Hasta morir…

0
1080

Les había dado clase un semestre antes, no sé ahora qué clase fue, no recuerdo detalles, acaso los imagino, como todo lo que recuerdo ahora, que no sé si realmente ocurrió o sólo están en mi imaginación.

Se murió el oax, me dijeron, y no recordé su rostro, ni dónde se sentaba ni qué hacía; fueron relatos dispersos y pregunté y pregunté, sobre todo por la serie de rumores y casi nota roja que se extiende por los pasillos.

Lo que más impresionó fue la forma de encontrarse con la muerte, la forma en que puede llegar y casi tocarnos e irse, dejando su manto frío sobre alguno de nosotros, varias veces he podido morir, cuando era estudiante  como el oax y muchos años después.

Para nadie es extraño que los estudiantes beban, a veces hasta morir; pero pocos –creo- mueren realmente, algunos se quedan bebiendo hasta que amanece y da hambre, hasta la hora en que abren el comedor, fue ahí, según se dice, que se dieron cuenta que el oax estaba muerto, le hablaron para ir a desayunar pero sólo respondió el silencio desde la cama donde se había ido a dormir como a las tres de la mañana, entonces fueron a moverlo: Estaba frío.

¿Qué hacemos?

El silencio es lo que siempre delata nuestro desconcierto.

Fueron a ver al jefe de grupo, lo esperaron en el comedor, ¿cómo saben que está muerto?,  no dijeron nada.

Avisaron a la unidad médica y a los vigilantes, a media mañana llegaron los policías y esperaron al forense varias horas, al principio se los llevaron en calidad de testigos.

Muchas historias negras se entretejieron, llegaron a mis oídos versiones impresionantes, violaciones, estrangulamientos.

Me resistía a aceptar que sus propios compañeros lo hubieran matado.

 

Nos reunimos en el velorio, alguien sacó un mezcal y repartieron en unos carrizos, raspa un poco, como el recuerdo de las cosas que no hicimos.

Afuera de la capilla nos apretamos, cada uno por el frío.

Me pregunto cosas, morimos un poco cuando estamos despidiendo a uno de los nuestros. Es la noche,  los nubarrones en el cielo o la soledad que compartimos.

Una voz empieza a contarme: Era buen amigo el oax: guapo, moreno, alto… raro porque los oax son chaparritos; tenía unos profundos ojos negros, uno se perdía en ellos.

Esa vez llegó Juan Carlos del grupo tres a nuestro cuarto, llevaba un tequila, tal vez la semana pasada el jueves debe ser… el jueves por la tarde… ni muy tarde, serían las cinco o seis.

Las manos del oax son grandes, me dijo, yo estaba haciendo la tarea de botánica, y sus dedos gruesos, fuertes pasaron por aquí. Esas sí son unas manos bonitas, llenas de ternura.

Tomé un gran trago de mezcal y mis ojos siguieron pegados al cuaderno, no pude levantarlos para ver a Juan Carlos, que estaba ahí, un poco fuera del mundo, parecía que hablaba consigo mismo, o con alguien que no era yo.

Y la piel de oax es tan lisa, sus hombros de quien mueve el azadón en el campo, de quien levanta un costal de maíz, y no de esos de azúcar que pesan veinte kilos, no, de esos de henequén que guardan sesenta kilos de maíz fresco… y los labios, esos sí son labios, gruesos, con una suavidad de durazno, si te besara con los besos de su boca.

Sus ojos perdidos iban a otra parte, su cuerpo se estremecía.

Y cuando me besó los hombros, eso es un calorcito como el sol de la mañana después de una noche fría.

El oax sí sabe como hacerlo, el vaho de su boca pasa por el pecho con toques eléctricos… y cuando llega al abdomen, un cosquilleo se desprende por tus piernas, por tus brazos… uno se apaga, de pronto está ahí, besando, mi verguita, dándole toques con sus dientes,  chupando, apretándola con sus manos.

No soy yo, dijo, yo era otro.

Juan Carlos no ha salido de su cuarto, llora bajito, fui a verlo para decirle que el oax se va al amanecer, que es su última noche en esta escuela, pero no ha querido salir.

Me quedo inmóvil, escucho en medio de la oscuridad y creo que es el propio Juan Carlos quien se pierde en medio de los pasos que se van, hay llanto.