El fin del maldito mundo

0
903

Guerra nuclear, invasión extraterrestre o Armagedón bíblico, ninguna de estas son las causas del fin del mundo. El verdadero motivo por el que el mundo se va al carajo tiene que ver con un psicópata auto-diagnosticado de nombre James y su igualmente inestable interés romántico-victimario Alyssa, ambos montados en un viaje de carretera lleno de delitos graves, auto-descubrimiento y humor negro.

The End of the Fucking World es la nueva apuesta de Netflix en su intento por emular el éxito millennial de 13 Reasons Why, solo que esta vez no va de las víctimas sino de los victimarios. La serie es la adaptación de la novela gráfica homónima del autor Charles S. Forsman que nos narra la historia de dos adolescentes inadaptados y el cómo acaban huyendo de la policía en un viaje de carretera al más puro estilo de Bonnie and Clyde o de Asesinos por Naturaleza. Y ya está. Una premisa simple porque lo que aquí importa son los temas que tocan tras las descabelladas situaciones y el cómo los tocan.

Dejemos algo claro: el tono de esta serie de 8 capítulos es adolescente de principio a fin, con todo lo que eso conlleva.

Aunque empieza planteándonos la posibilidad de que James termine asesinando a su amiga en un bosque llevado por impulsos homicidas (al punto en que fantasea con matarla) en lo que pudo ser una interesante introspección a la mente de un muchacho trastornado, rápidamente descubrimos que la trama se va por otros derroteros. Más bien toma el camino donde chica es lo que chico necesitaba para aliviar en cierta medida sus carencias emocionales y viceversa. Quizás peca de simplista a la hora de hablar de los padecimientos mentales porque pareciera que el poder del amor es lo que lleva a la maduración de nuestros protagonistas, con lo que en este aspecto no esperemos la comida negra del año ni el contenido más irreverente de Netflix. De hecho, a la hora de abordar los temas fuertes se queda tibia, como el suicido de un ser querido, los ideales de masculinidad tóxica donde un hombre no puede hablar de sus sentimientos ni de los sentimientos de otros (el policía preguntándole a James si prefiere hablar con una mujer cuando éste le cuenta sobre su madre), la homofobia velada (el padre de James sintiéndose “aliviado” de que llevara una chica a casa) y, bueno, la romantización de las relaciones dañinas. Así que no, esta serie no es ni de cerca tan polémica como su título parece sugerir.

Lo que sí hace bien es poner sobre la mesa el debate acerca de los jóvenes delincuentes. ¿Deben ser juzgados como adultos cuando cometen actos delictivos que van más allá de la inmadurez? ¿Cuánto es culpa del entorno en el que viven y cuánto es culpa de ellos mismos? Porque la serie no tiene miedo en mostrarnos que si bien ambos protagonistas vienen de entornos problemáticos a su modo, también es cierto que tanto James como Alyssa han cavado su propia tumba, el uno negándose a enfrentar sus propias emociones y la otra dejándose llevar por sus arrebatos violentos y desagradables.

Con todo, es una serie con un ritmo constante que rememora las grandes películas de fugitivos con sus estética vintage, su acompañamiento musical y su mundo analógico (auto viejo, sin celulares, haciendo llamadas telefónicas en cabinas públicas de carreteras olvidadas) porque plásticamente se convierte en un deleite y homenaje a la cinematografía. Las actuaciones se sienten naturales y los personajes resultan todo lo chocantes que tienen que ser al principio para plantear el hecho de que no son modelos a seguir y todo lo empáticos que deben ser al final para que comprendamos que el viaje también fue interno. Es entretenida y se agradece que al final del día el humor no sea burdo.

Recomendada, totalmente. El cañonazo del año, dificilmente.