Aunque me maldigan

0
539

Alejandro Ordóñez González1

Doctora Singerman, si dejé de venir es porque no me gusta hablar de eso, sólo quiero su ayuda para superar el duelo. Desde que murió mi padre estoy desmotivada, no deseo seguir viviendo. No creo que tenga que ver mi relación con él cuando fui niña. Ya sé que la psicóloga es usted pero preferiría no tocar ese tema. Mire, no quiero seguir viviendo. Ya me lo dijo mi novio; bueno, a estas alturas ex novio: que soy la huérfana, no la viuda. Se lo contaré desde el principio, tal vez no debería por respeto al recuerdo de mi padre, quizás fuera mejor llevarme el secreto a la tumba. Sólo le voy a pedir de favor que no se haga una mala imagen, él era bueno, lo que pasa es que cuando bebía alcohol perdía el control y ocurría lo que le voy a platicar. Confiaré en usted; sí, ya sé lo qué es el secreto profesional, cuento con su discreción.

Era muy niña cuando empezó todo. Mis papás se querían mucho o quizás era mi papá quien la amaba; creo que ella nunca lo quiso y si se casó con él fue para tener un hombre que la mantuviera y me diera su apellido; las cosas entre ellos están confusas, lo más probable es que yo sea hija del novio que por aquél entonces tenía mi madre y que al verse embarazada se entregó a mi padre, así que imagine cómo fue mi infancia. No, él nunca me rechazó, los reclamos eran para mi madre, a mí me cubrió de amor. Conste que sólo pasaba cuando llegaba borracho; porque entonces no sabía lo que hacía y como yo era muy niña lo veía natural. El pobre descubrió cosas que mi madre le ocultó: para empezar le hizo creer que era virgen; para terminar, antes de conocerlo tuvo un hijo que hacían pasar como si fuera sobrino de mi mamá y cuando papá descubrió la verdad se sintió traicionado, no sé por qué no la dejó, debió amarla mucho, pero aunque la perdonó, nunca lo olvidó, cuando llegaba borracho le pegaba y le decía que era una puta.

En una de esas ocasiones me despertaron los gritos de mi madre, mis hermanos corrieron a abrazarla para evitar que le siguiera pegando, sólo yo me abracé a las piernas de mi padre y empecé a llorar. Me tranquilizó, dijo estar cansado, y pidió que me acostara con él. Llegamos a su cuarto, lo ayudé a desvestirse. Quedó en calzoncillos; pidió que me desvistiera y con mi cuerpo lo calentara porque tenía frío, un frío que le calaba en el alma. Me ayudó a quitar el pijama. Hizo que le diera la espalda y me apretó contra su cuerpo mientras pasaba sus manos frías por mi estómago y mi pecho. Nos quedamos dormidos. Así ocurría cuando llegaba borracho y golpeaba a mi mamá. Alguna vez noté que cuando me abrazaba, siempre dándole la espalda, se movía como si me arrullara, pero el movimiento era tan fuerte que terminaba por ser molesto y yo protestaba, él rezongaba pero dejaba de hacerlo, hasta que un día no me hizo caso o dejó de molestarme o algo habrá pasado porque no me quejé, sentí que su movimiento se volvía violento, noté entonces un bulto pegado a mis nalgas. Las cosas se fueron haciendo normales, cuando no quería acostarme con él me ofrecía dinero o llevarme el domingo a la feria y, como los niños somos interesados, aceptaba y me dejaba hacer lo que él quisiera. Nunca sacó el pene del calzón, así que no crea que me faltaba al respeto. Años después lo hizo; no sé, quizás de doce o trece años, yo entraba a la pubertad y empezaba a crecerme el busto, me pellizcaba y como mis pechos estaban en desarrollo me dolían; aquella vez, estando yo de espaldas, sacó su miembro y lo colocó sobre mi calzón, entre mis piernas, sentí algo duro pero él dijo que no iba a pasar nada, que se lo permitiera por favor, yo era la única mujer que lo amaba, que nunca lo había traicionado ni mentido. Acepté y empezó a moverse, esa fue la primera vez que empezó a chupar mis hombros y mi espalda, fue una sensación tan agradable que no le vi nada de malo.

Me hice novia de Pedro, descubrí caricias que mi padre no se atrevía y empecé a ponerlas en práctica con él. A los quince años mi novio decía que me metía nada más la puntita para que no perdiera la virginidad; para entonces mi papá y yo, cada que estábamos solos nos acostábamos desnudos, yo siempre de espaldas, él ponía su enorme pene, porque para entonces ya sabía que era grandísimo, pues el de Pedro se veía chiquito junto al suyo. Ponía su miembro entre mis piernas y lo frotaba contra mi vagina, mis labios iban cediendo y a veces alcanzaba a entrar sólo un poquito, cuando sentía que iba a eyacular me avisaba y yo tapaba su pene con papel higiénico que a menudo resultaba insuficiente, por lo que mis manos quedaban empapadas de su semen pues eyaculaba cantidades impresionantes. Cuando terminábamos decía que era normal que a las mujeres les encantara el sexo, lo malo era que los hombres abusaban, jugaban con ellas y luego las dejaban; que no fuera tonta, que no me entregara a nadie, que ningún hombre se fuera a burlar de mí, pues yo contaba con él, podríamos estar juntos cuantas veces se me antojara sin el riesgo de que después me abandonaran a mi suerte. Cada vez parecíamos perder el miedo y yo sentía que entraba más y más, por eso cuando cumplí los dieciocho y Pedro decidió terminar con mi virginidad me dio miedo no sangrar, no hubiera sido la de malas y en una de tantas a mi papá se le hubiera ido la mano. En esos momentos no le decía papá, le decía flaquito, tal vez me daba pena y por eso siempre lo llamé así.

Terminé con Pedro y me hice novia de Andrés, quien siempre fue muy cuidadoso, al grado de que en mis periodos fértiles usábamos preservativo y óvulos para evitar cualquier riesgo. Estaba precisamente en esos días cuando mi padre y yo nos quedamos solos. El resto de la familia –como sucedía a menudo– había llevado a mi abuela Francisca a su pueblo, así que teníamos todo el día para nosotros. Me metí a bañar, descubrí que me espiaba por una hendidura que había hecho en la puerta, en vez de voltearme hacia la ventana, como hacía siempre, me sentí halagada, admirada, deseada, así que giré hasta quedar de frente, froté con jabón mis pechos, imaginé su excitación y sentí cómo se me ponían duros los pezones, dejé que el agua de la regadera corriera por ellos, tomé un poco de champú y lo froté contra mi abundante vello púbico, me enjuagué lentamente, viendo cómo escurrían los chorritos blancos y luego volvía a quedar el agua transparente.

Del otro lado del cancel la sombra se agitaba, lo llamé entonces: flaquito, ¿qué tanto haces ahí escondido? Un, dos, tres por mi flaquito del alma que está del otro lado del cancel y me está viendo, ven flaquito de mi vida, está abierto, no puse seguro. Entró, se acercó, besó mi cuello, mis hombros, mis pechos, siempre de una manera tan brusca que me dejaba ardiendo los pezones, bajó por mi vientre y empezó a chupar mis labios, luego el clítoris y yo sintiendo toques eléctricos en la vagina y la cabeza, gimiendo sin poder contener las lágrimas que escurrían por mis pechos. Su lengua iba y venía laboriosamente por mi clítoris mientras sus dedos apretaban mis nalgas y sus uñas iban dejando surcos rojos. Después de varios orgasmos lo desnudé violentamente, lo abracé, mordí sus hombros, bajé por el pecho, llegué hasta su enorme pene, metí en mi boca todo lo que pude, con mi lengua jugueteaba con su glande, lo apretaba con mis labios y movía frenéticamente la cabeza para que pudiera entrar y salir ligeramente; no paré hasta que sentí una, dos, tres descargas y es que eran tan potentes y tan abundantes sus eyaculaciones que parecían no tener fin. Me agaché en el lavabo para lavarme la boca, él se acercó por detrás, metió su pene entre mis piernas, acarició mis pechos y me llevó cargando hasta su cama, me acostó boca arriba y por vez primera me penetró, noté cómo aquel miembro enorme iba desgarrando mis tejidos y era tanta su fuerza y su violencia que sentí como si perdiera la virginidad una segunda vez, pues algunos hilillos de sangre mancharon la colcha. Al terminar recordé lo peligroso que podría resultar y se lo dije, él se rió, contestó que no estaría mal tener un hijo, así lo recordaría cuando ya estuviera muerto.

Llegó la fecha en que debería empezar mi regla, pero no se presentó; supe por instinto que estaba embarazada, siempre fui muy exacta, así que no me quedaba duda, pero qué hacer, qué diría mi madre cuando lo supiera. Claro, podría echarle la culpa a Andrés, mi novio; decir que era suyo, siempre que me lo creyera porque de seguro tendría sus dudas pues nos cuidábamos mucho, pero no quería tener un hijo en esas circunstancias, así que decidí abortarlo, pero cómo hacerlo si Andrés y su familia eran unos muertos de hambre, ¿quién se haría cargo de los gastos? Fue entonces cuando pensé en un compañero de la universidad al que le gustaba. Se llamaba Antonio, no es que fuera rico pero se notaba que tenía más medios económicos que los demás muchachos. Siempre nos seguía, me coqueteaba de una manera descarada, el único que no se daba cuenta era Andrés, era tanta su desfachatez que me empezó a gustar, a llamar la atención por lo cínico y me dio por imaginar qué se sentiría tener relaciones con él, al grado de que cuando estaba haciendo el amor con Andrés pensaba que era Antonio y nada más con ello tenía unos orgasmos que, lo que son las cosas, le encantaban a Andrés y el pobre decía, yo creo que ahora sí sentiste bonito.

Tomaba un refresco con Antonio, en la cafetería, cuando comentó que estaría solo el fin de semana pues su familia se iba de vacaciones; qué lástima, le dije, quería ir a tu casa para que me ayudaras con una tarea de matemáticas. Le brillaron los ojos, si hubiera sido gato se habría relamido los bigotes, me dijo que no importaba, que fuera, él me ayudaría, resultaba mejor que estuviéramos solos porque así nadie molestaría. Sólo una súplica más, le dije: no lo comentes con nadie, porque si no tendría que llevarme a Andrés y como es muy desesperado, tal vez no nos deje concentrarnos. Hecho, me dijo, y así lo hicimos.

Nos sentamos en el comedor, sobre la mesa había una botella de vino blanco, preguntó si quería una copa, me negué, contesté que no lo había probado nunca. Se sirvió, lo degustó, dijo que estaba delicioso. Hay una forma muy rica de tomarlo, respondió, verás que va a encantarte, cubrió mis ojos con una mano, bebió un sorbo de vino y se me acercó. Sentí sus labios unirse a los míos, luego la dulzura del vino que pasaba de su boca a la mía. Lo repitió varias veces, ya sin cubrir mis ojos, yo me sentía fascinada, las cosas marchaban sobre ruedas y la experiencia resultaba fascinante. Pidió que fuera yo quien le pasara el vino de mi boca, así lo hice, para entonces nuestras bocas permanecían unidas más allá del momento en que se terminaba el vino y los besos se volvían violentos, dolorosos. Dijo que me deseaba mucho, empezó a lamer y a acariciar mis senos y mis piernas, hizo a un lado mi ropa interior, sus dedos exploraban dentro de mí y ya no pude contenerme. Hicimos el amor, aunque era tanta la desesperación y prisa que terminamos antes de lo que me hubiera gustado; pensé que sería todo pero después de unos minutos volvió a la carga, ya más tranquilos prolongamos el final; comprendí que podría haber más, que necesitaba más. Nos bañamos y al contacto con el agua caliente nuestros instintos se avivaron y mojados, como estábamos, terminamos en la cama de sus padres. Comimos algo rápido y todavía nos dio tiempo de hacerlo dos veces más. Anochecía, estábamos exhaustos, a él le dolía el pene, yo tenía inflamado el vientre y me ardían la vagina y los pezones.

Continúa en: www.molinodeletras.org

Dejé pasar varios días, una tarde le dije que no me bajaba la regla. Me miró espantado, con voz ronca preguntó: ¿qué hacemos? Eso es lo que quiero que me digas y que lo hagas a la brevedad porque el tiempo apremia. Su hermano acababa de poner un consultorio así que me llevó con él. Me ordenó unos análisis que confirmaron mi estado y como ni yo ni su familia –que para entonces ya lo sabía– queríamos a ese niño, decidieron que su hermano me hiciera un legrado. Fue terrible, doloroso, jamás me había sentido tan mal. No se lo deseo a nadie, sufrí y me dolió mucho. Llegué a casa sintiéndome mal, tenía un sangrado abundante. Mi mamá preguntó qué me pasaba; es la regla, le dije, y como en mi periodo padezco de fuertes dolores me lo creyó, preparó un té de manzanilla, me dio una bolsa con agua caliente para ponerla en mi vientre, me dejó dormir todo el día en su cama y pidió a mis hermanos que no me molestaran.

La vida fue pasando, como a mi flaquito le chocaba usar preservativo aprendí a mentirle, me ponía un óvulo sin que se diera cuenta; pero un día no los hallé, nos encontrábamos solos, estaba en mi periodo fértil, así que decidí hacerlo de otra manera, empecé a acariciarle las nalgas, acercaba mi dedo a su ano y lo frotaba suavemente, luego acariciaba sus testículos pero volvía a insistir y con las yemas de mis dedos golpeaba su ano como queriendo entrar hasta que su excitación lo hizo desear sodomizarme, algo que mis amigas habían comentado con un poco de miedo y de vergüenza. Unte con crema su enorme vergajo y dejé que me colocara boca abajo, con las piernas flexionadas y la cara recargada en la almohada. La verdad fue algo diferente porque si bien no dejó de doler me excité sobremanera cuando empezó a frotar su pene en mi ano. Tan pronto se acercaba como volvía a alejarse y yo deseando que no se apartara de mí. Cuando su pene, empezó a hurgar y a tocar suavemente las orillas del esfínter yo deseaba que no retrocediera y me apretaba con fuerza, pero él emprendía la huída para luego volver. Pronto mi deseo amenazó con desbordarse porque a pesar de su tamaño y del dolor que provocaba al ir abriendo el tejido generaba una ola de calor y de placer hasta entonces ignorados que me hacía rechinar los dientes y morder fuertemente la almohada. Además, él parecía estar disfrutando como nunca, sus quejidos y gemidos se unían a los míos. Lo hacía despacito, apenas su pene me penetraba ligeramente, lo sacaba; mordía mis hombros y cuello y frotaba mi clítoris. Cuando comprendió que había logrado relajarme arremetió con una rapidez y una furia que estuve a punto del desmayo al sentir como su enorme pene entraba de golpe. Para entonces él tenía dos dedos dentro de mi boca y los metía y sacaba como si fuera su pene, mientras yo los succionaba con todas mis fuerzas; las sensaciones eran tan variadas que temí volverme loca, me provocaba placer por el recto, por la vagina y por la boca. Fue tal el dolor y el placer provocado por aquella irrupción violenta que mordí sus dedos hasta hacerlos sangrar, mientras de mi vagina escurría gran cantidad de líquido, como si también estuviera yo eyaculando y de mis ojos escurrían gruesos lagrimones. Sentí varias descargas y su semen caliente recorriéndome por dentro mientras temblaba. Pensé que ahí terminaría todo, pero al sacar su pene me dio la vuelta y empezó a juguetear. Introdujo su lengua dentro de mi boca mientras sus dedos estimulaban mis senos. Luego empezó a pasar su pene lentamente por mi vagina y clítoris, mis labios inferiores se abrían y envolvían amorosos a aquel intruso mientras esperaban ansiosos su llegada. Levantó y flexionó mis piernas, el pene se introdujo hasta el fondo de mis entrañas, de una manera natural; se sentó en el excusado y empezamos a movernos frenéticamente, para entonces ya no podía contenerme y mis gritos resonaban como con eco en mi cabeza. Avizoré nuevamente un orgasmo, era tanto el líquido que escurría que me dio pena pues temí estarlo orinando, pero él sonrió y me animó para que siguiera viniéndome. Nuevamente sentí las descargas eléctricas que nacían en mi cerebro y tenían como destino final lo más profundo de mis entrañas.

Cuando recuperamos la calma comprendí la imprudencia que habíamos cometido y se lo dije, pero se rió y contestó que no me iba a durar para siempre, cuando él muriera podría recordarlo con ese hijo que sería fruto de nuestra unión, que evitaría que estuviera sola. Además, dijo, puedes entregarte a tu novio y decirle que es suyo. Por cierto que si algo me gustaba de la forma en que Eduardo –mi novio en ese momento– y yo hacíamos el amor, era que lo hacía igual que mi papá, les gustaba lo mismo y pedían las mismas cosas; toda proporción guardada, pues nadie tiene el pene tan grande ni son tan abundantes sus eyaculaciones; por eso cuando estaba con Eduardo cerraba los ojos y pensaba que era el flaquito. Hasta su forma de succionarme y de chupar mis senos era la misma, mamaban como recién nacidos mis pezones, de pronto los soltaban y me mordían desde el nacimiento de los pechos hasta las aureolas. Les gustaba frotar mi clítoris y se empeñaban por meter sus dedos lo más adentro que podían de mi vagina y ano, al mismo tiempo. Quedé embarazada, pero como tenía relaciones constantes con Eduardo fue fácil hacerle creer que el bebé era suyo, por más que el pobre se preguntaba cómo habría ocurrido si no se había roto o zafado el preservativo; por supuesto volví a abortar.

Después de que sufrió un infarto noté que mi papá estaba muy decaído, así que sugerí suspendiéramos las relaciones, pero él insistía, entonces se me ocurrió que a partir de ese momento sería yo quien lo montaría, se acostaba boca arriba con su pene sobresaliendo como una garrocha de vecindad para tender ropa, me hincaba sobre él, sentía como entraba su miembro y cubría toda mi cavidad, era tanto el placer que lloraba, mientras le pedía que no se me fuera a morir nunca y él respondía que parecía una potranca salvaje y mi cabello era como una crin al viento. Cuando lo hice igual, por primera vez con Eduardo, quedó encantado, dijo que a pesar de estar abajo y ser él el caballo, tenía la impresión de ir montado sobre una potranca que se desplazaba a todo galope.

Cuando mi papá murió me sentí muy mal, por eso no quise volver a tener relaciones con Eduardo, creía que traicionaba a mi padre y por eso también rechacé sus caricias y sus besos, porque eran iguales a los del flaquito y si en vida de él me encantaba que así fuera, ya muerto mi papá cada beso, cada caricia, cada penetración o eyaculación de Eduardo me hacían echar de menos a mi padre y como su pene era infinitamente más pequeño y sus eyaculaciones parecían pequeños chisguetes, empecé a despreciarlo porque ni siquiera era capaz de procurarme el placer y el gozo que tenía yo antes. Por eso no volví a permitir que me tocara y rechacé su petición de matrimonio. ¿Se da cuenta, doctora Singerman, comprende cuánto es el amor que sigo sintiendo por mi padre? Claro que está mal, pero así crecí, así me hice, empecé a una edad en la que todo parece normal, cuando me di cuenta de lo que hacíamos, estaba enamorada de ese hombre al que en pocas ocasiones veía como mi padre.

No quiero vivir sin él, aunque a veces me vea contenta la vida ha dejado de interesarme, vivo deprimida, esperando que algo ocurra y termine con mi existencia, he pensado en el suicidio pero soy muy cobarde. Aunque me maldigan nada podrá cambiar las cosas, ni siquiera está vivo para poner remedio a ese amor prohibido. Además, a quién puede importarle, a quién le hicimos daño, simplemente nos amamos en silencio y nadie supo lo que nos unía. Por eso no me casé con Eduardo, mi padre se moría de celos y de tristeza con solo pensar que pudiera entregarme a otro hombre. Murió creyendo que era virgen; bueno doctora, es un decir, así nos referíamos cuando hablábamos de la posibilidad de que me entregara a alguien, y es que veíamos tan natural nuestra relación que se nos olvidó a ambos que hacía mucho tiempo había dejado de ser casta. No, para nosotros lo que hacíamos no contaba y mi padre me rogó, en más de una ocasión, que no me fuera a entregar ni permitiera que nadie mancillara mi cuerpo, que permaneciera virgen en recuerdo al cariño que nos unía, por eso dejé de tener relaciones con Eduardo, para no contrariar a mi padre, porque estoy segura que me sigue. A menudo siento su presencia en mi recámara, sobre todo cuando después de bañarme me estoy untando crema, entonces me recuesto desnuda, aprieto mis pezones y abro las piernas para que pueda disfrutarme y poseerme y es tan fuerte su presencia que termino empapada. A veces me reprocho a mí misma por ser tan cobarde y no haber tenido ese hijo suyo que crecía en mis entrañas. Tenía razón mi flaquito, un hijo nuestro habría sido motivo suficiente para seguir viviendo. Para colmo, veo al hijo de mi hermano y pienso que ese niño que aborté tendría la misma edad de ese pequeño. Es la última vez que vengo a verla doctora Singerman, ni usted ni nadie puede comprender ese amor prohibido, nadie podrá evitar mi deseo de morir.

En el cementerio la gente acudía a presentar sus respetos a la familia. Se acercó a mí una mujer: ¿Doctora Singerman? No sabe cómo agradecemos su presencia, fue usted quien tuvo el último contacto. Sí, dije, lo siento muchísimo. Volví a recordar: serían las diez de la noche, había manifestado su intención de no volver a verme, por eso me sorprendió que me llamara por teléfono. Lloraba, la escuché desesperada, estaba fuera de control. Dónde estás, pregunté varias veces, pero no hacía caso, sólo quería que la escuchara, para ella no tenía sentido la vida, quería reunirse con su padre dónde quiera que estuviera, lo echaba mucho de menos. Recordé que su papá la llamaba Sony, así que probé para ver si me hacía caso: Sony, Sony, óyeme, ponme atención amor, ¿me escuchas? –Noté cómo cambiaba su tono de voz–. Sí, doctora. ¿De dónde me hablas? Voy por la carretera treinta y cinco, rumbo a los acantilados. ¿Sony, vas sola? No doctora, me acompaña mi papá, está en el asiento trasero, por el espejo retrovisor lo estoy viendo. Un, dos, tres por el flaquito de mi vida que viene chupando mis hombros y mi cuello. ¿Estás conduciendo un auto? Sí, voy a ciento cincuenta kilómetros por hora; a mi costado viene sentado un niño de la edad de mi sobrino, se parece a mi papá, quien lo ve orgulloso, ¿escucha cómo me dice mamá? Traigo los cristales abiertos y mi cabello se agita como crin al viento. Sony, baja la velocidad. No, no queremos, siempre tenemos que ocultarnos o hacer lo que la gente dice y no lo que a nosotros nos gusta, ¿verdad flaquito? Sony, escúchame, es demasiado peligroso lo que estás haciendo, ¿comprendes? Si no te orillas y detienes el auto voy a colgar y no te recibiré más llamadas, ¿estás de acuerdo? No, quiero que antes me escuche. Te escucho, pero hazme caso. –Lloraba sin control y con una tristeza que rompía el alma, parecía una criatura que acabara de extraviarse. –Doctora, no quiero seguir viviendo, extraño mucho a mi papá. Lo único que deseo es unirme a él, por favor hágame dos últimos favores. No cuente a nadie lo que le he platicado y no tome a mal lo que me hizo mi padre, usted no lo conoció pero era bueno, cuando empezamos sólo lo hacíamos cuando venía borracho pero después me gustó a mí, en todo caso la culpable soy yo que nunca pude encontrar en otro hombre lo que él me daba, ¿comprende doct…? Escuché el ruido seco del metal, de los cristales estallando en mil pedazos, ni siquiera frenó, se encontró de frente con un tráiler mal estacionado y sin señales nocturnas.

Era una soleada mañana de abril, el pasto de un verde intenso, los árboles llenos de nidos, los pájaros cantaban a la vida desde las altas ramas y los arreglos florales destacaban por su blancura, como si acompañáramos a una novia, formáramos parte del cortejo nupcial y fuéramos a depositar a esa virginal mujer en el tálamo nupcial donde impaciente la esperaba el novio dispuesto a iniciarla en las amorosas cuestiones del sexo. Debajo de la tierra debía latir el agotado corazón de su padre quien nervioso estaría aguardando la llegada de la núbil novia. La caja de Sony bajaba entre el rechinar de las cuerdas, los gemidos y el llanto de la familia. ¿Quién era nadie para criticar, quién tenía autoridad moral para reprochar algo? Los caminos de Dios a veces parecen retorcidos, pero siempre conducen a él. ¿O piensa usted que no? A partir de esos momentos dejaba de importar lo que hubieran hecho y las mil formas que inventaron para amarse, ¿a quién podrían afectar ahora? Dentro de cinco, diez, cien años la gente se parará a la orilla de aquella tumba, leerá en su lápida los nombres de un hombre y de una mujer con el mismo apellido, tal vez padre e hija, que descansan para siempre juntos, cuyos nombres no le dirán nada a nadie y sus acciones, menos. Nadie conoce nunca la vida de los muertos, sus dramas, sus tristezas y alegrías. Un pájaro remontó el vuelo. Pronto la caja de Sony quedaría, para siempre, sobre la del flaquito de su alma, separados sólo por una losa de cemento, pero ¿bastaría ese obstáculo para separar a dos amantes que pasaron sobre tabúes y convencionalismos sociales? Ella quedará encima de él, para toda la eternidad; ella parecerá una potranca desbocada con la crin al viento, él la penetrará con su pene de garrocha y cabalgarán por los tiempos de los tiempos. Una ráfaga de viento tibio recorrió el lugar.

Antes de que sellaran la fosa con losas de cemento me acerqué, arrojé un puñado de tierra y un sobre que contenía una fotografía de Sony abrazando a su padre, que en una visita dejó en el consultorio y olvidé entregarle. Las personas regresaban a sus autos con aspecto triste; recargado en un árbol, lejos de la gente, un hombre elegante lloraba como niño, el único que tal vez la quiso y que jamás habrá podido explicarse las causas de ese súbito rechazo, me alejé para no molestarlo. Hacia el otro lado, un hombre joven, tal vez su hermano, cargaba a un niño de unos tres años, parecido al hombre de la fotografía que había yo arrojado a la tumba; un niño idéntico al hijo que Sony hubiera querido darle a su padre…

1 Autor de siete  novelas, de ellas, Cábulas fue publicada por  Plaza y Valdés en 1987 y ha obtenido varios premios en cuento. Escribió guiones para “Hora Marcada” y en su columna “Taches y Tachones” ha publicado material diverso desde hace varios años en varios medios  impresos y en la Web,  como cuentos, crónicas, análisis políticos y artículos de opinión. Editorialista en dos programas de radio.