Perderse en el color de las frases: el fenómeno de la sinestesia

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A noir, E blanc, I rouge, U vert, O bleu: voyelles,

Je dirai quelque jour vos naissance latentes

[A negra, E blanca, I roja, U verde, O azul, vocales,

diré algún día vuestros latentes nacimientos]

Arthur Rimbaud

Desde tiempos ancestrales el ser humano ha recurrido a sustancias y alimentos psicotrópicos con la finalidad de alterar su percepción; desde cebada contaminada con un minúsculo hongo (en el caso de los Misterios Eleusinos, en la antigua Grecia), hasta el consumo del peyote por el pueblo huichol o wixarika en la actualidad (después de realizar una peregrinación a la zona sagrada de Wirikuta), pasando, por supuesto, por el uso de la mariguana con fines lúdicos o medicinales.

Originalmente este acto tenía un sentido mítico, místico, religioso, cuyo propósito era el reencuentro del hombre con lo divino o con uno mismo (la religión, “re-ligare”, puede entenderse como un “volver a unir”), y este sentido aún se conserva en muchos pueblos de tradiciones arraigadas. Sin embargo, con el paso del tiempo y la hegemonía del pensamiento lógico y racional sobre el pensamiento mágico y mítico, esta práctica derivó en el uso profano de dichas sustancias. Por ejemplo, a principios del siglo XIX escritores y artistas hicieron uso del opio, del hachís o el ajenjo para despertar su creatividad, para estimularla más allá de los estados de consciencia. “Embriagarse, de vino, de virtud, de poesía”, invitaba el poeta francés Charles Baudelaire. “Sólo tú haces estos regalos al hombre y posees las llaves del paraíso. ¡Oh, justo, sutil y poderoso opio!”, expresaba el escritor inglés Thomas de Quincey. Fue tal el auge de este estímulo para la composición que prácticamente todo el siglo XIX vio el nacimiento de sus mejores obras, como resultado de estados alterados; poetas, pintores, músicos y actores, todos buscaban al hada verde de la inspiración. Los más conocidos fueron: Lord Byron, Marcel Proust, Charles Baudelaire, Victor Hugo, Vincent van Gogh, entre otros.

Sin embargo es importante señalar que este método basado en ciertas drogas para estimular la creatividad artística, no terminó con el siglo XIX.

Corrían los años sesenta. El amor estaba en el aire (“Love is in the air…”, dice la canción). Eran los tiempos del cabello largo, tanto para hombres como para mujeres, de las faldas largas, del amor y la paz, del amor libre, de la libertad de los cuerpos, de la liberación de la mente. Los jóvenes de esta generación, mejor conocidos como hippies, promovían el uso recreativo de las drogas ilegales siguiendo los pasos de sus gurús musicales, como cantantes de rock y de folk. Se creó el movimiento psicodélico. Los artistas populares y los intelectuales más arriesgados querían que la juventud expandiera su mente, siguiendo al escritor inglés Aldous Huxley, quien había publicado en 1954 un ensayo sobre los efectos de la mezcalina, cuyo título fue The Doors of Perception (“Las puertas de la percepción”). Huxley había tomado el título de un gran poeta, también inglés, William Blake, que en uno de sus poemas había dicho: “Si las puertas de la percepción se puri caran todo se le aparecería al hombre como es, infinito”. Comprendiendo el doble mensaje, el de Huxley y el de Blake, un grupo de jóvenes músicos norteamericanos formó una banda icónica a la que llamó The Doors, y compuso uno de sus mayores éxitos: “Break on rough” [to the other side], que podría traducirse como “Atraviesa al otro lado”.

Un par de décadas atrás, un simple viaje en bicicleta se habría de convertir en una imagen simbólica para la generación hippie (incluso actualmente se celebra el día de la bicicleta gracias a este evento). El 19 de abril de 1943, el doctor Albert Hoffman decidió probar una nueva droga que había desarrollado en su laboratorio en Suiza, con la cual pretendía hacer un estimulante circulatorio. La base de la droga era el mismo hongo que ingerían los griegos en los Misterios Eleusinos, señalados líneas arriba, de donde Hoffman obtuvo la sustancia conocida como LSD (Dietilamida de Ácido Lisérgico). Eran los años de la Segunda Guerra Mundial y en Europa estaba prohibido el uso de los vehículos automotores, por lo que el principal medio de transporte era la bicicleta. Incapaz de manejar y deseoso de reposar, Hoffman pidió a su asistente que lo llevara a casa. En el viaje en bicicleta, al entrar en contacto con la luz del sol y la naturaleza, ocurrió la primera epifanía, la primera revelación de esa realidad presente al otro lado de las puertas de la percepción y que se conoció con el nombre de psicodelia. Recordaría Ho man años más tarde:

Poco a poco empecé a disfrutar de una serie sin precedente de colores y formas

jugando persistentemente detrás de mis ojos cerrados. Imágenes fantásticas surgían

alternándose, variando, abriéndose y cerrándose en círculos, explotando en fuentes,

reacomodándose e hibridizándose en un ujo constante… Tuve la sensación de

que veía la tierra y la belleza de la naturaleza como era cuando fue creada. Fue una

experiencia maravillosa. Un renacimiento, ver la naturaleza bajo una luz nueva…

Hoy podemos, a más de setenta años de distancia de aquel famoso viaje en bicicleta, saber con un poco más de precisión los efectos del LSD en el cerebro. Lo principal, lo relevante para este artículo, es lo que tiene que ver con las repercusiones que la sustancia tiene en las regiones cerebrales encargadas de procesar la información que viene de los sentidos. Dichos efectos reciben el nombre de “viaje”, en honor a aquel famoso viaje en bicicleta, y aunque varían dependiendo de la química cerebral de cada persona, así como de la cantidad ingerida, es muy común escuchar o leer testimonios de personas que experimentan un cruzamiento de sentidos, conocido con el nombre de “sinestesia”. La más frecuente es aquella en la que se cruza la información de los canales visual y auditivo, provocando que una persona, al percibir un sonido particular, pueda “ver” colores. Hay que enfatizar: puede “ver”, que no es lo mismo que “imaginar” esos colores al escuchar un sonido. Esto significaría que una persona colocada frente a una pared blanca, y que estuviera bajos los efectos del, al momento de percibir una melodía podría ver cómo cambia de color la pared o llegar incluso a observar cómo se forman diseños muy particulares. La naturaleza y la luz del sol fueron la pared blanca de Hoffman.

Como puede observarse, la experiencia de Ho man era tal cual la había anticipado Blake en sus versos escritos entre 1790 y 1793; es decir, 150 años atrás. ¿Cómo había sido posible que pudiera hacerlo? Nuevamente la neurociencia tiene una respuesta. Cuentan sus biógrafos que cuando William Blake tenía alrededor de nueve años vio un árbol lleno de ángeles “adornando con destellos, como estrellas, cada rama”. A partir de entonces, y durante toda su vida, Blake fue presa de una incontable cantidad de visiones que lo convirtieron en un hombre apartado y temperamental, y algunas de ellas quedaron registradas en sus pinturas y sus grabados, aunque, al parecer, no todas fueron tan luminosas e inocentes como aquella de los ángeles en el árbol. Dicha visión, y todas las que están registradas por sus biógrafos, hacen suponer que Blake tenía una mente sinestésica; es decir, el estado natural de su cerebro era ese cruce de sentidos. Blake no requería de ningún tipo de sustancia psicotrópica porque, de hecho, su química cerebral le permitía percibir la luz de la naturaleza, mientras que Ho man tuvo que recurrir al LSD. Hoy sabemos que Blake pertenece a ese reducido número de personas que tienen una mente sinestésica. Lo que no podemos saber es qué estimulo activaba la sinestesia en el poeta: un alimento, una bebida, un sonido. El caso de Blake es ejemplar, pero no es el único de personas que tuvieron y han tenido que vivir con esta “afectación”. Antes de que la ciencia pudiera entenderla, muchas de ellas se vieron forzadas a ocultarla, callando sus visiones; otros, como Blake, optaron por canalizar sus experiencias a través del arte, y algunos, los menos, eligieron la religión, el misticismo o las doctrinas esotéricas. Tenían que hacerlo así, porque, de lo contrario, eran vistos como dementes o enfermos, incluso por los hombres de ciencia de su tiempo. No fue hasta 1880, un siglo después de Blake, que un antropólogo y geógrafo inglés de nombre sir Francis Galton publicó un artículo sobre la sinestesia y sus efectos. Aunque en su momento no tuvo una gran repercusión, sentó las bases para el estudio de este fenómeno cerebral.

Hoy se sabe que la sinestesia (del griego syn, “junto”, y aisthesis, “sensación”) es un fenómeno neurológico que consiste en la capacidad que algunas personas tienen para intercambiar información procedente de distintos canales sensoriales, debido a un elevado número de conexiones entre dos zonas de la corteza sensorial del cerebro, de modo que al menos dos sentidos resultan inseparables. Abundan estudios sobre este fenómeno, y uno de sus principales exponentes es el neurólogo Vilayanur S. Ramachandran , actual director del Center for Brain and Cognition de la Universidad de California. Aunque falta mucho por saber, es posible mencionar algunos resultados interesantes de los estudios:

  1. No es un trastorno. A diferencia de lo que se creía, las personas que experimentan la sinestesia no son dementes ni están poseídas por entidades divinas o demoniacas.
  2. Es genético. Sin embargo esto no signi ca que no pueda desarrollarse mediante la práctica. Estudios realizados por Ramachandran y su equipo revelan que es siete veces más frecuente en personas creativas (pintores, novelistas y, sobre todo, poetas), que en la población general.
  3. Las personas que tienen o desarrollan la sinestesia poseen un elevado coeficiente intelectual, así como una inteligencia emocional. Esto porque permite que se conecten neuronalmente zonas que van por separado. El uso, creación y comprensión de la metáfora y la metonimia (por supuesto, la sinestesia), juegan un papel importante en el establecimiento de estas conexiones.
  4. El número de personas sinestésicas es reducido. Se calcula que sólo una persona de cada dos mil, vive con esta condición, aunque, de hecho, todos somos sinestésicos de algún modo: la lectura “en silencio” –lo que hace el lector en este momento– es un fenómeno sinestésico, ya que un estímulo visual (las palabras escritas) se convierten en un sonido mental.
  5. Está vinculada con el desarrollo del pensamiento abstracto y el lenguaje. Ramachandran y Hubbard sostienen que la sinestesia es una base importante para estas habilidades cognitivas, ya que la capacidad de ejecutar procesos de abstracción, la elaboración del lenguaje y fenómenos lingüísticos como la metonimia y la metáfora no pueden explicarse sino haciendo uso de ciertas habilidades que requieren el “cruce” perceptivo para su éxito.

A manera de conclusión se puede decir que existe un vínculo muy estrecho entre la sinestesia, como fenómeno neurológico y como gura literaria (en general, con la creación y comprensión del lenguaje poético), y el desarrollo cognitivo del individuo. Moraleja: el poeta francés Charles Baudelaire tenía razón: no sólo las drogas, también la poesía tiene los mismos efectos estimulantes en el cerebro. Recordemos sus palabras: “Hay que estar siempre borracho… Pero, ¿de qué? De vino, de poesía o de virtud, de lo que quieras. Pero embriágate”. Es decir, la poesía también permite “el viaje” al otro lado de las puertas de la percepción. Pero ciertamente tiene una virtud más: nos vuelve más inteligentes.

COLOFÓN

Para que el lector de estas líneas sepa si forma parte del selecto grupo de personas sinestésicas, le dejo el siguiente test empleado por el doctor Ramachandran y su equipo. Observe el siguiente recuadro y determine la cantidad de “dos” que hay entre los cincos.

Si tuvo que pasar la vista sobre las líneas o realizar un escaneo para encontrar los “dos”, lamento decirle que no forma parte de los sinestésicos. Si, por el contrario, los encontró inmediatamente porque los vio de otro color (no, esta página no le maneja impresión a color, todo está en blanco y negro), felicidades, es usted un sinestésico VIP.