La apuesta

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Román Guadarrama1

A Baldomero Lillo (+)

Cuando el gallo clavó el pico de su canto en el súpito cuerpo de la mañana, el niño dormía plácidamente. De repente, fue jalado del brazo y de un solo movimiento se le puso de pie. El frío del invierno lo puso a temblar y se soltó llorando. A su corta edad, no podía entender la violencia de su padre: casi le arranca el brazo. La madre intentó defenderlo, pero fue golpeada salvajemente: una cachetada y ella rodó por el suelo.

El huerco se acostó y se echó encima los cobertores. El papá fue hacia él, lo tomó del brazo y lo puso de pie: otra vez el hielo y temblor corporal. Encolerizado, pataleó y en la confusión le dio a su progenitor un puntapié en los testículos; el otro se dobló y se derrumbó; después, con suma lentitud, se levantó, y se sobó el pubis; luego se acercó al muchacho, midió la distancia y le dio un golpe en la quijada.

Luego el padre fue hacia el niño, lo levantó del pescuezo, como a un gazapo, lo paró de puntitas y le gritó en la cara:

−Aunque chilles como una rata, aunque te escondas debajo de la falda de tu madre, hoy te vas a chambear, cabrón. No faltaba más.

El niño se quiso acostar y el papá le pateó las nalgas.

¡Si te vuelves a echar te rompo la madre!

Mientras temblaba, el niño metió las manos en las axilas y unos lagrimones resbalaron por sus mejillas, y lo mostraban tal como era: un ángel caído en desgracia.

−¡Danos de tragar! ¡Vamos, muévete! –Dijo el padre, y la madre, meneando el rabo, se metió en la cocina y se puso a preparar tortillas de harina, huevos con chorizo y un café sin azúcar que resucitaba a un muerto.

El hombre jaló al chiquillo hacia la mesa y lo sentó de un solo movimiento. La mamá intentó abrazarlo y fue empujada contra la pared, con tanta fuerza que se quedó pasmada; luego, ella gritó:

−¡Déjalo, es un niño!

−¿Niño? ¿Adió? ¡Ahora va a tener que trabajar! Que sepa el muy pendejo, lo que es ganar un peso.

Cuando acabó de almorzar, el papá tomó un morral de ixtle, se lo echó en el hombro y jaló al chiquillo hacia la calle. Al salir, el viento le cacheteó el rostro y el frío lo abrazó con tal fuerza que parecía estar sumido en un mundo de hielo, inhóspito. Su cuerpo se puso en guardia y se echó a caminar, pues la voluntad en esos momentos era necesaria: había que sacar el cuerpo del pasmo.

En la madrugada, las sombras arropaban al pueblo con su capote negro. El viento giraba y se dejaba caer en picada, como un cuervo herido. Remolinos de polvo dibujaban caminos y cubrían el desierto de melancolía. Rayos de luz pintaban las nubes con manchas parduzcas, marrones, anaranjadas; estrías alargadas con historias inverosímiles, fallidas. La basura caminaba por las calles e inundaba las callejas y los portalillos con escamas cafés, amarillas, bermejas…

Después de caminar por las calles, se metió –junto con su padre− por la inmensa puerta del llano y sin voltear, siguió adelante, como una sombra que empuja la luz hacia la nada. No había dónde posar la mirada; salvo en esos cerros agrestes, puntiagudos, en esos terreros oníricos cortados con serrucho, que ahondaban –todavía más− la tristeza. El paisaje desolado y el presentimiento del porvenir le provocaron el vómito: sus ojos se desorbitaron y se dobló hacia adelante…

De pronto el alba develó una torreta de madera: temblorosa, ladeada, como un elefante enfermo a punto de sucumbir. Las luces mercuriales hacían más desolado el paisaje. El niño miraba hacia el pueblito y éste aparecía como una mancha amorfa, sin gracia, un montón de casuchas sembradas por el azar. Volvió a sentir un latigazo en el estómago, sus intestinos se aflojaron y le dieron ganas de defecar.

Supo entonces que el camino conducía hacia un “pocito” de carbón: un agujero en la tierra, peligroso, hediondo, donde los mineros más miserables se metían como topos, para arrancarle –a pico y pala– un cuajo a la tierra; una minita donde su padre se jugaba la vida seis días a la semana. Poco a poco fueron apareciendo entre las sombras, mineros temblorosos y adormilados que se preparaban para bajar al pozo. Los ojos de los hombres se hundían en unas ojeras negras, absurdas, como si se las pintaran con rímel; semejaban monstruos nacidos de la tierra.

Tembloroso, el niño vio como su padre se dirigió hacia un minero alto, taciturno, y luego, fue señalado por el dedo paterno; sintió sobre sí el peso de las miradas, como un animalito al que hay que sacrificar. El extraño se rascó la nuca y meneó la cabeza; su papá se puso a discutir y a manotear. El huerco tenía una última esperanza: que aquel hombre tan impaciente se negara a que él bajara al pozo y lo regresara a dormir a la casa.

Desde niño tenía pesadillas relacionadas con las minas. Se soñaba bajando a lo más profundo e introduciéndose en túneles oscuros que, de un instante a otro, se convierten en laberintos, donde quedaba atrapado como un conejo. Allí, en el interior, donde imperaban las tinieblas, monstruos voraces lo acechaban para devorarlo. En ese momento, las pesadillas más terribles se estaban volviendo realidad. ¿Podría despertar y volver a ser el niño de antes?

El padre caminó hacia un jacalón de adobes y al llegar allí, se ajustó el casco, se colocó la lámpara y probó la batería: un destello de luz le iluminó su rostro; luego se puso un paliacate en la nariz y caminó hacia donde estaba el huerco. Un viejo, casi vencido, acarreó equipo para el niño, y sin prisas, lo fueron vistiendo, como si fuera un monigote que en el fondo de la tierra, va a hacer la primera comunión.

Metido en el bote y sostenido por el malacate, el niño descendió –junto con su padre− por el tiro de la mina. Al ser engullido por las sombras, se aterró y se puso a gritar. Su progenitor no dijo nada, pues a él le había pasado lo mismo: a los doce años había sido levantado con violencia y llevado a trabajar a la mina de carbón. Tampoco, para él, había sido sencillo, pues aquello parecía un infierno anticipado, una condena que había que cumplir en silencio, como un verdadero macho.

Cuando llegó al fondo, se topó con un piélago de sombras, el cual era tasajeado por los filos de las luces. El papá le enseñó a orientarse en las tinieblas. El interior de la mina era un túnel general que se ramificaba en galerías secundarias, que la lámpara devela por partes, como un faro montado en el casco que, al girar, pintaba el mundo y lo destruía al pasar. El mundo de nuevo existía por la luz.

El niño lo siguió hasta que el papá se metió a gatas en un socavón; observó cómo su progenitor, con una pica –empotrada en un mango de madera de mezquite– se puso a despedazar el corazón de veta, con más destreza que con fuerza; la experiencia lo hacía todo: cada golpe desgajaba el fruto, un avalancha de piedra y polvo chorreaba hacia abajo, como un alud de monedas que caen sobre sus manos. El niño paleaba el carbón hacia los botes, asombrado por la tibieza de la tierra y por la ausencia de los monstruos de la imaginación. El patrón pagaba la tonelada a veinte pesos y había que chingarle duro, bien y bonito, para poder comer con manteca.

De pronto, en la mente del niño nació la luz: supo que su padre amasaba el pan cotidiano con el sudor de su cuerpo. Aquello no era ya un juego de niños, sino la labor de un hombre que arriesgaba la vida para llevar a casa el alimento; supo que, ese día, su niñez había terminado y le esperaba una vida de trabajo. De ahí en adelante, debía rascarle a la tierra con veinte uñas, hasta que se le gastaran la piel, la carne, los huesos. Entonces, pensó que la apuesta que él había hecho con su novia, había sido una locura. ¿Cómo pudo habérsele ocurrido?

Cuando salió del pozo, el viento lo atenazó y lo puso a temblar. El cielo seguía poblado de nubes aborregadas, estrías alargadas que anunciaban con letras de infante una nevada. El niño percibió una oleada de tristeza y se puso a llorar como un recién nacido: otro parto que quedaba escondido en su corazón. Sintió el cuerpo vacío, como si fuera un muñeco de trapo, pues, al parecer, le habían succionado toda la energía y apenas podía mover un pie. Tuvo que sacar energía de los huesos para poder echarse a caminar.

Cuando llegó a la choza, la novia estaba allí, vestida con ropa blanca: inocente, vaciladora, lista para el sacrificio. El juez los apremió para empezar la ceremonia. El niño quiso bañarse, pero le dijeron que no, pues la autoridad llevaba mucho tiempo allí. Y así, cubierto de carbón, se puso al lado de la niña y el juez lo casó por la ley civil. Después, sin bañarse, lo llevaron por la calle hasta la iglesia del mineral donde lo casaron por el rito católico.

En la noche, el muchacho se echó en la cama y se durmió profundamente. Su mujer lo sacudió y le pidió que le tocara el vientre: una criatura hambrienta palpitaba en su interior. El niño le pidió que −¡por favor!− lo dejara dormir, pues al día siguiente había que ir a trabajar. Y se quedó dormido de nuevo. Juguetona, la niña lo sacudió y le dijo:

−Ganaste la apuesta.

−¿Cuál apuesta? –dijo él entre sueños.

−¿No apostaste por mí? ¿No dijiste que me querías tanto que por mí, te irías a trabajar a los “pocitos”? ¿No es ésta la mayor prueba de amor en este pueblo?

−¿Por qué no me dejas dormir?

−Es nuestra noche de bodas.

−El sueño me dobla; déjame descansar.

El muchacho alcanzó a oír que afuera, el viento llevaba y traía el polvo, lo subía y lo bajaba, lo acariciaba y lo lamía, lo retenía y lo azotaba, sin dirección y sin destino. Por la ventana vio como unos copos de nieve empezaron a caer y el paisaje, seguramente, se volvería blanco, un blanco que con el paso de las horas se convertiría en negro, en negro color carbón.

1 (Nueva Rosita, Coahuila, 1963). Es licenciado en Lengua y Literaturas Hispánicas y maestro en Letras Españolas por la Facultad de Filosofía y Letras de la unam. Es pasante de la licenciatura en Filosofía por la misma institución. Estudió Arte Dramático en el Instituto “Andrés Soler” de la anda. Publicó el poemario Los ojos de los sueños (Arlequín, 2007), Memorias de un gasero (Consejo Editorial del Estado de Coahuila, 2009) y La paradoja de los dioses (Universidad Autónoma de Coahuila, 2011). Está en el proceso de publicar una novela La otra cara de la moneda (201/).