El peligro de ser inmortal | Crítica a Altered Carbon

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La apariencia como producto de consumo ha llegado a su máxima expresión. Una rinoplastia o un injerto de cabello ya no son necesarios cuando de hecho puedes cambiar totalmente el cuerpo que contiene tu consciencia, ya porque te sientas incómodo con cómo te ves, ya porque quieres vivir más de una vez. Entonces la anatomía humana pasa a ser un artículo sujeto a la oferta y la demanda. Los más ricos pueden permitirse fundas (cuerpos) a medida, incluso clones de sí mismos, mientras los pobres se quedan con las sobras, cuerpos descartados que de otra forma no serían utilizados. Aunque la muerte permanente aun existe, pues la consciencia se almacena en celdas frágiles, por lo menos ahora es opcional. Pero cuando se tiene la eternidad por delante y ya no existe el miedo a la muerte como limitante, ¿qué es realmente lo que regula nuestras acciones?

En este contexto se inscribe Altered Carbon, serie ciberpunk de Netflix basada en la novela homónima de Richard K. Morgan. La trama gira en torno a Takeshi Lev Kovacs, un guerrero de élite que es re-enfundado 250 años después de su muerte para descubrir quién intentó asesinar a Laurens Bancroft, uno de los hombres más poderosos y longevos de ese mundo.

No es difícil adivinar los puntos fuertes de este cóctel de novela negra con distopia tecnológicamente avanzada pero deshumanizadora, desnudos indiscriminados, romance y violencia a raudales.

La fotografía y el diseño de escenarios son el principal acierto porque aunque bebe demasiado de las calles de Blade Runner (y beber es un eufemismo para calcar) la ciudad se vuelve un personaje más. Los fondos están llenos de vida y siempre ocurre algo en segundo plano. Cada ciudadano de a pie tiene algo interesante que contarnos solo con mirar su aspecto. Cada esquina entraña un misterio maravilloso, una nueva teoría de a dónde irá a parar el mundo dentro de varios siglos. Cada letrero de neón chillante cuenta un pedazo de la historia de este basto metauniverso.

El segundo aspecto a destacar es la mitología que rodea esta serie es de lo más atrapante, por eso no es raro que los episodios que cuentan el pasado del protagonista resulten más interesante que la resolución del caso principal.

El pasado de Takeshi

Ciertas partes de la trama son remarcables, en especial aquellas que cuentan las atrocidades que los inmortales son capaces de hacer con tal de no aburrirse, de encontrar el sentido que sus vidas perdieron en cuanto su tiempo se volvió ilimitado. De la misma forma, apelando a su estilo de novela negra nos deja saber pistas que más adelante serán clave para la resolución de un conflicto lo que obliga al espectador a mirar con lupa antes de descartar cualquier detalle, al menos hasta la primera mitad de la temporada. En este sentido, algunos giros argumentales se vuelven refrescantes y encuentran su sentido en pistas dejadas capítulos atrás.

Por último están las coreografías de pelea. Las hay de todos los estilos: mano a mano, con armas de fuego, con katanas, en gravedad cero y hasta involucrando miembros cibernéticos. Ya los primeros diez minutos de la serie son una declaración de intenciones: Takeshi apenas se despierta con su nuevo cuerpo empieza a repartir palizas y desde entonces sabemos que no va a parar de repartir sandwinches de puños, lo que nos lleva al principal punto negativo y que hace que su interesante planteamiento se vuelva un despropósito.

El problema con Altered Carbon es que parece creer que perderá la atención del espectador si no ofrece por lo menos cada 5 minutos una escena de acción con lujo de violencia o genitales expuesto.

El metraje que ocupan en piruetas y despliegues de fuerza entorpece la trama, basta con decir que los primeros 3 capítulos la serie se antojan lentos y no porque no pasen cosas, pasan demasiadas cosas pero la mayoría de ellas tienen poca relación con la resolución del misterio principal e impiden que la trama avance. Por ejemplo, el personaje de la teniente Kristin Ortega (Martha Higareda) persigue obsesivamente al protagonista y entorpece cada una de sus acciones, si bien después descubrimos la razón de su stalkeo casi psicopático, el daño ya está hecho, ya nos hemos desesperado con cada una de sus apariciones y cuesta reconciliarse con ella.

Y hablando de personajes anti-trama, vale la pena darle mención honorífica a Vernon Elliot (Ato Essandoh), un ex-marine que cree que la funda de su hija ha sido asesinada por el mismísimo Bancroft. Takeshi “recluta” a este hombre para que le cubra las espaldas en una cena de gala de los meth (como se le conoce a la clase alta de la sociedad, una alegoría al bíblico Matusalén) y a cambio le promete ayudar a su hija. Sin embargo, Vernon no sólo no cumple su función sino que se ocupa de sus propios asuntos durante la cena mientras Takeshi está en peligro de ser sacrificado para diversión de todos los asistentes. Y así con todas las tareas que se le encargan a lo largo de los diez capítulos, porque pese a todo Takeshi decide conservarlo como aliado, volviendo su participación más bien un despropósito.

Tampoco está exenta de los vicios propios del género de acción, como los enemigos que se esperan convenientemente varios segundos antes de dar el golpe final para dar tiempo a la aparición heroica de algún aliado o la drástica disminución del poder de un enemigo de un capítulo a otro en aras de que pueda ser vencido por el bando de los buenos. Eso sin mencionar que en los capítulos finales la atención se lanza de cabeza hacia las escenas de acción, olvidándose de la tensión o la intriga y volviendo al culpable detrás de todo esto una caricatura, un malo que es demasiado plano como para que nos traguemos que en serio existe alguien que justifique sus acciones un pensamiento tan ilógico.

Si bien las actuaciones son bastante buenas y la serie es entretenida de ver cuando te dejas llevar, al final los agujeros argumentales, los personajes sin propósito y el ritmo desigual hacen que la trama de Altered Carbon, con todo y su planteamiento interesante, nos ofrezca más bien pocas y escuetas respuesta a preguntas interesante que este universo plantea como las implicaciones éticas de revivir a los muertos, el sentido de dejar descendencia cuando ya no hay necesidad de perpetuar los genes o qué es lo que regula las acciones de hombres y mujeres que ya no están atados ni a la muerte. Quizás la hipótesis más interesante que logra transmitir la serie sea la del aburrimiento como la madre de todos los males.