Yo sí le pasé

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Debió de haber sido Francisco Y. Madero, que en ese tiempo iba en su grupo, una tarde de juerga con el calorcito de las copas nos dijo: a la Margarita yo sí le pasé; así era Pancho, francote, y le encantaba que le dijéramos y Madero, aunque su Y era de Yánez.

Nada del otro mundo, ni para qué sorprenderse, sólo que la Margarita era más bien Margarito, que así decía su credencial y contestaba presente con el pase de lista.

El tal Madero contaba que en un viaje de estudios, al final, en esos días libres en que uno se puede ir de parranda, se fueron con Márgaro;  ya entrada la noche y con una buena cantidad de chelas, varios ya habían agarrado pareja, menos él; Así pasaron las horas y seguían solos y así empezó todo.

Pero nada más fue una vez, decía, y ya se había operado.

Márgaro era muy sensual, le gustaba usar pantalón de mezclilla y camisas entalladas, dejaba un par de botones libres, los de arriba, como si fuera un escote, sus senos, que se veían durísimos, resaltaban en la camisa, se veían sabrosos como duraznos o melocotones.

Le gustaba mostrarse, muy pulcro, refinado; nada que ver con el puto vulgar, amanerado en exceso y pintarrajeado a más no poder.

Márgaro era guapo, delgado, tenía el pelo corto y se lo teñía de un amarillo o rubio discreto, muy lejos de las güeras oxigenadas; no recuerdo bien si usaba aretes, pero en todo caso serían pequeños, nada ostentosos.

Se paseaba por la calzada y era imposible que las miradas no se posaran en él, nunca faltaba quién dijera: ya vieron a Márgaro; y todos los ojos lo seguían hasta que se perdía dando la vuelta o entre la gente.

Tenía una voz de diva, cachonda, como si cantara mucho; hablaba sin acento, claro, libre, suave.

Cuando lo vi por primera vez, me gustó; esa chava tiene algo, un no sé qué, me dije; no tenía las dimensiones de cadera o senos que levantan suspiros, pero tenía lo suyo, carisma o buenez en la sangre, en la forma.

Lo vi en el comedor, yo estaba un tanto aburrido porque siempre lo mismo, y eso que era la segunda semana de clases; jugando con los frijoles, unos para allá y otros para acá, ya a punto de irme entró Márgaro, sin contoneo excesivo, con andar suave; a repasar otra vez los frijoles; se sentó en la mesa de enfrente y me quedé viéndolo.

Juraría que era mujer le dije a mis cuates, que se habían enterado antes de su presencia; te gustó, no te hagas, me echaban carrilla, y es que uno tiene que ser bragao, si no ay te ves.

Un día tuve un encuentro cercano con él, debió de haber sido como la tercera semana, entonces uno todavía no se la cree, pero ya estábamos, íbamos despreocupados del cuarto al comedor, del comedor a clases y después al cuarto, nos daba miedo ir más lejos.

Así venía yo y no sé por qué chingaos venía solo, eso no se acostumbraba; al querer entrar al dormitorio apareció Márgaro, extendiendo los brazos me tapó el paso.

—Por aquí no se puede, me dijo con una sonrisa tierna, acaramelada.

Me saqué de onda regacho, no sabía qué hacer, me quedé mudo y puse una de esas risitas de pendejez.

—¡A poco no?, le dije.

—No, pero si quieres te hago un lugarcito.

Y ahí estaba yo paradito, a la merced de Márgaro; él con su sonrisa fresca, su camisa arremangada, sus brazos delicados y sus pechitos hacia delante, sugerente.

Debió haberse reído, tal vez era uno de sus pasatiempos favoritos, porque cuando estaba a punto de dar media vuelta, su sonrisa alegre y juguetona lo delataba.

—No es cierto, cómo crees, pásale.

Márgaro tenía lo suyo, eso que ni qué; pero en ese tiempo uno le saca al parche, no vaya a ser que hable mal la sociedad; porque hablando una vez mal, cuándo te lo quitas.

Por eso me hacía güey cuando iba con mis cuates y me lo encontraba; pero cuando iba solo me salía al paso:

—¿Cómo estás mi rey?, —me decía, con voz de quiero.

Las primeras veces me agachaba y me iba de lado; bien, alcanzaba a susurrar y apretaba el paso; pero poco a poco te acostumbras, y más si tienes enfrente ese par de uvitas adheridas a las manzanas, duras, paraditas; esa figurita de Barby, esos brazos, esas manos; esa sonrisa de: no temas, no te voy a comer, al menos hasta que quieras.

Eran también irresistibles sus caderitas, de quinceañera, sus muslos largos; más allá de su imagen de buena, su frescura.

Uno se pasa mucho tiempo pensando pendejadas, no sólo de caliente, sino de: se puede o no se puede, si te metes con él o ella, tú también eres o no; chale, como que me gusta, pero es que yo soy hombre, además me gusta porque se ve como mujer; más que otra cosa me gusta su voz, sus labios, sus ojos.

Cuando uno de sorprende a sí mismo pensando estas cosas, casi casi se santigua y le pide al señor: líbranos de todo mal.

Pero cuando te sale al paso así, cuando te las pone enfrente, cuando si no te quitas te saca un ojo, o al menos de los magulla, no se puede pensar; y no es que fuera insistente, ella misma lo decía:

—Ay, qué coincidencia, a poco vas a tus clases.

Y es que salía de no sé dónde, yo iba caminando a las pendejas, pajareando, y de pronto ahí estaba, mis ojitos pajaritos pasaban de sus duraznos a sus caderas, de sus muslos a sus melocotones otra vez, de su cuello a sus ojos.

Y entonces uno piensa qué hago, porque si cambiaba de ruta más temprano que tarde me lo encontraba, además de que no hay muchas rutas que digamos, la escuela sólo tiene una entrada.

Lo que más lo corroe a uno es la duda, el si yo, si tú, si él, si nosotros, si todos, si lo sabe Dios, qué pasará cuando lo sepa el mundo.

Uno siempre se resiste, se hace de la boca chiquita, a los quince o dieciséis; se pregunta cuando la cosa está canija: por qué yo, si ahí están el Rulo, Juanchis, el Tiroloco, la Marmota, o ya de plano Yoseph y el Calígula, que les valía madres y no perdían la menor oportunidad para demostrar que no tuvieron.

En fin, cuando te toca, te toca, y uno termina diciendo, ¡qué tanto es tantito!, nada más la puntita, o de plano que le dé sus llegues; y le decía al mí mismo que a todo le saca: quién esté libre de pecado, que arroje la primera piedra; y él me decía: cúbrete cabrón.

Por eso, un día, después de meditarlo por semanas le di el sí.

Me puse mis botas domingueras, la camisa de cuadritos, la hebilla de los tigres y hasta el perfume penetrante que me prestó el Yoseph.

Todos estaban enterados, animadísimos, dándome consejos y prestándome sus cosas, hasta lana: ¿cuánto te falta cabrón?, ay te van otros cincuenta varos.

Y es que yo les había  dicho que la Juanita, la que me escribía un viernes sí y el otro también, vendría a verme, que se pasaría un fin de semana conmigo, que iríamos a Chapultepec, al cine, a cenar y nos quedaríamos en un hotel, que se iría el domingo.

No te olvides de los condones me dijo Juanchis, y metió en la bolsa de mi camisa un paquetito de nueve.

—¡Suerte matador!

Dijeron cuando me iba; tuve que argüir un fin místico para que no me acompañaran.

Llegué a la hora, Márgaro estaba radiante, más chula que nunca, órale cabrón, pa´ tras, ni pa´ coger impulso, me dije, y nos fuimos.

Era media tarde y caminamos por el centro de lo que sería la CDMX, nos tomamos un helado y platicamos de esas cosas que no tienen importancia, como de películas y de artistas, bueno, como la Guzmán o Luismi.

Después nos lanzamos al cine, porque quería ver a Bart Pitt, y yo acepté porque salía encueradita Julia Roberts.

Después del cine fuimos a tomar un trago, pero primero caminamos otro rato, me contaba pelos y señales casi de cada esquina, de cada cantina, hotel o antro; eran sus dominios, se movía como pex  en el agua.

Llegamos al Taller, en la muy mentada Zona Rosa, la puerta estaba revestida con dos guaruras que lo saludaron de a besito, a mí se me quedaron viendo como bicho raro, la revisión es de rigor dijeron y me metieron mano por todos lados; sale, puede pasar.

Nos prepararon una mesa, dos rones y cigarros fueron el inicio; las parejas se repegaban en la pista, cachondas, al menos eso se veía en la penumbra.

Poco a poco mis ojos se acostumbraron a la oscuridad, ¡todos eran geys!; entonces sí le saqué; es que no es lo mismo tener a Márgaro enfrente que a los demás, algunos sí, arregladitos, con sus blusitas adheridas al cuerpo, sus pechitos; sus caritas jóvenes, tersas, bonitas; con éste sí se equivocó la naturaleza, eso de que es sabia son puras mamadas.

Pero cuando ves a los fornidos, casi, casi galanes de cine, con sus bigototes, darse unos de a lengüita, quedarse pegados como ventosas, y acariciarse; te erizas.

La neta se siente medio cuyeyín;  sí, uno es de mente abierta, fiel seguidor de la tolerancia, proclamador incansable de la igualdad, de: todos los derechos para todas; pero no hay que ser, cada abeja con su pareja ¡no?, me sorprendí pensando estas mamadas de pronto.

Me entró la zozobra, ya no estaba a gusto, cuando ponía su manita suave, tibia, sobre la mía, la quitaba de volada; me acicalaba el pelo, tomaba un cigarro, o le daba un minitrago a mi cuba lait.

Chale, ¿pa qué vine?; lero, lero; te lo dije gay, perdón, güey; algo pasó, qué chingaos es, quién sabe, pero dice mi mamá que siempre no.

Así estaba, con mi cabecita a mil por hora, pensando cómo diablos zafarme; se dio cuenta, ya te quieres ir ¿verdad?

Y Yo, nel, si estoy a toda madre.

Pero por qué carajos no nos fuimos derechito a un hotel, porque si dije que si, era que sí; pero en este lugar, la neta se me arruga; entonces sí reculé, y me dije, antes sí, pero ahora no; al fin que es de sabios reconocer errores que ¿no?

En esas estaba cuando llegaron sus amigas

—De dónde sacaste este bombón.

—¡Ay¡, me lo prestas ¡eh!

—Ándale, no se te va a acabar.

—Que escondidito te lo tenías.

Si de por sí ya estaba sacado de onda, el acabóse fue cuando una ellas, la más cachonda, me dijo:

—Oye, yo a ti te conozco, ¿qué no vas en la misma escuela?

Y me le quedé viendo, atrás de esas nalgotas, chichotas y maquillaje, estaba nada más y nada menos que Pedro Roldán, el de la escolta.

—Sí, tú eres de los nuevos —me dijo—, no sé por qué no me había fijado en ti.

Entonces se me hizo chiquita, con todo y bolitas; atrás de mis orejas un zumbido insistente: ¡peligro!, ¡peligro!, ¡peligro!

Vámonos cabrón, obviamente les dije que se me había olvidado apagar el boiler, que media manzana estaba en peligro y yo era el único que podía salvarlos.

—Ya me lo espantaron, ya ven, cabronas.

—Nanay, si te quiere vuelve; así son todos.

—No aprendes, te buscas puro chiquito con corazón de pollo, se asustan.

 

Salí a la avenida de insurgentes, era media noche, todo en su punto; el neón se reflejaba en los charquitos que iba dejando una tenue pero pertinaz llovizna.

Chale, si tan sólo nos hubiéramos ido derechito a un hotel; pero esa, sería otra historia.