La acausalidad de la coincidencia: la teoría de la sincronicidad

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Tengo la tristeza de decir que estoy en presencia de uno de los más grandes

desastres que he visto en la historia de la ciudad de México desde que nací en ella.

Jacobo Zabludovsky. Narración en vivo para la XEW.

Era un 19 de septiembre de 1985, a las 7:19, hora del centro, cuando la tierra sacudió la Ciudad de México. Decir que “sacudió” es un eufemismo: la magnitud, de 8.1 en la escala de Richter, provocó tal cantidad de daños materiales y pérdida de vidas humanas, que nunca se dieron cifras exactas y todo quedó en meros cálculos: entre 6 mil y 20 mil muertos, daños por 8 mil millones de dólares, 250 mil personas que sufrieron pérdidas totales y 900 mil desalojados. Era un 19 de septiembre. Era jueves.

Muchos edificios emblemáticos de aquella ciudad colapsaron: el Hospital Juárez, el Hospital General de México, el edificio Nuevo León en Tlatelolco, el Hotel Regis, el Hotel del Prado, ente otros. A partir de entonces, cada 19 de septiembre se realizarían una conmemoración oficial y un simulacro, con la finalidad de recordar no sólo a los muertos, sino también la fragilidad de la vida en una ciudad inestable, por haber sido construida en terrenos de lo que antes fuera el gran Lago de Texcoco. Cada 19 de septiembre la gente en las oficinas, en las empresas, en las escuelas, salía de su trabajo o lugar de estudio, al principio, en medio de un silencio ritual. Conforme fue llegando el olvido y la indiferencia, el acto solemne se convirtió en juego y momento de distracción, sobre todo para estudiantes de nivel básico, para quienes el temblor de 1985 era sólo un dato en los libros de historia.

Dice el poeta José Emilio Pacheco en uno de sus poemas más conocidos, “Las ruinas de México (Elegía del retorno)”:

 

De adentro viene el golpe,

la cabalgata sombría,

la estampida de lo invisible, explosión

de lo que se supone inmóvil

y bulle siempre.

 

Era un 19 de septiembre. Alrededor de las 11 de la mañana se realizó el simulacro acostumbrado en medio de un tiempo, de una esencia, de un país, una ciudad que suponíamos “inmóviles”. Después de media hora, la vida regresaba a su cauce, su fluir habitual. Sin embargo, un par de horas más tarde “bullía” esa inmovilidad, se resquebrajaba el ritmo de la cotidianidad. Nuevamente Pacheco:

 

Así de pronto lo más firme se quiebra,

se tornan movedizos concreto y hierro,

el asfalto se rasga, se desploman

la vida y la ciudad. Triunfa el planeta

contra el designio de sus invasores.

 

Lo que capturó Pacheco en palabras, lo que sólo quedó en una memoria imborrable de los testigos que vieron cómo se colapsaron edificios en aquel lejano 1985, todos pudimos contemplarlo, en medio del asombro, gracias a las redes sociales. Y, en efecto, lo más firme se quebró y se desplomaron la vida y la ciudad; pero no sólo en el centro del país, sino en varias partes de la república: Morelos, Puebla, Tlaxcala, Estado de México; territorios y rumbos que nunca creímos que sufrirían un movimiento de tierra: el sur de la Ciudad, Cuernavaca, Texcoco. Un par de semanas atrás, el 7 de septiembre, la tierra nos había puesto a prueba en la carne de nuestros hermanos de Oaxaca, en Juchitán. La gente también se unió en aquella ocasión, sólo que nos parecía tan distante el evento que, inmediatamente, a la lejanía espacial se le sumó la lejanía emocional: memes, imágenes de indiferencia y burla –aclaro: no de la tragedia, sino del sismo–  comenzaron a aparecer (“Fue más alto el sismo que mi promedio”, “Saquen los bolillos pa’l susto”, decían las más difundidas). Pero como en un acto de absurdo protagonismo, nuevamente el 19 de septiembre colapsó el país. Era 19 de septiembre. Era martes. Eran las 13:14 horas, tiempo del centro del país. Los cálculos de daños materiales, de fallecidos y de gente afectada aún no se saben con certeza. Más que nunca, la gente se unió y por un momento incluso parecía olvidarse la tragedia en Oaxaca. Como ejemplo de que en México aún tenemos una suerte de cultura centralista (una que afirma: “todo lo verdaderamente importante ocurre en el centro”), incluso el mundo de la virtualidad pedía respeto: “Favor de no hacer memes sobre el temblor. Respeta el dolor”, decía el más difundido. Insisto: era el 19 de septiembre, esta vez de 2017.

Las preguntas se hicieron inevitables: ¿por qué nuevamente el 19 de septiembre?, ¿fue una simple casualidad? Principalmente, la duda derivada de las preguntas anteriores, misma que origina esta nota, es: ¿realmente existe la casualidad? La respuesta, según una teoría que vincula psicología y mecánica cuántica es que no, no existen las casualidades en eventos de este tipo. Lo que existe es una sincronicidad.

Dejo por el momento a un lado la tragedia y paso al tema de ciencia de esta entrega.

La teoría de la sincronicidad fue planteada por el psicólogo suizo Carl Gustav Jung (discípulo de Sigmund Freud), luego de un evento que llamó poderosamente su atención. De acuerdo con el propio testimonio de Jung, mientras trataba a una mujer a la que calificó como “demasiado racional”, ésta le comentaba al psicólogo que la noche anterior había soñado que le regalaban un escarabajo de oro. Mientras la mujer relataba su sueño con lujo de detalles, particularmente en lo relativo al escarabajo, Jung escuchó que golpeaban su ventana.

 

Me di media vuelta y vi fuera un insecto volador que

chocaba contra la ventana. Abrí la ventana y lo cacé

al vuelo. Era la analogía más próxima a un escarabajo

de oro [ ] que al parecer, en contra de sus costumbres

habituales, se vio en la necesidad de entrar en una

habitación oscura precisamente en ese momento.

Tengo que decir que no me había ocurrido nada

semejante ni antes ni después de aquello, y que el

sueño de aquella paciente sigue siendo un caso único

en mi experiencia.

 

Así recordaría Jung aquella experiencia en el documento “Sincronicidad como principio de conexiones acausales”, publicado en Interpretación de la naturaleza y de la psique, libro de 1952. ¿Qué es entonces la “sincronicidad”? ¿Qué, exactamente, la “acausalidad”? En ese documento, Jung define la sincronicidad como “la simultaneidad de dos sucesos vinculados por el sentido, pero de manera acausal”, como una “coincidencia temporal de dos o más eventos relacionados entre sí de una manera no causal, cuyo contenido significativo sea igual o similar”. La diferencia entre “sincronicidad” y “sincronismo”, aclara Jung, es que este último constituye una “mera simultaneidad de dos sucesos”; es decir, en el “sincronismo” hay una ausencia de sentido, que es la base de la sincronicidad. ¿En dónde se encuentra ese sentido? Responde Jung: en el individuo. Entiéndase: Jung, tras muchos años de estudio e investigación, concluyó que existe una conexión que no es únicamente física y material (en el más elemental de los sentidos de ambos términos) entre el individuo y su entorno; tan fuerte puede ser esta conexión que en determinados momentos se pueden llegar a generar circunstancias coincidentes, con un valor específico y simbólico para las personas que la viven. Los individuos “muy racionales” emplean el término “casualidad” para describir estos eventos, pero se trata, es necesario insistir, de dos o más sucesos vinculados por el sentido, pero de manera acausal.

Imaginemos lo siguiente: un día, sin ningún motivo aparente, mientras estamos sentados comiendo, viendo televisión o leyendo un libro, nos levantamos para ir a ver qué pasa afuera (al menos eso pensamos). En el momento justo en que abrimos la puerta, damos de frente con una persona que tiene la mano en alto, con la intención de tocar. Inmediatamente viene a nuestra mente el concepto de “casualidad”. Pues bien, para la teoría de la sincronicidad no existe la “casualidad”, sino que estamos ante un evento de dos sucesos vinculados. Supongamos, ampliando el ejemplo, que esa persona con la que damos de frente es alguien en quien hemos estado pensando en días pasados o alguien con quien, incluso, llegamos a soñar. Esta relación “pensar en/ soñar con una persona – toparla de frente en el momento en que va a tocar la puerta” (o bien puede ser que la encontremos mientras caminamos por la calle), es una sincronicidad no sólo porque hay una coincidencia temporal de dos eventos, sino porque adquiere sentido a partir de una relación emocional que no puede ser calificada como una relación “causa-efecto”: no resulta lógico establecer que extrañar o soñar a alguien es una “causa” para encontrarla. La situación cambia si la persona con la que damos de frente se trata de un vendedor ambulante y no hemos recordado a alguien en particular en días pasados. En este caso hay que pensar en términos de probabilidad y estadística. Si existe una sola posibilidad de que se presente la coincidencia de eventos (insisto: dentro de los límites de la probabilidad y la estadística; o sea la clásica frase “uno en un millón”), entonces dicha coincidencia debe ser considerada “causal”; esto es, existe una relación “causa-efecto” aunque nosotros no podamos verla.

Derivada de sus investigaciones, Jung llegó a la conclusión de que el factor emocional resulta ser altamente significativo. A partir de lo emocional, nuestra psique se configura para interpretar el mundo objetivo, pudiendo llegar a afectarlo o interpretarlo de modos que aún no entiende la ciencia cognitiva, y que se encuentran fuera de la relación lógica-consciencia (lo más cercano sería el concepto de “intuición”). De hecho, explica, existen tres categorías de sincronicidad: en la primera se presenta la coincidencia entre un contenido mental (pensamiento, sueño, imagen) y un acontecimiento externo; la segunda es la coincidencia entre una visión interna y algo que ocurre lejos de quien tiene la visión (soñar, visualizar un accidente o la muerte de una persona, que sucede en la realidad); la tercera consiste en tener la visión de algo que posteriormente ocurre en el futuro. Conviene señalar en este punto que aunque se habla a nivel individual (la mujer que es paciente de Jung, el hipotético caso de la persona que se levanta a abrir la puerta), la sincronicidad ocurre también a niveles sociales y se manifiesta mediante arquetipos; esto es, imágenes afectivas de carácter colectivo (un ejemplo de imagen arquetípica es el diablo: una fi gura construida social y culturalmente, en la que las personas colocan cargas afectivas, emocionales y morales como el temor, la maldad, la perversidad, etc.).

De todo lo expresado hasta aquí podría pensarse que se trata de una exposición sobre un sistema de creencias, digamos una religión, en lugar de una teoría científica. De hecho, el propio Jung, para ejemplificar, para sostener su teoría, recurrió a las filosofías y a las religiones tanto orientales como esotéricas: budismo, misticismo, alquimia, entre otras. Con la finalidad de despejar la idea de que este artículo expone un sistema de creencias, de darle un corte más teórico, es necesario señalar lo siguiente: para articular su teoría de un modo más científico, Jung estuvo acompañado “intelectual, académica y científicamente” por Wolfgang Pauli, un Premio Nobel de Física y uno de los padres de la mecánica cuántica moderna. Así que la teoría de la sincronicidad es, por tanto, un concepto en el que confluyen planteamientos de la física y la psicología (en otra entrega hablaré de la relación entre la psique, la materia y el tiempo). ¿De qué manera se relaciona la teoría de la sincronicidad con la mecánica cuántica? Aunque la respuesta amerita un desarrollo más extenso, baste con señalar por el momento que, bajo la mirada de la teoría de Jung, el Universo es visto como un gran organismo en el que cada elemento que lo compone se encuentra intrínsecamente relacionado, y cada uno de esos elementos es, al mismo tiempo, un reflejo del Universo. El individuo es entonces considerado un microcosmos que refleja la dinámica del macrocosmos, es decir del Universo entero.

Bajo el enfoque de la mecánica cuántica, los elementos que componen al ser humano son los mismos que se encuentran presentes en el Universo y han existido desde el comienzo del tiempo. Literalmente somos polvo de estrellas. Así que es lógico suponer que, en términos de materia, estamos conectados con el Universo. Si a lo anterior agregamos que la base de nuestros pensamientos, de nuestra consciencia, es de naturaleza física, la relación entre psique y materia queda de manifiesto: dado que nuestros pensamientos y nuestra consciencia ocurren en nuestro cerebro; dado que nuestro cerebro tiene una naturaleza física; dado que, bajo el enfoque de la mecánica cuántica, todos los elementos del Universo se encuentran conectados de algún modo (“el leve batir de alas de una mariposa puede desencadenar un huracán en otra parte del mundo”), es factible suponer que nuestra naturaleza psíquica puede influir de algún modo en la realidad objetiva. Sólo que esta forma de interacción con esa realidad no podría ser comprendida, asimilada por nuestro esquema de pensamiento “causal”, en donde un acontecimiento debe ser comprendido a partir de sus orígenes o causas, con la finalidad de construir modelos y abstracciones (una “teoría general de todo”) basados en generalidades estadísticas que permitan controlar y predecir acontecimientos. ¿Por qué, si suena lógico, resulta difícil de asimilar? Porque, como se vio en una entrega anterior, las leyes naturales son verdades estadísticas, absolutamente válidas ante magnitudes macrofísicas, pero no microfísicas; ese universo de las partículas subatómicas y sus leyes no pueden ser medidos con los mismos criterios con que la ciencia mide el mundo visible, el mundo a gran escala.

El último aspecto que debe ser considerado es el tiempo. Lo dicho hasta este punto sólo toca el aspecto material; lo relativo al tiempo es motivo de una breve exposición basada en las comparaciones y contrastes entre el llamado pensamiento racional y la teoría de la sincronicidad. Como es sabido, para el sentido común, el tiempo es un continuum de tipo lineal. Esto es, el tiempo corre en línea recta. Sin embargo, la teoría de la sincronicidad influenciada, como ya se dijo, por el pensamiento oriental, establece que la percepción de tiempo lineal es el resultado de nuestra percepción del mundo, de la realidad a gran escala, pero que los diferentes ciclos y ritmos presentes en la naturaleza son expresión de un principio unificador subyacente a esa realidad. En este sentido, el tiempo no corre lineal sino circularmente, a la manera de una espiral o como la concha de un caracol. Así, se ha considerado que el tiempo es una expresión de los ciclos eternos de nacimiento, muerte y regeneración, mismos que están presentes en la naturaleza, en la historia de los pueblos y en los individuos. Los físicos precursores de la mecánica cuántica, hacia 1920, comenzaron a notar las semejanzas entre sus teorías y los modelos y concepciones del misticismo oriental. El mismo Albert Einstein lo notó y mantuvo una correspondencia con Jung, en la que, entre otras cosas, abordaban el tema de la teoría de la sincronicidad y la relacionaban con la teoría de la relatividad y la mecánica cuántica (un resultado indirecto de esto es la teoría del “Big crunch”, tema del que se hablará en otra entrega).

Al tomar en cuenta todo lo anterior, resulta difícil no hacer un análisis de la coincidencia ocurrida el pasado 19 de septiembre. En efecto, los acontecimientos no se sincronizaron en el tiempo, pero esto es sólo cierto bajo el enfoque de un tiempo lineal. La sincronicidad ocurre en un tiempo cíclico; no físico, sino cultural-social-emocional. Para algunos, el 19 de septiembre era una fecha en que salían a hacer un simulacro en medio de risas y burlas; para otros, era una fecha en que recordaban a sus seres queridos que murieron ese otro 19 de septiembre; para nuestro país en general, era un día en que se recordaba lo frágil de la esencia humana ante los embates de la naturaleza. Visto desde una perspectiva antropológica, era una suerte de ritual moderno que estaba perdiendo su carácter solemne. El origen de ese ritual fue aquel 19 de septiembre de 1985. La re-creación de ese ritual, este 19 de septiembre de 2017, no sólo re-vivió simbólicamente el episodio, sino que lo re-vivió literalmente. Eran las 13:14 (un simbolismo más: un par de números continuos). Se movió la tierra porque algo tenía que moverse. “El mundo se estremeció en fragor de muerte”, al decir de José Emilio Pacheco. Se movió la tierra porque algo tenía que moverse; después nos movimos como sociedad, como hermanos en la tragedia. El 7 de septiembre bien pudo ser un aviso. “El 19 de septiembre se movió la tierra porque algo tenía que moverse ”. Al llegar a este punto veo que caigo en una contradicción producto del pensamiento racional porque estoy estableciendo una relación “causa-efecto”, cuando no hay, pareciera no haber un “porqué”; pareciera no haber una causa (lo que equivaldría a considerarlo una co-incidencia “acausal”), pero eso podrían establecerlo los que conocen los grandes números de la probabilidad y la estadística. Lo que hay por el momento es una posible sincronicidad: “la simultaneidad de dos sucesos vinculados por el sentido, pero de manera acausal”. ¿Cuál es el sentido de algo así: una coincidencia en fechas, de sismos que sacudieron el centro del país, dejando daños materiales, gente sin nada, muerte y desolación? Es difícil determinar la respuesta, el sentido de esta sincronicidad, sobre todo porque es de naturaleza colectiva. Sólo se puede tener presente, de acuerdo con Jung, que una experiencia sincrónica aparece en momentos inesperados, pero siempre en el momento exacto, con la finalidad de cambiar o ajustar el curso de nuestras vidas e influyendo en nuestros pensamientos.

No existe la casualidad ni en la vida diaria

Una frase que siempre me ha llamado la atención es “de casualidad”. De entrada, lo correcto sería “por casualidad”, pero aun así, la mayoría de las veces que se usa, se está diciendo una especie de sinsentido: “¿por casualidad tendrá una pluma que me preste?” Pongámonos serios: si traigo una pluma no es “por casualidad” que haya llegado a mi bolsillo, sino porque yo decidí ponerla ahí. En efecto, se trata de una fórmula de cortesía, una expresión coloquial que no significa lo que dice. Un ejemplo donde se estaría usando adecuadamente es cuando alguien nos pregunta: “¿por casualidad viste a Fulano?” Entonces sí, de habernos cruzado con el susodicho, sería un acto “casual”; es decir, fortuito. Mientras no sea este el caso, ruego al amable lector omita el uso de un “por casualidad” ya que, de traer un objeto que requiriera, lo traería porque así lo decidí yo, no la casualidad –al menos, en la mayoría de los casos.