El demonio llorón y la naturaleza humana

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Akira llora. Llora por todos y por todo. Llora por las desgracias ajenas aun cuando no tienen nada que ver con él. Llora incluso cuando otros no pueden hacerlo. Pero nunca llora por sí mismo. A pesar de que no ve a sus padres hace más de 10 años, de que no es bueno en la escuela ni en los deportes ni tiene una vida personal satisfactoria, Akira no siente auto-compasión. Más bien afronta las situaciones con optimismo. Y como es un sujeto empático y bonachón, no se puede negar cuando Ryo, su amigo de la infancia, le pide ayuda. Así acaba involucrado en una guerra entre la humanidad y los demonios, convirtiéndose él mismo en Devilman, el demonio con corazón de humano.

Akira siendo devorado. Imagen tomada sin fines de lucro.

El anime, producción original de Netflix y re-adaptación de un manga y anime muy popular, no es para personas sensibles, en especial los dos primeros episodios que son sumamente frenéticos, tan frenéticos como los cuadros por segundo lo permiten, y exigen del espectador estómago y criterio para soportarlos. Luces estereoscópicas se fusionan con dibujos distorsionados, tomas en ojo de pez y música sórdida, en cortes de escena rápidos, uno tras otro, como para no permitir al espectador tiempo de reacción. Son, a fin de cuentas, los capítulos que presentan la trama, los escenarios y a los personajes para su posterior desarrollo en los siguientes 8, cuya velocidad disminuye considerablemente. Es una introducción ágil que atrapa la atención de quien la mira y que, incluso, hará que más de uno aparte la vista porque no escatima en escenas de sangre y sexo explícitas, como amerita toda historia de demonios que se respete.

Pero no nos dejemos engañar. Devilman Crybaby no va de gore y desnudos, aunque de ambas cosas tiene a raudales. Debajo del maquillaje efectista y el bacanal de desmembramientos este anime aborda unas de las preguntas más importantes desde que el hombre tomó consciencia de sí mismo: ¿qué nos hace humanos?

Y es que el animé es una sucesión de situaciones extremas que ponen apruebas las convicciones de los personajes, tanto humanos como demonios. La existencia de demonios como personificación del mal en la Tierra desatará lo peor de los propios humanos, tanto cuando los poseen como por el terror que les infunden, orillándolos a hacer cosas realmente cuestionables, por lo que a partir de la segunda mitad de la serie ya es imposible saber cuál de los dos bandos es realmente el villano de esta historia.

En este fuego cruzado se inserta Akira, nuestro protagonista. La cuestión es que nadie representa la ambivalencia del ser humano tan bien como él.

Akira pagando las compras.

Akira, en su cuerpo de demonio, encarna muchos de los pecados capitales según las creencias judeocristianas: la soberbia cuando usa sus poderes contra los raperos del barrio, la gula cuando no para de comer todo el día, la lujuria en ocasiones incontrolable que termina en eyaculaciones que salpican el techo (literalmente) y, sobre todo, la violencia. Podríamos pensar que sus acciones se encuentran más en el campo semántico de un villano que en el de un héroe. Sin embargo, también es capaz de llorar, de amar, de sentir esperanza, miedo y compasión. E incluso cuando es el demonio más poderoso de todos, no se atreve a asesinar humanos. Akira entonces representa dos lados de una misma moneda. Recuerda a la alegoría del lobo malo y el lobo bueno que todos tenemos dentro y la pugna entre ambos por conquistarnos dependiendo de a cuál alimentemos más.

Una propuesta refrescante con una animación de calidad y estilo de dibujo que recuerda a los trazos ágiles y desenfadados de las producciones del estudio Trigger como Kill la Kill y Tengen Toppa Gurren-Lagann. Y, sobre todo, una serie plagada de metalenguaje y de referencias religiosas, aquí las imágenes dicen tanto o más que las palabras, que nos hará cuestionarnos nuestra condición humana. Porque si los demonios pueden llorar y los humanos matar, ¿qué nos hace diferentes?