Cómo esconder el alma. Crítica a El hilo fantasma

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Durante la época posterior a la Segunda Guerra Mundial existe en Inglaterra un hombre que, junto a su hermana, ha construido un imperio familiar puntada a puntada. Ya no sólo es que sus vestidos sean codiciados incluso por la realeza sino que obtener una de sus creaciones es igual a poseer una obra de arte que no debe, bajo ningún concepto, ser mancillada por comportamientos ridículos: cuando las mujeres usan los vestidos de Reynols J. Woodcock dejan de importar y pasan a hacer los marcos que sostienen la pintura, los pedestales sobre los que descansa la escultura, las vitrinas que albergan la obra de arte. O, al menos, Woodcock parece pensar así pues es palpable su desinterés por el bienestar emocional de las mujeres que seduce para convertirlas en sus musas y luego, una vez expirado el encanto, desecharlas. Reynols disfruta de esconder sus emociones bajo un velo de excentricidad con el mismo placer con el que esconde mensajes en los encajes de los vestidos de confecciona, una especie de mecanismo de auto-conservación para asegurarse de que sus verdaderos sentimientos no sean lastimados. Esto hasta que una mesera llamada Alma llega para alterar su inmaculada rutina.

Imagen tomada sin fines de lucro.

El Hilo Fantasma es una de las nominadas a los premios Oscar que mejor representa el cine de autor. La historia se desarrolla con lentitud, concienzudamente, con largos planos estáticos y secuencias de díálogos igualmente pesadas porque más que una anécdota, esta película es un estudio de personajes. Aquí importa más cómo se relacionan los sujetos entre sí y con su entorno.

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Por eso mismo la trama no plantea ningún giro inesperado hasta el último tercio, cuando hemos convivido lo suficiente con Reynols, Cyril y Alma que, dicho sea de paso, forman un extraño triángulo de amor-odio, uno porque es un narcisista infantil, la otra porque solapa el comportamiento caprichoso de su hermano con tal de que el negocio familiar siga a flote y la última porque no acepta de Reynols no la quiera como ella lo desea.

Sin duda parte fundamental de que el espectador pueda entrar en la psique de los personajes son las actuaciones, un papel más que decoroso para poner fin a la carrera en cine de Daniel Day-Lewis. Además, la atmósfera en cuanto a música es envolvente y el diseño de luces juega perfectamente en favor de la trama, por ejemplo, oscureciendo los rostros de los personajes para enfatizar emociones como el enojo.

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Estamos ante un trabajo de manufactura cuidada que, no obstante, probablemente retará la paciencia del espectador menos dispuesto a invertir su tiempo en charlas sobre vestidos y dramas de cocción lenta.