Adiós, Lolita. Cenas y te vas.

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Cuando Papá se enteró de que ella salía con un hombre que le doblaba la edad, y aún le sobraban años, puso el grito en el cielo. Hija no era tonta, y no podía no darse cuenta de que el tipo con el que se prodigaba tan generosamente, tanto en el auto como en los moteles y hasta en el pinche departamento que presumía en la colonia Agrícola Oriental, era un viejo, casi cincuentón, mientras que ella apenas andaba patinando en los dieciocho. Papá volteó el mundo al revés; injurió, golpeó, pataleó, pero todo fue inútil. Hija permaneció incólume, como quien contempla el atardecer en la playa desde los ventanales de un hotel de lujo. No la conmovieron ni el llanto de Mamá: –¡Por Dios, hijita! ¿Qué no te das cuenta de que lo hacemos por tu bien? Ni las amenazas del Papá: –¡A este hijo de la chingada lo voy a balacear! Sólo así aprenden estos abusivos pederastas. Ella no quiso escuchar la amenaza, ni siquiera sabía qué quería decir Papá con eso de pederasta. Prefirió, para no escuchar más reproches, recordar la tarde en que lo conoció:

Qué bonitas piernas, le dijo Él, sin ningún preámbulo. Ella, allí sentada, displicente, abandonada a la tardanza del presunto novio y a la impaciencia de su mejor amiga, la Irene, quien finalmente dio la espalda y se fue, no sin antes arrojarle el típico ai te ves, se quedó en la banca por inercia. Al parecer ya no esperaba que el baboso llegara. Seguramente le habían sido más seductores los ecos de la cascarita o la Dálmata (le decían así porque era una perra bien manchada) que le había hablado al oído. Pinche zorra ofrecida. Tenía fama de bajarle el novio a cualquiera.

Qué bonitas piernas, volvió a escuchar el piropo.

Y abren todos los días. Contestó ella sin pensar en el impacto de la respuesta, y mucho menos en las consecuencias. Él se puso colorado, obvio era que nunca esperó esas palabras, como que su experiencia donjuanesca no las registró. Ella se echó a reír de una manera tan escandalosa, que no pudo quedarse en la banca. Se paró y empezó a caminar como si quisiera huir. Pero no paraba de reír. Él la alcanzó a la entrada del Metro y se emparejó poniéndole la mano delicadamente sobre el hombro.

¿Qué dijiste? Le preguntó sin convicción. Ella dubitativa:

¿Qué escuchaste? Ya no hubo respuesta. Abordaron el transporte como si estuvieran repitiendo una rutina. Él la abrazó con tanta ternura que los pasajeros pensaron que eran padre e hija. Nadie la hizo de tos, ni quiso imaginarse nada que violentara su prisa y su pereza. A partir de ese día, ella se desafanaba agresivamente de sus amigas, hasta quedarse sola. El novio, ilusionado, pensó al principio que lo hacía para estar con él, pero pronto se dio el frentazo de su vida:

Esfúmate, Raulito, alguien más verga que tú está por llegar. No lo creía, pero ella lo había dejado en un santiamén, así como no queriendo, lo había cambiado por un anciano. Sólo atinó a hacer un tímido reclamo:

Es que debemos hablar. Algo te pasa, ya no eres la misma…

Como Ella se percató de que todos los balbuceos del tal Raulito no eran sino pataleos de quien inexorablemente se está ahogando, porque los ahogados ya no dan patadas, sólo le dijo que se dieran un tiempo: –¿Te parece bien dos años? Apunta bien la fecha. Me buscas y acaso podremos hablar. Y se fue caminando como si el otro no existiera. Como esta escena se hiciera recurrente, las amigas se fueron esfumando paulatinamente y el tal Raulito también, aunque se tardó más, pues no perdía las esperanzas de recuperarla.

Papá le espetó: –Eres una puta. Ella, muy tranquila: –Aún no, pero cuando lo sea y empiece a ganar dinero, espero compartirlo con ustedes, te ayudaré con los gastos de la casa, así ya no te quejarás. –No tienes madre, le dijo para rematarla. Mamá, como para llevarle la contra, seguía lloriqueando: –¿Qué vamos a hacer? –Nada, contestó Papá, pero una cosa sí te aseguro. Voy a matar a ese hijo de la chingada. Y tú, te me largas, no quiero volver a saber de ti. Es más, desde ahorita te lo digo: no quiero que me vayas a visitar a la cárcel cuando este pinche sea cadáver. Te puedes ir como chacha, pero entiéndelo bien, donde te encuentre, te voy a andar madreando, y más si te encuentro con ese adefesio.

La noche continuó su rumbo. Ambos, Papá e Hija abandonaron la casa, pero tomaron caminos diferentes, aunque buscaban el mismo objetivo. Ella llegó pronto al departamento que Él tenía en la colonia Agrícola Oriental, sólo que en el momento en que se encontró frente a las puertas del edificio, se percató de que no tenía llaves, así que esperó a que algún vecino abriera la puerta para colarse y, después de tocar varias veces, pensó que Él no iba a abrir porque no estaba ahí. Así que se tiró en el suelo recargándose contra la pared en su improvisada maleta. Lo que Ella ignoraba, y quizás también Papá, es que Él no llegaría, andaba muy ocupado quedando bien con su exmujer, Luz Fernanda, le llamaremos así por lo pronto, aunque no le quede, o quizás sí el diminutivo, para que le diera el divorcio. Papá llegó al restaurante bar a donde le dijeron que lo podría encontrar, pero también fracasó. Se tomó cinco cervezas y tres tequilas para bajarse el coraje y, al parecer, la última copa le espetó y lo convenció de que lo hecho por su hija después de todo no era tan malo. Además, si el viejo se iba a ocupar de ella, le correspondía también la responsabilidad de mantenerla; sufragar sus gastos y pagarle la escuela. Ella terminaría de crecer con Él. Finalmente, su hija no era la primera niña que se encampanaba con un carcamal. Estaba tan sorprendido, tanto de su razonamiento como de su resignación, que intentó salir corriendo a compartirlos con su mujer, quien seguramente a esas horas seguiría llorando. Se paró de súbito, se enfundó la chamarra, asegurándose de que no se notara la pistola ni se cayera la cartera, y empezó a caminar. De pronto una mano en su hombro lo detuvo bruscamente:

¿A dónde?

Perdón, contestó incómodo. Me voy a casa.

Sí, le dijo el dueño de la mano, pero tienes que pagar, ¿a quién le quieres ver la cara?

No, a nadie. Pásame la cuenta. En lugar de la cuenta recibió un empujón que lo obligó a besar el piso del antro, luego una serie de jalones que lo llevaron a un pasillo siniestro en donde, sin ningún orden, varias manos y pies lo golpeaban de manera despiadada. En la cara y en el cuerpo recibía el castigo y ya no atinaba a cubrirse o a incorporarse. Su cuerpo se fue haciendo a los golpes y pronto se quedó inmóvil, a manera de feto, como si estuviera desmayado. Lo despojaron de la chamarra y la camisa quedó hecha trizas. Luego lo aventaron por un callejón.

Para que no te andes pasando de verga, escucho en la lejanía.

El regreso a casa se volvió tortuoso, sin pistola, sin un centavo, sin cartera y sin dignidad, olvidó todo. Tocó la puerta, pues también le robaron las llaves. Mamá abrió, y sólo dejó de llorar para preguntarle, no sin antes exclamar: –¡Dios mío! ¿Qué te pasó? Conjeturó: seguramente se encontró al tipo y me lo madreó. ¡No puede ser! Papá, parco, como acostumbraba a comportarse cuando algo le apenaba, sólo dijo: –Calienta un poco de agua, a ver si puedes curarme. En ese instante ella se percató de que encima de los golpes, las magulladuras y la sangre, el hombre resoplaba alcohol. Entonces respondió indignada: –¿O sea que, fuiste a balacear al tipo o a emborracharte con él? Papá dio un manotazo en el rostro de la reclamante y con eso bastó para apagar cualquier futuro reproche. Así que Mamá sólo se concretó a curarlo sin dejar de gimotear.

Mañana, agregó Papá, hablaremos con más calma. Mamá preguntó temerosa, por si otro manotazo se hacía presente: –¿Entonces no lo balaceaste? ¿En dónde te hicieron esto? ¿Dónde has estado? Nunca en su vida marital le había hecho tantas preguntas. Papá, como era su costumbre, no contestó. Se fue a la recámara y encendió el televisor. Pasaban una película con Van Dame y, sintió verdadera envidia de aquel hombre que, golpeando a diestra y siniestra, se deshacía de enemigos como si fueran mosquitos. Pensó difusamente que debía aprender karate y defensa personal. Pensó también en conseguir una pistola y regresar al restaurante…, pensó que sólo iría a romperles unos cuantos cristales y echarse a correr, pensó que ya le estaba vedado correr. Sólo, poco antes de dormirse, pensó en cómo debían buscar a su hija para informarle que ya la habían perdonado. Un nieto, aunque fuera hijo del viejo, no estaría mal para alegrar aquella familia tan fracturada por el hastío que provoca la rutina.

Mientras tato, Él, en un escenario no muy lejano, departía alegremente con Luz Fernanda acerca de cómo podrían alcanzar de manera civilizada una separación que no los dañara, sobre todo, que no violentara a los niños. Él le había advertido que quería rehacer su vida; tenía derecho a intentarlo, pero también se sentía responsable por ella y por los dos pequeños. Nada de culpas, sólo era un prurito de responsabilidad. Luz Fer le decía a todo que sí, mientras le ofrecía otro ron con Coca cola. Se había esmerado en la cena y hasta le compró unos puros pequeños, tipo robusto, que eran sus preferidos, para que, como en los buenos tiempos, comiera, bebiera, fumara y…, ya después verían cómo se arreglaban. El chiste es que la velada se prolongó y:

¿Por qué no te quedas? Ya es muy noche y, como está la delincuencia… Él, espoleado por el confort y las dos manzanas gigantescas que asomaban bajo la transparencia de la blusa de, ya para entonces Lucyfer, y ella tan cerca, pero sobre todo tan facilita, como hacía mucho tiempo no lo estaba, titubeó. En esos instantes, sin duda se borraron aquellas turbulentas noches en que ella, sistemáticamente, se negaba alegando cualquier cosa y Él, más caliente que una plancha, tenía que meterse al baño a hacerse un servicio precario para no morirse de las ganas. No, ahora estaba ahí, lista y dispuesta a todo. ¿A todo? ¿Por qué no probar? Ya los niños, tenía rato que habían desaparecido. Ninguna intrusión, sólo un inconveniente:

¿Sabes? Me gustaría… lo que pasa es que no vengo preparado, mira mi ropa, no tengo ni pijama, con eso de que ya no asisto aquí… La mujer incisiva ante tan resbaladiza situación:

No importa, te pones una playera mía o lo que sea.

Pero mañana, no tengo ropa para el trabajo.

La mujer aceptó que fuera a su departamento, total, no estaba muy lejos, sólo que, como cuando eran jóvenes:

Está bien, pero debes dejar una prenda, porque cómo garantizas que vas a volver. Lo único que se le ocurrió, también como en los buenos tiempos, fue darle la cartera. Antes lo hacía para que fuera Ella quien se encargara de los pagos, incluso, en no pocas ocasiones, sólo lo requería para que firmara la tarjeta.

Aquí está, con el dinero y las tarjetas. Si no regreso, puedes gastar el efectivo y ordeñar los cajeros. Ella le entregó esa sonrisa de quienes tienen la certeza de haber triunfado. Sin embargo: –No es necesario que dejes esto. Te creo…, mientras se le abrazaba ansiosa, quizás para que viera lo que se perdería si no volvía. Él cerró la puerta con la convicción de que esa noche disfrutaría a su exmujer como en tanto tiempo no la había hecho.

En el depa de la Agrícola Oriental, Hija esperaba recostada con la ilusión de que Él no tardaría. Había marcado insistente al cel, pero siempre la mandó al buzón. Desalentada, pero no vencida, sacó sus audífonos, según eso, para escuchar un poco de música, mientras que, a la pálida luz de una lámpara de pasillo, pretendía leer una revista de moda. La lectura se frustró, al parecer esa noche todo se frustraría. El cable de los audífonos se rompió y más que rápido se agotó la batería del cel. Al abrir la revista se percató que sólo era un abono más a su aburrimiento, así que se quedó dormida. Sin embargo, la dureza del piso y el viento de pasillo no le retribuyeron una buena siesta y, no obstante, se empeñó en soñar. El departamento era amplio, más que su pequeña recámara. Ella podría asearlo y hasta aprender a cocinar cuando a Él se le pasaran los hervores de andar pagando restaurantes. Además, tenía que aprender a cuidarle su dinero, quien quita y con el tiempo podrían cambiar de auto y ella se quedaría con el vochito, terminaría el bachillerato bajo la férula del esposo/tutor y hasta haría una carrera profesional. La ilusión de que aquello tendría duración la ganó. Sus padres la perdonarían cuando supieran que aun sin estar embarazada, se casarían, para que ellos se sintieran satisfechos y accedieran ¿por qué no?, en el futuro, a cuidar un nieto ¿o nieta? No lo sabía. Si era hombre le pondrían Francisco, como el papá de Él, pero si era niña, Regina, este era un nombre que siempre había soñado, aunque ahora hasta las sirvientas le ponían ese nombre a sus hijas. Efectivamente, ahora estaba soñando, lo supo cuando sintió en la cadera un leve golpe de zapato y luego un jalón:

¿Qué haces aquí? Preguntó Él a mansalva.

¿Yo? Ya me corrieron de la casa me dijo mi Papá que no podía seguir contigo. Nos peleamos muy feo y decidí venirme a vivir aquí.

Él se percató de que, a pesar de que era de madrugada, estaban dando espectáculo. Abrió la puerta, sin que le quedara claro si estaba haciendo lo correcto. Ella, apenas cerraron, se le abrazó y empezó a lloriquear sin mucha convicción; le dijo que su Papá no la bajaba de puta y que ni siquiera había comido. Le enganchó nuevamente su decisión de quedarse a vivir con Él y lo feliz que serían en aquel nidito de amor (así lo dijo, quien escribe no tiene la culpa de que sea un lugar común). Él ya no la escuchaba, la apartó suave, pero con firmeza, de sus brazos y la sentó. Sacó un poco de jamón, queso y un refresco del refrigerador, puso un pan Bimbo sobre la mesa, un cuchillo y la mayonesa y se fue a hacer una pequeña maleta, no sin escuchar el indescifrable y plañidero discurso de Ella que, anegada la cara, no atinaba si indignarse, ponerse más sentimental o seductora, prepararse un emparedado o preguntar en dónde estaban los chiles. De alguna manera ella creyó que él iba al baño, trató de interrogar si le preparaba uno a Él, pero el audio se perdía entre el ruido de los pocos autos que pasaban abajo y el que hacía Él, sacando un poco de ropa, cepillo de dientes, otros zapatos y una pastilla, no para dormir, sino para reforzar su sexualidad. De cualquier manera, Ella puso sobre una charola dos sándwiches, humedecidos por el llanto, pues a cada instante interrumpía la tarea para arrancarse las lágrimas con las manos. Sin embargo, toda esa tranquilidad generada por el lloriqueo se violentó de manera abrupta cuando lo vio salir con una maleta y un portatrajes al hombro. Dejó la faena de los preparativos y abrió los ojos de manera desorbitada, al momento que limpiaba, ahora sí con un trapo de cocina, sus anegados ojos:

¿A poco vas a salir?

Sí, mira, tengo una reunión importante en Oaxtepec y me están esperando. Es de trabajo, pero como sesionan a las nueve nos vamos ahorita en el carro.

Quiero ir contigo, no me puedo quedar aquí sola.

No, no te quedarás aquí. Termina de cenar y te vas, ai luego te llamo. Esto lo escuchó Ella, ahora sí dándose cuenta cabal de que Él no había puesto atención, ni en sus palabras, ni en sus lloriqueos, y, por lo mismo, no estaba enterado de nada. Así que inició una nueva pataleta que Él ya no presenció, pues cuando arrojaba los primeros objetos de la mesa, incluso los recién preparados sándwiches, al piso, escuchó el portazo, que fue como un colofón de ese infortunado encuentro.

En realidad, la historia hubiera terminado así, sin embargo, como seguimos asistiendo a la rebelión de los personajes, como ya lo había experimentado Don Miguel de Unamuno en su célebre Niebla. Esto quiere decir, que los personajes ya no son los “de antes” ahora adquieren personalidad propia y quieren alcanzar destinos que el autor no había dibujado para ellos. Por eso se explica que Lolita, que así se llamaba Ella, lo cual no es muy original, pero tiene validez, no se haya conformado con ese final.

Cuando Él hubo salido, a pesar de tanto ruego para que la llevara, Ella sin un plan b, pues estaba segura de que Él la esperaba con los brazos abiertos, recogió lo que quedaba de los sándwiches, cenó como no queriendo la cosa, luego se echó a dormir y al día siguiente muy temprano se fue a la casa, que apenas la noche anterior había abandonado. Resulta obvio aclarar que ni Padre ni Madre la esperaban, como también lo es que no pudieron disimular su desencanto al ver entrar a la muchacha, pues ilusamente pensaban que la del día anterior era la última escena que iban a vivir con ella. ¡Qué equivocados estaban!

¿Qué haces aquí? Preguntó Papá. Te dije que no quería volver a verte (para disimular). Mamá, gimoteando sin disimular:

Ai hijita, no sabes cómo nos tienes ¿Por qué nos haces esto?

Ella, como no queriendo acordarse de la noche anterior, preguntó si podía quedarse a dormir, luego platicarían. Ellos aceptaron, en apariencia conformes, pero apenas entrada la noche le exigieron que hablara claro. Ella les explicó, aunque no muy convencida, que ya había terminado con el tal profesor, prometió que no volvería a meterse con alguien mayor de edad y agregó: menos si es casado. Ellos no le creyeron, pero la aceptaron, aunque no de muy buen grado, paladeaban ya ese extraño misterio que constituye el hecho de convertirse en abuelos. Sin embargo, apenas quedaron solos Padre y Madre, Él juro vengarse, nadie iba a utilizar así como así a su hija y luego aventarla como si fuera un objeto. Le presumió a Madre que, apenas se recuperara de los golpes, iba a madrear al pinche pederasta (así lo dijo). Como Madre creyó que sólo era una valentonada, de esas tan frecuentes en su marido, no objetó nada, además estaba muy contenta de haber recuperado a su hija, y para ella eso del honor y de que sólo la hubiera usado el profesor, eran ganas de su marido de hacerse la vida pesada y de contagiarla. Lo que no sabía es que su marido estaba verdaderamente indignado, mas no por lo que afirmaba, su verdadero coraje se cifraba en que él ya sentía que se había liberado de aquella hija tan inaprehensible y chiclosa, y que, además, sacaba provecho de esa unión, sin descontar que Ella agregó, en otra sintonía que, por lo demás, no se preocuparan, pues no estaba embarazada. En ese momento fue quizá la única vez en su vida marital que Papá y Mamá coincidieron, pues ambos preguntaron casi al unísono:

¡Que qué!

Ella, muy tranquila les explicó que eso de la suspensión de la regla fue una idea que se le ocurrió para que el profe la llevara al matrimonio, pero que no estaba loca, no iba a desear que aquel viejo fuera el padre de su hijo, cuando fácilmente podría ser su abuelo. Bueno, en síntesis, toda esta información cayó en los padres como una verdadera frustración. Así que Papá sólo se aguantó una semana y fue a conseguir una pistola. Ahora se cercioró de que funcionara y, con el arma en la cintura, para más seguridad, se dirigió al restaurante bar que el profesor frecuentaba. Lo vio tan quitado de la pena bebiendo. Papá no lo sabía, pero el profesor estaba celebrando el reencuentro con su exesposa. Aquel hombre estaba tan entusiasmado y feliz, tan ajeno a la desgracia que estaba viviendo la familia de Papá, que se le hizo poca cosa tirotearlo ahí sobre la barra, además en esos pocos días en que convalecía su frustración, lo había soñado de rodillas mirando el cañón de la pistola y rogándole que no lo matara. Así que esperó pacientemente, al fin que la cerveza te da citas frecuentes con el baño, y cuando lo encontró orinando, pegada la cabeza a la pared, como todo borracho que se respete, le escupió ocho palabras y dos tiros por la espalda:

Así te quería agarrar, hijo de la chingada. El hombre, que estaba vaciando la cerveza en el mingitorio, sólo alcanzó a pedir que le permitiera terminar de orinar, pero Padre estaba tan furibundo que le sonrrajó los dos balazos en la cabeza. El profesor se volteó instintivamente, ya semimuerto y alcanzó a rociarlo de orines, por lo que Papá le soltó, ahora más encorajinado, otro balazo en el pecho.

Lolita, siempre contraviniendo las órdenes de Papá, lo visitaría religiosamente cada semana, sólo para lavar su culpa con los improperios que Papá esgrimía mientras devoraba la comida que mandaba Mamá, que en nada se comparaba con la bazofia que le daban en el reclusorio.

Culhuacán, agosto, 2017.

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1 Este cuento pertenece al libro titulado Incipit, que se publicara próximamente.