De mapas e interpretaciones del mundo

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Yo tuve, en tierra adentro, una novia muy pobre:

ojos inusitados de sulfato de cobre.

Ramón López Velarde

…eppur si mouve…

Galileo Galilei

La lengua tiene palabras y expresiones que muchas veces pierden su sentido etimológico. Un curioso ejemplo es la palabra “orientar”, que posee varios significados, como “determinar la posición de algo o alguien, respecto a los puntos cardinales”, lo mismo que “informar a alguien de lo que ignora para que actúe adecuadamente” o “dirigir o encaminar a alguien hacia una actividad”, de acuerdo con el Diccionario de la Asociación de Academias de la Lengua Española (DAALE). Esto significa que se puede “orientar” a una persona, tanto para se dirija a un lugar, como para que tome una decisión. En contraparte existe la palabra “nortear”, cuyo significado es ambiguo: en México, se entiende como “estar perdido o desorientado”, según la definición del Diccionario de Mexicanismos publicado por la Academia Mexicana de la Lengua, pero el Diccionario de la Real Academia Española (DRAE) lo define como sinónimo de “orientar”. Por supuesto también existe la expresión “dar un norte”, que se interpreta como “informar con respecto a un lugar o un hecho”.

En ambos casos, “ubicarse”, tanto física y espacialmente, como para la toma de decisiones, se hace a partir de los puntos cardinales. En efecto, “nortear” es ubicarse en relación al Norte; “nortearse”, curiosamente, contrariamente a lo que se pensaría, implica “perder el Norte”, y “orientarse” es ubicarse con respecto al oriente. (En este punto, resulta curiosa, e inevitable mencionarla, una expresión como “orientación vocacional”: etimológicamente significaría “encontrar el oriente de nuestra vocación”.) Hecho innegable: “ubicarse” es una necesidad humana, tanto espacial como psicológica.

Para ubicarse espacialmente, territorialmente hablando, el ser humano desarrolló la ciencia conocida como “cartografía” (del griego chartes –mapa– y graphein –escrito), la cual se encarga de reunir y analizar medidas y datos de regiones de la Tierra, para representarlas gráficamente a diferentes escalas. Los orígenes de esta ciencia se remontan a las primeras manifestaciones pictográficas del mundo antiguo, como una pintura mural encontrada en Anatolia, cuya fecha aproximada de creación está datada en el milenio VII a.C. Sin embargo, los mapas más antiguos que se conocen, tal como los entendemos hoy en día, son unas tablillas babilónicas de hace unos 5 000 años.

La manera más simple para ubicarse a la hora de trazar un mapa, es tomar como punto de referencia al sol, basta con colocarse de frente a su salida: ése es el Oriente (también llamado Este); a la izquierda está el Norte y a la derecha el Sur; el Poniente u Oeste, se sobreentiende, se encuentra a nuestras espaldas. Acaso por esta realidad natural, física, la palabra “orientar” no presenta ninguna ambigüedad como sí lo hace la expresión “nortear”. Es por este método, relativamente sencillo, que los mapas de la Edad Media se trazaban a partir del Oriente, a diferencia de nuestros mapas contemporáneos que toman como referencia al Norte para ser diseñados.

T-O Diagramático, de una copia del Siglo XIII.

Por este motivo, en esos mapas medievales (conocidos como “Mapas T-O”) el Oriente se colocaba hacia arriba, e incluso muchos de ellos ponían a Jerusalén como centro del mundo. Evidentemente en su interpretación y configuración de dichos mapas influía el pensamiento religioso y dogmático del cristianismo, tanto el contenido en la Biblia como el que planteaban los primeros padres de la Iglesia. Sobra decir que en esta concepción de los mapas y del mundo, la Tierra era plana.

Como es sabido, los primeros en determinar la forma esférica de la Tierra fueron los griegos. Aristóteles fue el primero en medir el ángulo de inclinación con respecto al ecuador, lo que posteriormente permitió deducir la esfericidad de nuestro planeta. Posteriormente Eratóstenes de Cirene (284a.C. – 192a.C.) estableció las primeras medidas de una Tierra esférica, a partir de un elaborado juego de sombras. Lo sorprendente es que sus cálculos sólo se equivocaron en un 1.5 por ciento. De acuerdo con sus cálculos, la Tierra tendría una circunferencia de 39 375 kilómetros. Hoy se sabe que la circunferencia de nuestro planeta es de 40 075.16 kilómetros. Se debe insistir: para establecer ese valor numérico, Eratóstenes empleó los conocimientos matemáticos de su tiempo (mismos que aún se enseñan en las escuelas), su capacidad lógico-deductiva y un simple, pero elaborado, juego de sombras.

Fue en el año de 1570 cuando un cartógrafo flamenco de nombre Abraham Ortelius (1527-1598) publicó una obra titulada Theatrum Orbis Terrarum, considerado el primer atlas moderno. Su primera versión contenía 70 mapas (56 de Europa, 10 de Asia y África, y uno de cada continente), y la última versión, ampliada, corregida y publicada en 1612, alcanzó un total de 167 mapas. ¿Por qué es importante esta obra? Sencillamente porque son los mapas que se siguen empleando hasta el día de hoy, tanto por especialistas como por niños y jóvenes estudiantes. En efecto, los mapamundis que coloreamos en la escuela tienen más de 400 años.

Un aspecto interesante de este asunto es que a partir de este diseño del mundo, en una hoja de papel bidimensional, nuestro cerebro diseña su propia configuración del espacio; es decir, tiene una forma particular de “orientarse”. Esto es, por influencia de esos mapas que estudiamos en la escuela, nuestro cerebro asocia el Norte siempre hacia arriba. Aclaración necesaria: colocar el Norte hacia arriba es simplemente una convención; en otras palabras, así se acordó por los especialistas que debía enseñarse la orientación de la Tierra, a partir de la obra de Abraham Ortelius. Esto no debería extrañarnos: todos los signos que empleamos para comunicarnos –las palabras, las señales de la carretera, los números, una Rosa de los Vientos– son producto de una convención.

Mapa de Europa. Theatrum Orbis Terrarum (1572).

¿Significa esto que el Norte no está hacia arriba? La respuesta no es tan sencilla. No debemos olvidar que la Tierra es un planeta que “viaja” por un Universo que apenas conocemos, girando alrededor de una estrella, nuestro sol, que también viaja por el Universo. Nuestro sol, nuestro planeta y los demás planetas de nuestro sistema solar, viajan a una velocidad asombrosa: 217 215 kms/s. Pues bien, en ese contexto debemos entender que no existe propiamente “un arriba” o “un abajo”. Por esa razón, en la actualidad están surgiendo propuestas para reinterpretar nuestro conocimiento de este planeta que es nuestro “hogar” y que llamamos “Tierra”; algunas de las cuales tienen argumentos sólidos, mientras que otras rayan en lo “curioso” (existen otros calificativos, pero mi objetividad me impide usarlos). Un ejemplo de estas “curiosas interpretaciones” es la “Teoría de la Tierra Plana” (y no, no estoy hablando de una interpretación medieval del mundo, sino de una “teoría” con supuestos argumentos científicos y bases empíricas).

Otra teoría, propuesta o interpretación del mundo, afirma que las medidas que tienen los países y los continentes en los mapas son inexactas. Un ejemplo: en los mapamundis que conocemos, Alaska se observa más grande que México, cuando en realidad es más pequeño. ¿Por qué? La explicación que se da es que no se pueden llevar las medidas exactas de una esfera, es decir, de nuestro mundo, a un plano bidimensional, como una hoja de papel.

En este mínimo recuento de reinterpretaciones y teorías de nuestro planeta, no se puede dejar de señalar aquella otra “teoría curiosa” que afirma que la Tierra es hueca y que dentro hay otro mundo con montañas, ríos, bosques, ecosistemas y, por supuesto, una civilización semejante a la nuestra. Cualquier comentario al respecto sale sobrando.

Como puede observarse, no importa cuánto se expanda nuestra especie por la superficie terrestre, nuestro planeta seguirá asombrándonos. Vale la pena resaltar, a manera de conclusiones, los siguientes puntos:

  1. Nuestro planeta tiene una circunferencia de 40 mil kilómetros. Puede ser mucho o puede ser poco para nuestra especie, pero lo cierto es que aún estamos muy lejos de decir que la conocemos “como la palma de nuestra mano” (¿y quién realmente conoce a la perfección la palma de su mano?).
  2. El conocimiento empírico no siempre llega a ser un conocimiento válido, sobre todo cuando se obtiene mediante una incorrecta interpretación de los hechos observables. Al mirar el cielo nocturno, los estudiosos y las personas comunes veían que las estrellas giraban sobre su cabeza. Conclusión: la Tierra es el centro del Universo y todo gira alrededor de ella. Lo mismo ocurre con la moderna teoría de una Tierra Plana, así como con otras “interpretaciones curiosas”: algunas de sus premisas son válidas, pero llegan a conclusiones erróneas.
  3. En efecto, muchos de los conocimientos que poseemos nos vienen directamente de los griegos; pero también es cierto que muchos de sus errores siguen siendo vigentes aunque hayan perdido su carácter de equívocos. Un ejemplo es la palabra “Planeta”. No, no viene y no se debe confundir con la palabra “Plano” (esto es, no los llamamos “Planetas” por la creencia de una “Tierra Plana”). El significado etimológico de la palabra “Planeta” es “errante” (del griego planētē), no porque se pensara que la Tierra “viajaba” por el Universo, sino porque, a partir de la teoría geocéntrica de Ptolomeo, se creía que en torno a la Tierra giraban el Sol y los “Cinco Errantes” (es decir, los cinco “Planetas”: Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Saturno), llamados así porque, aparentemente y a simple vista, no trazaban ningún círculo alrededor de la Tierra, a diferencia del Sol.
  4. La relación entre los puntos cardinales y las nociones de “arriba-abajo” son convenciones, sobre todo en el habla coloquial y popular. Es curioso que en muchas regiones de nuestro país, se refieran al centro del pueblo como “arriba” y a las orillas como “abajo”, pero lo que resulta más peculiar es que se use cuando el pueblo no tiene ninguna pendiente.

Como colofón no se puede dejar de responder a la pregunta que todos nos hemos hecho alguna vez: ¿por qué nuestro planeta se llama Tierra, cuando es el agua la que cubre dos terceras partes de su superficie? La respuesta, para no variar, está en la cosmovisión de los griegos, sólo que en esta ocasión se mezcla con la cultura Romana. En la mitología griega, de acuerdo con el poeta Hesíodo en su libro la Teogonía, Gea es, después del Caos, el origen de todo lo existente. De su propio ser engendró a Urano (el cielo estrellado), lo mismo que a Ponto (la profundidad del mar). Tras el cruce de las culturas griega y romana, la diosa Gea fue asimilada por la divinidad latina Tellus o Terra, a veces llamada Tellus Mater o Terra Mater. De ahí que actualmente llamemos a nuestro planeta “Tierra”. Ambos vocablos permanecen hoy en día en expresiones como geografía (representación gráfica de la Tierra), geología (estudio de la Tierra) y geometría (medida de la Tierra), así como en “movimiento telúrico” (movimiento de la Tierra), entre otros.

Eón, dios de la eternidad, Tellus y cuatro niños que representan las estaciones. Mosaico romano de comienzos del siglo III. Dominio Público.