Recuerdo con Mary Jean

0
76

Alejandro era un amigo entrañable en esos años de juventud que vivíamos en el ambiente artístico del bueno. Y digo ambiente artístico del bueno, porque éramos los peques que convivíamos con las vacas sagradas del arte. De veras, el INBA nos acercaba maestros de talla internacional, pues esto fue mientras cursábamos nuestro bachillerato de arte. Yo metido de lleno en el arte teatral y Alejandro en la música. Estaba sometido con gran devoción a la corneta, a la trompeta y, andaba de rogón con sus padres, para que pronto le compraran el fiscorno de sus sueños. Antonio, uno de sus profesores de música estaba empeñado en convertirlo en el Chuck Mangione mexicano. Pues bien, a su lado viví esto que ahora es sólo un recuerdo con Mary Jean. Todo comenzó con un concierto al que decidimos asistir, así que llegamos juntos al Teatro Metropolitano. No me pregunten el grupo o los grupos, se me borró el casete, a lo mejor Alex si lo recuerda. El caso es que cuando terminó el grupo telonero, sedientos por tantos gritos y brincos que dimos en los pasillos, decidimos acudir a la dulcería para comprar una coca. Y digo la verdad: “comprar una coca”, porque no teníamos suficiente capital para comprarnos cada quien la suya. Total que la fila estaba un poco alargada. Los sedientos nos convocamos con ese mismo objetivo. Un pasito para adelante y chiflidos mentando madres, porque de repente la cola no avanzaba. Pensábamos que alguien se metía, pero más bien se chiflaba porque el ideal de esa noche era echar desmadre. Y en medio de esa fila, estaba un jirafón delante de nosotros, con tremenda chamarrota. Era un tipo flaco que nos comenzaba a caer gordo, porque no dejaba ver el avance de la cola y Alex y yo queríamos saber qué sucedía en la barra de la dulcería.

Y en uno de esos pasitos del jirafón, algo cayó encima de nuestro calzado: de mis sudados tenis comprado en El Taconazo Popis y de las botas mineras del buen Alex. La vista es más rauda que el pensamiento, al menos esa era nuestra conclusión como chavales. Nuestros ojitos fueron descubriendo cuatro carrujos al alcance de una agachada. Venían en presentación extra larga y bien protegidos con sus buenas vueltas de periódico. Pa luego es tarde, Alex se agachó y me pasó dos de ellos que me acomodé en la cintura más rápido que Flash, ese héroe de historieta más raudo que un ventoso sorpresivo. Luego se agachó por los otros dos y lo protegí con mi chamarra para que escondiera los carrujos. Me imagino que se los guardó también en la cintura, aunque ahora que recuerdo su forma de caminar, es posible pensar que se los haya guardado en lo más profundo de sus entrañas. Hasta ahí todo lo hicimos por instinto, pero de repente los carrujos comenzaron a echar fuego y sentí que mi barriga se quemaba. Imagino que la misma lumbre sentía Alex. Así que abandonamos la cola, nos fuimos con la intención de ir a los sanitarios a cagarnos del miedo. Apenas nos retiramos vimos que el jirafón se salía de la la y caminaba bien gruby por la zona, tratando de encontrar los carrujos que le faltaban. A lo mejor al penitente le faltaban más, pero nosotros sólo teníamos cuatro.

En plena retirada, ni Alex ni yo llegamos al wc. Vimos las puertas del Teatro Metropolitano como una salida a la libertad y dijimos, patitas para que os quiero. Y salimos casi corriendo. Si hubiéramos tenido alas, pues hubiéramos salido volando. De la salida del Teatro a la entrada del metro Juárez, son unos cuantos metros, pero realizar el trayecto, fue una lenta y pesada caminata. Eso de no estar acostumbrado a transportar mota ajena, es una joda. Claro que ya era nuestra, porque se la habíamos apañado al jirafón que andaba bien pacheco.

Esa vez, como era costumbre cada que salíamos tarde de algún evento artístico, tomamos camino hacia su casa. No es que estuviera más cerca, ni en una zona más tranquila, pero siempre había transporte hasta últimas horas de la noche y siempre era más conveniente andar juntos, casi como enamorados.

Cada persona que caminaba detrás de nosotros nos parecía algún rufián hermanado con el jirafón, al que se le cayeron los carrujos. Así que apuramos el paso y parecíamos un par de chavos a punto de zurrarnos por alguna desmedida tragazón. Y en efecto, estábamos a punto de arrojar la comida para fuera, pero de puritito miedo. Ya para entonces estábamos pensando que nos habían puesto un cuatro, que habían tirado intencionalmente la mota para apañarnos saliendo del concierto y refundirnos en el bote. Eran los tiempos del Negro Durazo en la policía capitalina y las historias de inocentes vueltos culpables en menos de una hora, estaban más vigentes que nunca.

Luego, cuando íbamos en el metro y las puertas del vagón se abrían, igual esperábamos que entrara algún perjudicial y nos hiciera manita de puerco. Habíamos leído una novela de José Agustín donde un poli agarra a un motorolo y se la deja ir por el chiquistrikis y eso nos daba más terror que el mismo policía y sus madrinas nos llevaran ante el Ministerio Público. Así que antes de que se abriera la tercera puerta, la del metro Hospital General, y pensando que todavía teníamos que llegar a Centro Médico, le dije, como si fuera muy experto en cuestiones de escape: “Mira, Alex, mejor vete a la última puerta del vagón y yo me quedo en la primera, si vemos que vienen por nosotros, patitas para que las quiero… si nos agarran juntos vamos a valer mandarinas navideñas”.

Luego la penitencia aumentó. Salimos del metro Ermita y nos dirigimos, casi tomados de la mano como dos noviecitos que se aman profundamente, a la base de los peseros. El miedo no anda en burro, dicen por ahí, pero este par de burros si andaban con miedo; la angustia nos atosigaba cada vez más. Y, para colmo, resultó que la la estaba bastante larga, eso no era conveniente ni deseable para nosotros, Y luego, en la la había dos tipos mal encarados que se nos quedaban viendo muy raro. En nuestras mentes calenturientas pensábamos que en cualquier momento iban a sacar la fusca y que nos iban a colgar de las patas para que aflojáramos los carrujos. Lo malo, como ya dije, es que no había ningún pesero, que ya por entonces cobraban el triple, y no se veía para cuando llegara. Total que, como a las mil tristezas imaginadas, llegó una combi y apenas entraron once personas. Nos quedaba a un pelito de abordar rumbo a la casa de Alex. Y otra vez a esperar y resulta que van llegando dos tipos, igual con cara de pocos amigos y yo pelaba tremendos oclayos esperando el momento en que sacaran la fusca y nos tumbaran por viles ratas de hierba ajena. Uf, no puede ser. Llegó otro pesero, pero ahora era un microbús. Y entonces ahí estábamos ya, todos arriba, incluyendo a los dos tipos con cara de pedo atorado y el chofer platicando con su pollito, una chaparrita medio china, con labios de chupaygosa, pero sin nada de pompas. Y aunque enseñaba todo el hilo dental, ni siquiera despertaba mi imaginación, porque el chofer estaba esperando a que llegaran más pasajeros a esa hora de la noche y nosotros con unos paquetes que nos quemaban. Por fin, a la morrita que se andaba tirando el chofer, le dio hambre. Seguramente ya la traía atrasada y entonces le pidió a su peor es nada que se fueran a terminar la última vuelta y que luego se lanzaran por unos tacos. Y fue esa chamaca la que nos salvó, porque no se veía para cuando llegaran más trasnochadores. Y cuando bajamos en la entrada del fraccionamiento, el alma nos volvió al cuerpo y el asterisco como que recuperó su tensión normal y caminamos más tranquilos hacia la casa del buen Alex. Esas cuadras ya eran conocidas. Esto que les cuento y cosas peores fue lo que estuvimos pensando mientras hacíamos el trayecto. Qué alucine, para caer de bruces en la desesperación.

Y luego, ya en la casa, en su cuartito, él en su cama y yo tirado en plena colchoneta, revisamos la mota y dijimos, con razón el sustote: eran carrujos de casi cuarenta centímetros y bien gruesotes, para forjar unos churros bien pesadotes. ¿Cómo cuánto costarán? Sepa, dije y hasta entonces caímos en cuenta que teníamos cuates grifos, pero que nosotros no sabíamos ni forjar un chuby. Así que decidimos investigar cuánto valía la hierba que nos apañamos. Y esa noche Alex me preguntó: ¿Y si nos echamos un cigarrito? No como crees, apestamos la casa y nunca más me vuelve a invitar tu jefa. Ahí si andaba con cuidado. La mamá de Alex era una santa que se levantaba a recibirnos para luego ofrecernos un buen taco o una buena taza de chocolate con su respectiva pieza de pan. Entendía muy bien que éramos muy vagos y que nos pasábamos horas sin comer y eso era lo peor que nos podía pasar como chavos; no tragar. Y esa noche vimos que venía bajando y Alex, con tal de encerrarse en el cuarto, le dijo: “No, mamita; ya nos echamos unos tacos y un montón de bocadillos en la inauguración a la que fuimos. Porque les digo que nos la pasábamos en eventos culturales: un estreno de teatro, una exposición, una conferencia y  n todas había chupe a morir. ¡Ah, qué tiempos señor de la colina del perro! No nos convertimos en alcohólicos, porque estábamos muy acuchos y, si nos tomábamos dos copas de vino, nos poníamos bien idiotas.

Amaneció y salí temprano a mi casa. Ese día no recuerdo si teníamos clases o qué, pero no  fuimos a la prepa. Dejé los carrujos en la casa de mi cuaderno de doble raya. Y por la noche me junté con los cuates de la colonia y les pregunté, aquí bajita la tenaza, para que no sospecharan nada. ¿Cuánto cuesta un carrujo de hierbabuena? Y cuando me dijeron el precio, me ofendí a mí mismo y casi se la menté a mi carnalito de penalidades. ¿Por esa miseria casi me zurro en los calzones? Se lo dije al buen Alex y también se desilusionó. Me regaló sus paquetes. Si necesito un poco te la pido, me advirtió. Una tarde Alex me pidió un guato para dos bachas. Ya había conseguido un paquete de camisas chinas y con su chava se iban a poner a forjar, para echarse un buen agasajo después del humito. Y cuando lo vi a los tres días, me dijo que pura maldita decepción con la Mary Jean, que, encueraditos y todo, nomás se la pasaron riéndose y que no hubo ningún tipo de acción. Yo guardé el resto por mucho tiempo, nomás para recordar la aventura. Luego, solidariamente se las regalé a mis cuates de la colonia y a otros batos de la prepa, para que no se fuera a perder sus efectos de tan vieja que ya se estaba volviendo. Así estuvo este recuerdo con Mary Jean , que me trajo a la mente la música de Chuck Mangione.

Compartir
Artículo anteriorMúsica al natural
Artículo siguienteDe otro mundo
Nació en Palmillas, Tamaulipas, en 1962. Es Profesor Investigador de la UACh y director de la Cofradía de Coyotes. Obtuvo el Premio de Testimonio y el Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen, además de la Presea Estado de México 2004, “Sor Juana Inés de la Cruz” en Artes y Letras, por el conjunto de su obra literaria. Su publicación más reciente aparece en Amores Chapingueros (crónicas) de Rolando Rosas, Moisés Zurita y Arturo Trejo Villafuerte