosotros nos teníamos el uno al otro.

Cierro los ojos, Emigdia, la tarde ha caído, el tren sigue su curso, he visto de todo en este viaje: montañas, bosques, desiertos… la vida yéndose despacio.

Hay cinco, seis niños en este vagón, a veces duermen, otras se ponen a jugar; pero el fastidio es tormentoso, la desesperación los atrapa y su llanto, Emigdia, es un llanto sin consuelo, de aquél que sabe que ya no hay remedio; entonces siento un dolorcito aquí, en medio del estómago y ese nudo en la garganta que sólo se disuelve con una lágrima.

Vamos en un vagón viejo, sus asientos altos, reclinables, son un recuerdo lejano, ahora son rígidos; las ventanillas están selladas, se abren dos o tres, el calor de medio día es insoportable.

Este vagón es un infierno.

Salgo a tomar aire, en los extremos del vagón hay una terraza, sólo se escuchan los golpes de las llantas con los bordes de los rieles: tacat tacot, tacat tacot… una y otra vez; pero no hay aire, no el que uno espera, este aire es seco, delgado, frágil; respiras, pero no sientes alivio.

¿Por qué quiero llorar?, Emigdia, ¿por qué en esta hora, por qué me he sentado en esta lámina y no quiero ver más el horizonte, por qué cierro los ojos, a dónde voy si después de tanto uno no tiene nada?, sólo sus propias manos. Y los recuerdos, que nos acompañan a todas partes.

¿Alguna vez fuimos al cine?, si acaso una o dos veces, el cine estaba lejos, pero nosotros no queríamos otra cosa más que vernos.

Todo fue en la escuela, Emigdia, todo pasó ahí; bueno casi todo, ahí nos conocimos, ahí nuestras manos se pusieron palma con palma; ahí se abrieron nuestros labios y nos besamos por primera vez.

La tarde es un remanso, el sol se pone, rojo, herido; se irá de un momento a otro, el aire sigue caliente, son las últimas bocanadas de sol.

En medio de la noche, este monstruo infinito de metal se detendrá unos minutos, en alguna estación apenas pintada en un mapa, y subirán a vendernos burritas, café, pan; el último alimento, después hay que cerrar los oídos, hay que cerrar los ojos para dormir un rato, unos minutos apenas.

¿Cuánto tiempo ha pasado?, Emigdia, cuántas horas, cuántos días, sólo sé que voy en medio de la noche, el cielo jamás ha estado tan estrellado como este.

Nunca, ni esa noche, la nuestra, el inicio de todo, el principio del fin.

Tus pezones eran de miel, de leche con cajeta, como el cielo estrellado, luz y sombra; tus hombros, Emigdia, tu espalda; en qué momento se acaba todo, donde está el fin del mundo, algún día no habrá más cielo, algún día no habrá más nada; algún día Emigdia, el último, me duele saberlo, se irá tu piel de mis manos, tu olor de mis dedos.

¡Maldita sea, como jueputa vamos por el mundo ciegos y sordos! Quise morir, más de una vez quise morir, lo juro.

De pronto se detiene el tren, en medio de la noche, en ninguna parte, salgo del vagón, un guardagujas trae en la mano una lámpara de aceite de esas que cuelgan y lo iluminan todo; otra vez por aquí, me dice, y sigue su camino; esperaremos diez, veinte minutos, viene un tren carguero en sentido contrario.

Otra vez por aquí, me digo, otra vez y soy el mismo.

¿Por qué mi mente recorre las jardineras, los pasillos de la prepa, los salones, las escaleras, el laboratorio de física, el matraz balón, qué tiene el matraz balón?

Así éramos, como un cuaderno nuevo sin forro en la mochila.

Ahí, Emigdia… ahí me dijiste que estabas embarazada. Me hundí en el cemento, me hice pequeño, qué putas puedo hacer.

Me quedé sentado como ahora en este tren, en medio del murmullo, sin oír nada, la vista en el suelo y este temblor que no se ha ido.

Por qué, Emigdia, por qué nosotros, por qué si todo es tan sencillo, como comprar una aspirina.

¿Acaso sabíamos qué es un condón?, lo habíamos visto, jugamos con él como un globo en medio del auditorio de la escuela, antes de que empezara el documental.

Pero la verdad es esta: no sabíamos nada…

¿Por eso pensé en el norte?

¿Por qué es más fácil irse, por qué es más fácil dejarlo todo, abandonarse al mundo?

Qué lejos se ha quedado el norte, Emigdia, que lejos se va quedando. El destino es cruel, si nos abandonamos.

Uno se deslumbra, el dólar en la bolsa te hace otro, puedes salir y comprar un auto, Emigdia, como quien compra una bicicleta con sus domingos.

Compras una cerveza para cada día de la semana y te las tomas en una hora, compras una cerveza para cada día del mes y te las tomas en un día, compras una cerveza para cada día del año y te las tomas en una semana, uno quiere tomarse todo ya, en ese momento.

Basta un día para perderlo todo, Emigdia, un día sin ganas de levantarse, un día en el abandono lejos de nosotros mismos y no volveremos.

Es tan fácil hundirse, Emigdia, es tan fácil.

El tren se pone en marcha, un silbato a lo lejos avisa, los vagones se jalonean, golpean unos con otros, un temblor se mete en nuestros huesos.

Poco a poco me voy acercando a ti.

¿Por qué le pusiste mi nombre?, Emigdía, si no me llamo Roberto, Jesús, Mariano. Aunque tengo que decir que me hizo feliz Nabora.

Quise volver, desde el primer día quise volver.

Pero no así, Emigdia, no así, el auto quedó hecho pedazos, cargar tres muertos en la espalda es duro, uno no puede ir a ninguna parte.

Tenía dieciocho años y estaba solo como ahora, pero me sentía más solo.

El tiempo cambia, Emigdia, soy otro.

Deja pasar al señor —dice la madre atenta y los niños se me quedan viendo, ¿así me habría visto Nabora?

Me siento, el tren no se cansa, nada se detiene, sólo yo. El miedo, la soledad, la tristeza, me dejaron paralizado.

Pero tú no, Emigdia, la harina con que esculpieron tus manos era otra, de otro costal sacaron las esencias de tu corazón.

Y a mí me hicieron de tierra.

Fuiste a la universidad mientras yo tomaba una bodguaiser, mientras estaba tras las rejas de otra lengua.

Vuelvo a ver la carta, Emigdia, la única carta que me ha escrito Nabora: Mamá está enferma, quiere verte antes de morir.

No somos nada.

Me tomé la última cerveza roja y lloré, toda la noche, me despertó el sol de medio día, la sal se había quedado en las arrugas.

¿Dónde me perdí?, Emigdia, ¿a dónde voy?

No hay salida, nadie sale vivo de aquí, solo existe este vagón que me lleva en medio de la noche, tacat tacot, tacat tacot.

Cierra los ojos, como yo, Emigdia, la oscuridad está en todas partes.