Sin Xoma no hay paraíso, la última pulquería…

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Decía Heidegger que el hombre no sólo es un “ser con vida” que al lado de otras facultades posee también el habla y que el habla es la casa del ser.

Nosotros, a veces lo pienso, habitamos esa casa y dejamos que el habla nos lleve a rincones infinitos o al paraíso donde fui ayer; algo, quizá un recuerdo tengo y aunque sé que no es posible, intentaré decirles un poco de eso que se ha quedado en mi memoria.

Para empezar debo decir que las tres pulquerías de Texcoco son dos, por eso les hablaré de el paraíso, porque como la trenza de la amada, a veces sólo es una.

En verdad les digo que no es fácil llegar a el paraíso, está escondido, quizá debía llamarse la Escondida, pero no puede tener otro nombre que el paraíso… si quieres llegar a él debes estar dispuesta o dispuesto a recorrer los pasillos del mercado, salir por donde están los botes de basura, malolientes recuerdos de una vida que no es nuestra.

En la diagonal del infierno, tal vez al inicio, a la izquierda si es que vas saliendo de saludar al demonio, está el paraíso, sus desvencijadas puertas de cantina son un recuerdo de las glorias de otro tiempo que, por supuesto, no nos tocó vivir.

No busques un letrero, no hay señales para entrar al paraíso, acaso la puerta parece sucia, abandonada y no querrás tocarla, pero no temas, el camino al Paraíso, en verdad os digo, no está plagado de rosas.

Sólo si eres una mujer de fe, un hombre de plomo, podrás entrar.

Dudé un poco, mis brazos vacilaron, me da miedo la noche, la oscuridad, pero más las mujeres hermosas y sufro un poco cuando estoy cerca de una, no lo sé de cierto, pero supongo, me dije, que habrá mujeres hermosas en el paraíso.

Abrí las puestas abatibles y entré… un golpe me partió el alma, que acaso tuve un día y ahora está maltrecha, una llamarada quemó mis entrañas y mis ojos quedaron ciegos… como han estado desde que los abrí… porque veo sin ver, entendí para siempre las palabras de Rimbaud: una tarde senté a la belleza en mis rodillas…. y era amarga.

No puedo decir que lloré como un niño… qué culpa tienen los niños de mi ignorancia y falta de palabras para decir lo que siento.

Pero esa bofetada en el rostro cuando uno ve el mundo por primera vez, es dolorosa.

Hay algo en el paraíso, acaso es el color indescriptible, sus mesas abarrotadas, la música de ángeles o el partido entre los Jaguares y el Atlante.

Marco Antonio Solís dejaba salir esas líneas que los cultos jamás podrán valorar como poesía, pero hay que dejarlos… son humanos como nosotros, aunque no entiendan eso de:

No hay nada más díficil que vivir sin ti

sufriendo en la espera de verte llegar,

el frío de mi cuerpo pregunta por ti

y no sé dónde estás

 

Lamento no poder reproducir con música estás líneas que opacan a Octavio Paz y su Piedra de sol, al menos en audiencia.

No pude voltear el rostro, aunque quise hacerlo, de haberlo hecho una imagen en cada lado de las puertas me habría dicho que estaba en la Atenas del Anáhuac y no fuera del mundo como pensé: el Necaxa existe, aunque ustedes no lo crean, y sus seguidores.

Todo el tiempo pareció detenerse, como esas imágenes apocalípticas, cuadro por cuadro que nos da la tele, en que nadie se mueve, sólo la cámara, las gotas del agua no caen, todos están muertos, sin movimiento.

El paraíso tiene un techo de petate, sobre él vaciaron los botes de mezcla del colado y quedaron grabados para la eternidad, en el paraíso todo es para siempre, por si no lo habían notado.

Hay unas luces y unas esferas en el techo, me recordaron a Gloria Geynor, un día en que nos embriagamos en Nueva York y la música disco era la ley, por cierto que se acabó todo aquello.

Acaso pensé entrar a otro mundo, en verdad debo decir que no tenía idea de que el paraíso existe.

Me sentí extraño, y aunque me da pena decirlo… guapo, fui a la barra y pedí un elixir de los dioses: una xoma.

Pero ya no hay, me dijeron, ¿quieres una jarra o un litro?, y me dieron un curado de guayaba.

Siempre pensé que el paraíso tenía forma de esfera, porque cuando era niño, o sea ayer, la esfera era un gurú, nosotros que vivimos en dos planos, veíamos a la esfera como al chorrito de cri cri, se hacía grandota y se hacía chiquita, un día le pedí a la esfera que me llevara fuera del mundo, debo decir, en honor a la verdad,  que no fue mi idea, fue del caifán mayor: Óscar Chávez… “tú y  yo fuera del mundo, fuera del mundo”, y quedé petrificado.

El paraíso es triangular, en el ángulo menor, recuerden a escaleno, buen amigo por cierto, está el baño, tres pesos es la cuota, Caronte es un candado que no se abre con palabras.

Me arrinconé en la rocola, arriba una  tele de plasma daba el partido, y yo que sólo le voy al Barsa, me puse triste, un parroquiano se acercó y me dijo no hay pedo, el número uno es el Atlante y que chingue a su madre el diablo, que la chingue y la rechingue, pensé, pero era otra cosa.

Entonces las vi: Mary, Pepa, Luz, Otilia, y Camila daba al niño su mamila.

Una de las chicas buenas, dejaré de decirles chicas malas, vino a mí, bailando, tomó un poco de papel y se fue.

Aquí me hice hombre, pensé, en estás paredes, en la parte que antes era para mujeres ahora es un privado, las chicas sexosas son frondosas, la celulitis es pecata minuta, sus días de gloria se fueron, han caído las banderas y sus senos, pero siguen siendo hermosas.

Llevan unos collares, cada cerveza, cada cliente les hace ganar uno, el barman, o mejor dicho el pulqueman se las entrega en el cuello de la cerveza; señal de llevarán la sopa a su casa.

Un hombre que es todos los hombres que pisan la tierra desde Héctor y Aquiles se regodea con una mujer, baila y le pone las nalgas, él ha perdido las manos, pobre, ahora es un pulpo sus 30 brazos recorren el paraíso y es feliz.

La rocola tiene a Pérez Meza, casi nadie lo pone, a Lucha Reyes o al más grande poeta del mundo y ¿cómo no?, si vive en el paraíso: “No vale nada la vida, la vida no vale nada, comienza siempre llorando y así llorando se acaba”. Pero ahora la rocola tiene a Maicol Yakson.

Se acerca un joven, soy yo hace unos años y pone una moneda, cae el 20 y “navego en el mar de las cosas exactas, prisionero iluso de semánticas gastadas, y aunque soy la misma sombra que han negado tus ojos…” el profeta del nopal nos receta por las trompas de eustaquio estas metáforas.

El paraíso es ahora, ha perdido el Atlante y sigo triste, un parroquiano se acerca y me dice, así es la vida, hoy pierdes y mañana vas a la liguilla, la vida es como el paraíso, me digo y pago con monedas otro litro del elixir que viene de Santa Rita, de allá por Otumba.

Le digo a Sócrates que atiende en las mesas, que repone las jarras de todos los titanes, que la escuela está ahí, él me dice como Baudelaire: en el paraíso está el demonio que todos llevamos dentro y no como yo, que un ángel me guía.

Salgo a media noche, Aura, mi hija, me espera, el paraíso es otra cosa me digo y camino en medio de la noche que es mi vida.