Cómo hacer arder un pueblo en 3 sencillos pasos. Crítica 3 Anuncios por un Crimen

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La hija de Mildred fue violada y asesinada. Hace siete meses que el caso está congelado y la policía local no parece estar muy por la labor de encontrar al culpable, al menos no hasta que la propia Mildred contrata tres espectaculares y coloca en ellos los siguientes mensajes: “Violada mientras moría”. “¿Todavía ningún arresto?”. “¿Cómo es posible, jefe Willoughby?”. Así, en 3 pasos, se sacude las artificialmente pacíficas vidas de los habitantes de un pueblo en Missouri.

Mildred está rota por dentro después la muerte de su hija, incluso hay una escena en concreto donde habla con sus pantuflas (cien por ciento real) donde podemos percibir que detrás de su brabuconería es solo una madre muy triste, pero no piensa quedarse de brazos cruzados a llorarla porque para ella el motor que la impulsa a seguir andando es el odio, mismo que la lleva a encerrarse en si misma y estar ajena al dolor de los demás. Y si al principio empatizamos con su causa, porque tiene sobradas razones para estar furiosa y porque antes las injusticias es un deber actuar, a medida que avanza la película veremos cómo poco a poco a Mildred deja de importarle quién se la hizo y empieza a buscar quién se la pague, delitos graves de vandalismo incluidos, por lo que su noble cruzada quedará opaca por sus cuestionables decisiones.

Y aunque es cierto que el mensaje principal de esta tragicomedia protagonizada por Frances “ama y señora de torcer el gesto para intimidar” McDormand y Woody Harrelson, y nominada a mejor película en los Oscar, es acerca del uso de la ira como método para enfrentar el dolor de una pérdida, de sus consecuencias y sus matices, también retrata la tendencia de nuestra sociedad conformista a preferir el olvido y la ignorancia antes que la justicia.

Cuando Mildred coloca los letreros y el escándalo se desata, el cura del pueblo, su hijo y hasta su dentista se pondrán en contra de ella por destapar un caso que la comunidad está tratando de ocultar bajo su tapete de bienvenida de falsa amabilidad sureña, justo donde también encubren los casos de racismo del departamento de policía, la violencia doméstica y la discriminación. Mildred tendrá que luchar como una forajida dado que no puede ni quiere expresar su dolor por los canales que la sociedad le impone. No mandará una enérgica queja por escrito al departamento de policía con la esperanza de que a alguien más que a ella le importe. No irá a la iglesia a orar por justicia divina. Y tampoco se va a quedar callada para no incomodar a sus insidiosos vecinos. Por eso al final de la cinta una interrogante quedará en el aire: ¿cuántas mujeres tienen que ser violadas y asesinadas para que el asunto suscite no incomodidad sino solidaridad?

Las historias paralelas también tienen lo suyo. El jefe de policía con cáncer que aunque le interesa cumplir su trabajo se siente cansado. El agente de policía con vena racista que tiene un concepto distorsionado de lo que es ser un buen hombre. A su modo, ambos resentidos pero con ideas distintas sobre cómo sobrellevar el enojo.

Una película ampliamente recomendada con una nominación a todas luces merecida.