¿Espera usted a alguien licenciada?

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Abogada Norma Baker, a sus órdenes. Disculpe que la moleste a estas horas, habla el teniente Sánchez, comandante del sistema de vigilancia del edificio. De acuerdo con nuestro computador central es usted la única persona que se encuentra trabajando esta noche en la torre. ¿Espera usted a alguien, licenciada? ¿Alguien con tarjeta de acceso a las instalaciones? No quisiera preocuparla pero nuestras cámaras han captado la presencia de un intruso en el edificio. ¿Abogada tiene cerrada con llave la puerta de su despacho? Pues entonces urge que lo haga, el elevador se ha detenido en el piso cincuenta y el sujeto se dirige por el pasillo que conduce a su o cina. No es una broma, por el amor de Dios licenciada, cierre esa puerta. ¿Me escucha? ¡Cierre esa puerta y por ningún motivo la abra! No corte la comunicación. ¿Está segura? De acuerdo, no tema, en un par de minutos tendrá nuestros guardias. No, tampoco les abra a ellos hasta que yo lo autorice. Por Dios abogada, luego le explico. Mire, es probable que el intruso intente hacerse pasar por uno de los nuestros, así que por ningún motivo vaya a abrir. ¿Ya está ahí? Sí, también lo escucho, por supuesto es mentira, por ningún motivo vaya a caer en su trampa. He mandado ya a dos policías. ¿Qué, pero cómo, atorado dice usted Godínez? ¿En el piso cincuenta? Pues activen otro, urge, pónganlo en sistema manual. No se desespere licenciada Baker, tuvimos un pequeño problema. Supongo que el tipo atascó la puerta del elevador, es que después de las diez de la noche desactivamos todos y dejamos sólo uno para el servicio de vigilancia. Aguarde unos segundos en lo que baja del último piso y vuelve a subir. ¿Está forzando la cerradura? Sí licenciada, en el baño estará más segura. Tranquila, no permitiremos que le haga daño. El elevador está subiendo con mis hombres. ¿Está forzando la chapa del baño? Tírese al suelo con las piernas hacia la puerta, ahora trate de hacer presión contra ella, sólo unos segundos más. ¿No escucha más ruidos? Supongo que huyó, mi gente está por llegar. No lo sé, no vi los monitores, estaba absorto en el teléfono tratando de tranquilizarla. No es molestia licenciada, por el contrario, nos apena que un intruso haya sido capaz de violar los sistemas de seguridad. No se preocupe, uno de mis hombres puede conducir su auto, si lo desea.

Así amor, así. No sabes cómo me encantas con tu bra y tus pantis negras. Quítate el top amor; así, despacito, quedito, qué sexy te ves. Sí, ponte crema, úntala con cariño, lenta, cachondamente. Mira cómo brillan tus pechos, tus aureolas rosas, como tejido de niño, terso, suave; tus pezones diminutos. Estoy a punto de deshielo. Mete tu mano por debajo de la braga. Así, imagino tus quejidos, tus sollozos, tus expresiones, tus explosiones. Tus largos dedos, tus delicados largos dedos. Acércate más a la ventana amor; abre esa cortina de gasa, qué diferencia, ahora te veo mucho mejor. Estás tan cerca que podría tocarte, oírte. No, no cuelgues ni apagues la luz, aguarda un minuto por favor, un poco más y te alcanzo; así, así, así, amor…

Norma, no friegues, apaga la luz o cierra las cortinas. Qué tal que alguien me conoce. Ya sé, ni que fuera tan famoso. No es cierto, si acepto a veces es sólo por complacerte. Es algo que no comparto contigo. ¿De dónde sacaste esa costumbre? A mí no me anima ser la estrella porno del vecindario. Por el contrario, las cortinas abiertas y la luz prendida me inhiben. Claro que me gusta verte desnuda; pero, ¿no has pensado que con tanto edificio podría haber alguien observándonos? Imagínate que fueran con el chisme. Pues con binoculares o un telescopio. No me refiero a fotógrafos de celebridades, bastaría con que a mi mujer se le ocurriera ponerme un detective, verías nomás las fotografías que le llevaría. Huy, ahora me vas a salir otra vez con eso. Ya lo discutimos Norma, su papá es el accionista principal del grupo nanciero. ¿Qué le digo? No suegro, me voy solo, no puedo llevar a su hija, es que: ¿sabe?, se enoja mi amante. No te atrevas, es muy distinto. Voy a estar metido un mes entero en ese pueblo de pescadores, aunque sea Francia es un pueblo rabón, entiende. Es de negocios, olvidas que lo que tengo se lo debo a él, bueno entonces a ella. No me puedo arriesgar a perder todo lo que tengo. No soy como tú, Norma. Ya sé que eres capaz de mandar al carajo a los socios gringos y buscar otro trabajo. Yo no poseo el mismo empuje, ni las relaciones que tú tienes. Norma, son las once de la noche, desde las cinco está sonando el celular lo menos cada cinco minutos, me vas a buscar una bronca enorme con mi mujer, entiende por favor, además ya no puedo, parece que no tienes llenadera, debo tener la próstata del tamaño de una papa. Apiádate de mí. Van tres taxis que pido y se van mentándome la madre. Cada que pueda te hablo; también e-mails y wathsapps por las noches. No te enojes amor, te traigo algunas alhajitas, ya juntos jugamos a lo que quieras, amor.

Operadora, habla Norma Baker, tengo un problema, me vienen siguiendo. Me encuentro en el periférico, a la altura de Palmas. BMW plateado. El otro no sé, es un auto lujoso. Negro; no, no distingo la placa, ni cuántos vienen dentro. En Polanco, de hecho estoy cerca de mi casa pero me da miedo llevarlo hacia allá. ¿No hay una patrulla que me intercepte o un puesto de policía donde puedan auxiliarme? Entiendo, en Avenida Horacio. La caseta de policía. Me estarán aguardando, prendo las luces de emergencia, toco el claxon y me tiro al piso del auto. Ellos ya saben qué hacer. Por favor dígales que les doy una propina si me acompañan a casa.

Norma, soy yo amor, no cuelgues por favor, escúchame. ¡No lo hagas!, ¡te digo que no estúpida, zorra maldita!, ¿Norma, Norma? Carajo… Me vuelves a colgar y vas a saber quién soy. Qué te has creído. Te lo advertí, te previne mil veces. Óyeme bien, ¿no te dije que si volvías a verlo y a engañarme con él lo mataría? Estuvieron horas encerrados en el departamento. ¿Sabes qué es lo peor? Tienes cara de aburrimiento, de hartazgo, cómo se nota que no has sabido lo que es un orgasmo en toda la tarde. No me hagas esas caras que desde aquí te estoy viendo. Podría tocarte, Norma. ¿Me escuchas? No lo volverás a ver. Pero despreocúpate, era un imbécil. Ni siquiera sospechó. Se me quedó viendo. No pudo entender lo que sucedía. Para estas horas se lo habrán comido las ratas. Le dejé ir el cuchillo al estómago, luego lo zarandeé de izquierda a derecha para asegurarlo. Lo aventé en una coladera que estaba abierta. Se lo habrán comido las ratas, aunque he de decirte que todavía iba vivo. Si te apuras tal vez lo encuentres con vida.

No anote mi nombre, le digo lo que sé, pero no anote mi nombre, no sabemos con quién estamos tratando, tengo hijas pequeñas, ¿me entiende? No es mitómana, ni fue un intento de suicidio. A quién conoce usted que trate de quitarse la vida oliendo algodones impregnados con éter. ¿Qué vulgaridad, no? Las mujeres lo hacemos con pastillas o nos cortamos las venas delante de los demás para darles la oportunidad de salvarnos. No, eso es distinto. Exhibicionista sí, tal vez. Ya sabe usted cómo son las gringas, les gusta asolearse desnudas, les importa poco quién las vea. Qué podría usted esperar de una joven, llena de vigor, que vive sola. Serán sus fantasías y no creo que por ello nadie tenga derecho de violentarla. Tampoco quise decir eso, novio sí tenía, se veía que la amaba, dicen que la complacía en todo, pero de pronto dejó de venir; no sé, se habrán peleado, con lo inconstantes que son los hombres. Debe estar muy sola y muy triste. A mí eso sí me consta, fue mi hija pequeña la primera que lo percibió; mire, ¿cómo decirle? Era el mismo ruido que hacen los hombres que lavan ventanas cuando se descuelgan por cuerda desde lo alto de los edificios. Sí señor pero eran las once de la noche, quién lava ventanas a esas horas. Yo vivo en el piso quince, ella en el trece. Oímos los ruidos y me asomé desde la recámara de mi hija, se paró sobre el pretil del balcón, nuestras caras quedaron a escaso medio metro. Él sí podrá reconocerme, yo no, traía la cara tapada con un pasamontañas negro de esos que han puesto de moda los policías. Me miró, se llevó el dedo índice a la boca, me hizo la seña de que me callara, luego indicó que me cortaría el cuello si hablaba. Siguió deslizándose, apenas lo perdí de vista marqué a la policía. Como había sido yo quien había hecho el reporte –así dijeron– me pidieron permiso para pasar a mi casa. Los policías se deslizaron hasta el piso trece por la misma cuerda que había empleado el tipo aquel, en el balcón encontraron un frasco con éter y un paquete de algodón. A ella la hallaron dormida sobre su cama, estaba desnuda pero sin rasgos de haber sido abusada sexualmente. Los paramédicos la hicieron reaccionar pero, cosa extraña, lo único que se le ocurrió fue ir a su estudio en busca de una cámara de vídeo que afirmó le habían robado y contenía grabaciones importantes para la defensa de un caso que llevaba en su despacho de abogados. Quien entró sabía a lo que iba porque el departamento lucía intacto, había objetos de valor a la vista, como a la vista estaban unas colillas de marihuana, el pasamontañas y los guantes con los que entró, lo que hizo concluir a la policía que el sujeto salió por la puerta y abandonado tranquilamente el edifico. Intentó violarme, afirmó ella fríamente, de seguro entró con ese propósito, pero gracias a ustedes logré salvarme. Cómo, si no, se explican que me haya desnudado o que me encontraran sobre la cama –argumentaba– y no dejaba de agradecer a mi marido la oportuna ayuda proporcionada y los besos de gratitud que le estampaba en la mejilla pasaban rozando sus labios, mientras veía yo la aflicción de mi esposo al no poder disimular una terrible erección que se abría camino por entre el pantalón de la pijama y la bata de casa que vestía.

Érase que se era, que esa soy la nena que yo era, como dicen los más bellos cuentos de hadas, porque de niña, mientras mi mamá –entre cigarrito y cigarrito de marihuana– me contaba historias, yo, acostada en mi camita soñaba que era Rapunzel o la cenicienta; pero no, soy una simple abogada, me llamo Norma Baker, con ambas nacionalidades –mexicana y norteamericana–, hija de un famoso senador republicano y de una pirujita muy simpática de New York. Socia junior de una conocida rma internacional de abogados, treinta años de edad, soltera, un poco traviesa, me gustan la marihuana, la coca y el alcohol, las tachas no, es que, ¿saben? Soy quinestésica y si en mis cinco me gusta tocar los brazos y las piernas de la gente, con un par de tachas sería capaz de comérmela viva. Tengo un novio que no es mío porque más bien es de su esposa de quien teme que lo deje un día, pues ella es rica y él es un don nadie. No, no digo más señas, podrían reconocerlo, le llamaremos Federico, o si quieren, mejor díganle Federico. Aunque él sea un don nadie bueno para nada. Nos gustan los juegos atrevidos que van más allá del látigo y los azotes. Somos muy sofisticados, aunque no tan originales. Tengo bajo el colchón un picahielo que saco discretamente y cuando percibo que va a eyacular le doy con el mango en el pecho y grito como si fuera samurai; entonces él, sin poderse contener, tiene unas venidas que habrían de ver, si fueran plumas de ganso preguntarían ¿quién rompió el cojín, niños? Y es que, dice, siempre está latente el peligro de que un día no controle el rencor que le tengo y se lo clave de a de veras. Jugamos a policías y a ladrones –por eso tengo también bajo el colchón la pistola y las esposas que le robé al inocente teniente Sánchez–, también jugamos a violadores y a víctimas; o a secuestradores y a secuestrados. A veces me sigue en su auto por las calles de la ciudad y yo voy pidiendo ayuda a gritos a la policía. A todas las unidades, tenemos un veinte, un veinte por el rumbo de Polanco, se trata de un BMW plateado que se desplaza por Horacio hacia el Periférico, y yo nomás veo cómo se prenden las lucecitas de las patrullas y voy en mi calabaza encantada hecha la chingada por las calles. No, no doy las referencias precisas de su carro, pero a veces me sale lo mala y digo el color y la marca y entonces sí, lo empiezan a seguir a él y cuando lo alcanzan lo rodean, le apuntan con pistolas o hasta con ametralladoras, lo bajan a empujones, revisan el auto y cuando ven quién es, pues usted habrá de perdonar, don, pero ora sí nos equivocamos de al tiro, salúdeme a su suegro, y muchachos, vámonos haciendo menos, no vaya a ser la de malas y se le meta el diablo aquí al señor. Y yo a unas cuadras de ahí esperando su llamada, entonces me dice por el celular que soy una hija de la chingada, que el día menos pensado no lo cuenta y fuímonos al depa a darnos las mejores cogidas de nuestras vidas.

También nos gusta improvisar, hacer algo que sorprenda al otro. Un viernes en la noche estaba en el estudio preparando un reporte, como traía puestos los audífonos y la música sonaba estridente no lo sentí, cuando me di cuenta era porque tenía el cuchillo cebollero rozando mi pecho y frente a mí al mismísimo Darth Vader, diciéndome con voz de la Guerra de las Galaxias que me iba a coger y a hacerme no sé que tantas maravillas. Yo, que para entonces me había fumado ya tres cigarros de marihuana le dije: a poco. ¿Me lo juras? ¡Órale pues, conste! Pero deja en paz ese cuchillo, no te vayas a lastimar. Me amarró suavemente a la cama porque le advertí que si me volvía a sacar moretones no se la iba a acabar, me vendó los ojos, rasgó de un manotazo mi blusa, luego la falda, empezó a pasarme el lo del cuchillo por los vellos púbicos como si quisiera dejarme lampiña para toda la vida y con un rápido movimiento partió en dos mis favoritas pantis negras de encaje, mientras yo soltaba un chillido y pensaba en voz baja: ¡Órale¡ Subió aquello, con otro rápido movimiento partió en dos mi más sexy bra negro, también de encaje y cuando más empapada no podía estar, presa de la excitación, que empieza con los jueguitos babosos de frótale con hielo los pezones, verás que duros se le ponen, pásale una pluma de ave por la vulva, verás que mana miel y yo, enfriándome a velocidad de la luz, pensando de qué kínder habría salido aquel infante. De pronto me montó, me penetró violentamente, con toda la furia de que fue capaz empezó a escudriñar lo más profundo de mis entrañas, con una fuerza y una rapidez que llegué a creer que era Michael Douglas treinta años atrás. Entonces pensé: este tigre no puede ser mi Federico, pero como ya tenía yo el juicio medio obnubilado por unas rayas que me había metido, me dejé llevar por ese potro de hierro que amenazaba con partirme en dos. Como la humedad amenazaba con convertirse en charco intuí que el nal estaba próximo, así que aprovechando que los nudos estaban ojos zafé mi mano derecha como pude, con un esfuerzo heroico tome el picahielo y dando un grito de samurai se lo clavé por el mango en el pecho, con la certeza de que vendría la eyaculación más feroz de la que diera cuenta la historia, pero ¡oh sorpresa! el pobre hombre empezó a gritar como si estuviera poseído por el demonio y se dejó caer desde la cama al suelo, dándose un feo fregadazo en la mollera. Con la certeza de que algo iba mal me quité la venda de los ojos, saqué la pistola que tenía debajo del colchón y encañoné la silueta que se adivinaba en la penumbra, mientras él buscaba imaginarias heridas mortales en su pecho. Prendí la luz y con toda la tranquilidad de la que fui capaz le pregunté: quién eres cabrón, tú no eres mi Fede. No, por supuesto no era mi Fede. Era Miguel, o Micky, como le gustaba que le dijeran. Era el secretario particular de un político gallón e íntimo amigocho e mi Fede. Me sentí usada, como piruja ultrajada y luego abandonada –sin pagarle– en un callejón oscuro. Pero qué te has pensado hijo de puta, le dije. ¿Pero qué se han pensado? ¿Que pueden hacer conmigo lo que se les de su pinche gana, sin consultarme? Todo se puede Micky, pero para eso hay formas, primero se avisa, así que ahora sí no sabes qué alacrán te echaste a la bolsa. Le ordené que se pusiera las esposas; luego, con infinita paciencia y sin dejar de apuntarle, lo amarré fuertemente a la cama y me dispuse a esperar la llegada del pinche Federico. Apenas lo vi cruzar la puerta me puse el casco de Darth Vader y con la distorsionada voz de la Guerra de las Galaxias le dije, mientras le ponía la pistola en la nuca: levanta las manos lentamente y no te vayas a voltear porque aquí te mueres. Le ordené que se encuerara, se pusiera las esposas que para entonces ya había liberado y misma operación, sin dejar de apuntarle lo fui amarrando. Lo aventé a la cama en la que gemía el imbécil de Micky. Saqué mi cámara de vídeo y fingiendo el encabronamiento más brutal les solté toda la retahíla de majaderías que me sé. Les ordené: quiero ver un show gay, cabrones, así que acaríciense, bésense, convénzanme que lo hacen bien antes de que me arrepienta y les dé un plomazo en los huevos a cada uno, porque lo que me hicieron no tiene nombre. Al principio protestaron, luego Micky lloró amargamente, recargado sobre el pecho del Fede que lo acariciaba para tratar de tranquilizarlo, pero pronto descubrí que esa escena no tenía nada de tortura y sus erecciones así de enormes me llevaron a desear estar en lugar de alguno de ellos, comprendí que estaban solos, habían dejado de importarles mis amenazas y mi presencia y como la necesidad apremiaba puse la pistola sobre el tocador y con un ojo al gato y otro al garabato empecé a acariciarme y fue tanta la sincronización y la buena onda alcanzada que prácticamente terminamos los tres al mismo tiempo.

Lo del teniente Sánchez en realidad fue diferente; fue, como dirían los propios policías, por necesidades del servicio. Ocurre que después de que un intruso intentó violarme en mi oficina, al teniente le dio por pensar que había yo mentido. No chula, me dijo el igualado –había dejado de ser la abogada Baker– No chula, el intruso no salió del edificio, seguramente era su amante. Lo escondió usted en su despacho, las cámaras no registraron su salida de la oficina o del edificio. Jugó usted con la autoridad y eso está penado por la ley, así que voy a denunciarla. ¿Qué me quedaba? Lo reconocí humildemente, le pedí perdón pero dijo que sólo podría olvidar ese detalle si me portaba amable con él. Por supuesto no me dejó otra alternativa. Pero será a mí manera, dije. Fingiremos una violación porque cuando no hay emoción o peligro soy frígida a más no poder, en cambio si usted sigue mis instrucciones verá que no habrá de arrepentirse. Y el inocente accedió. Pasadas las diez de la noche salió de su oficina, según habrá quedado grabado en sus máquinas de vídeo. Subió por el ascensor hasta el piso cincuenta, se dirigió a la puerta de mi despacho y la forzó, llegó adonde estaba trabajando distraídamente, tan excitado venía el pobre que ni siquiera se fijó que también había una cámara dentro de mi oficina. Yo corrí, corrí, pero no pude escapar. El rompió mi ropa con violencia hasta dejarme desnuda y también con furia inusitada me penetró. Yo lloraba, gritaba desesperada y él ahí, sin poderse controlar, excitado en grado extremo por el abuso que estaba cometiendo a una pobre mujer desvalida, eyaculó, eyaculó miserablemente apenas se empezaba a poner buena la cosa, yo fingí un desmayo que él aprovechó para huir por donde había venido. Al día siguiente lo mandé llamar: no mi teniente, pues ahora sí que la regó usted gachísimo, cometió varios delitos, aquí está la denuncia de hechos ya preparada y no se olvide que soy abogada: allanamiento de morada, abuso de autoridad, violación agravada; tengo una copia del vídeo que tomé anoche, además estoy pidiendo al administrador de la torre que me dé una copia del vídeo que graba el sistema de vigilancia del edificio, donde se ve cómo forzó la chapa de mi puerta y tengo aquí el dictamen pericial del médico legista donde da cuenta de la violación que sufrí anoche, lo voy a tener que refundir largos años en la cárcel. Cómo la ve, pero no se preocupe, deme el arma de cargo, como le dicen ustedes, regáleme sus esposas, el tanque de gas paralizante y la cachiporra, que para algo habrán de servir y a usted no lo quiero volver a ver, así que pida de inmediato su cambio a la corporación o renuncie o a ver qué chingados hace y váyaseme rapidito, antes de que me arrepienta.

Dije que soy hija de un famoso senador republicano pero no busquen mi apellido en los directorios oficiales. Es que, ¿saben? Soy hija ilegítima, mi papi nunca me reconoció. Conoció a mi mami en una orgía de las que el senador organizaba y que le servían para grabar y extorsionar después a sus amigos y enemigos políticos, que mi mami, que era lista, aprovechó una de las veces que la citó en su despacho para llevarse algunos de los comprometedores vídeos que después utilizó como argumento para convencerlo que tenía que ayudarla cuando quedó embarazada de él, paternidad que nunca aceptó, pero que lo hizo pensar en la conveniencia de llenarle los bolsillos de dinero y mandarla a México donde nací, crecí y estudié derecho y desde donde le mandamos después uno de sus vídeos para animarlo a conseguirme trabajo, y lo hizo, me recomendó con alguien que de seguro es su gran amigo pues aparecían besándose en la dichosa cinta. Era el presidente ejecutivo del despacho de abogados quien rápidamente me llevó por el escalafón hasta hacerme socia junior de la firma. Por lo que respecta a Fede, hizo honor a su nombre, me llenó la bolsa de dinero y hasta me regaló un piso en Madrid, con tal de que le regresara el original (eso creyó él) de su gay show. Y de Micky qué les cuento, ya es secretario de estado y se la está jugando, como dicen los políticos mexicanos, por la grande, y como su partido es el que la rifa ahora en México, estoy esperando noticias y así también está esperando, el inocente, un disco compacto con su debut como artista porno. Bueno amigos, si algún día andan de paseo aquí por Madrid, búsquenme en la guía telefónica, recuerden que siempre podremos organizar una “gala romana”, no necesitarán sino una sábana y muchas ganas de divertirse y quién sabe, tal vez hasta en celebridades los convierta.

Adiosito.

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Autor de siete novelas, de ellas, Cábulas fue publicada por Plaza y Valdés en 1987 y ha obtenido varios premios en cuento. Escribió guiones para “Hora Marcada” y en su columna “Taches y Tachones” ha publicado material diverso desde hace varios años en varios medios impresos y en la web, como cuentos, crónicas, análisis políticos y artículos de opinión. Editorialista en dos programas de radio.