El Coquitox de la ENA, Chapingo

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Llegó a temprana edad a Chapingo, prepúber tal vez, sin bigote, barba o pelo en otro lado que no fuera la cabeza.

En esos días Chapingo era pequeñísimo, sólo estaban algunos de los primeros dormitorios y cual galerones se acomodaban en fila las camas de los pupilos.

Todavía se usaba la levita dicen algunos, otros que no, pero lo que sí es seguro es que el Coquitox nunca la usó.

El niño Coquitox llegó con una canasta en la mano, entró por la calzada principal, hay quienes dicen que llegó caminando, pero otros más que bajó del tren en sus paradas habituales en la estación Chapingo.

Recorría la calzada, en esos tiempos interminable, pasaba por la capilla y los albañiles suspendían su trabajo para sentarse unos minutos a disfrutar de los cocos, pepitas, garapiñados, tamarindos y dulces de leche del Coquitox.

Después seguía su camino por las puertas de los dormitorios hasta llegar a la salida del comedor donde esperaba pacientemente a los estudiantes.

 

Cuentan que el mismísimo Diego Rivera cansado de contemplar la exquisita desnudez de Tina Modotti, le daba una palmadita en las soberbias nalgas y le decía: un minuto de descanso porque ya llegó el Coquitox.

Juntos descendían los andamios y por varios minutos se dedicaban a degustar las frutas cristalizadas, tomar el sol, contemplar el cielo y escuchar a las aves que trinaban alegres; aunque eso sí, había que cuidarse de sus caquitas.

Ahí estaba él, en medio de cal, cemento y colores; contemplando los frescos, apenas dos muros y medio, las mujeres en el fuego eran las que más llamaban su atención, púber, calenturiento, se asombraba con los senos erguidos, los pezoncitos, las piernas, casi a tamaño natural.

Ya estaban los esbirros, el propagandista, el hacendado, el clero, la milicia; pero el Coquitox, nada tonto, prefería deleitarse con la mujer naciente, la que surge de una flor, o la otra, la que está en posición de dar a luz…

Poco a poco se acercaban Diego y Tina, maravillados por la concentración del Coquitox.

—¿Y bien? —decía Diego— ¿qué te parece?

El Coquitox se sonrojaba.

—Me gusta.

Entonces Diego levantaba la bata que apuradamente se había puesto encima la Tinísima, y decía: el original es mejor —mientas daba una palmadita en las nalgas—, ¿no lo crees?

El Coquitox asentía en silencio.

—A ver, dale tú —incitaba Diego.

Tímidamente el Coquitox acercaba la mano.

Entre risas Diego preguntaba a todo pulmón, ¿qué, eres el cuarenta y uno o qué?; el Coquitox se hacía chiquito.

—¿O no te gusta?

El Coquitox sólo movía la cabeza afirmativamente pero sin control; entonces Diego le enseñaba: abre la mano, si das nalgada o agarras, que la rayita quede en medio, así… ya viste…, ahora tú, pon la manita…

El Coquitox ponía la mano pero cerraba los ojos, temblaba…

De pronto… Hora de trabajar, decía el Cara de rana y empezaba a subir los andamios, Tina tras él; el Coquitox con los ojos cerrados, parado a un lado del mural en ciernes, todavía sentía en la manita las nalgas un tanto frías pero ricas, deliciosas de la modelo especial.

 

Hay también quienes dicen que Marte Rodolfo Gómez, había dado instrucciones precisas para que el Coquitox hiciera entrega puntual de una dotación de sus manjares en la direc, y cual si fuera suscripción, pagaba su cuenta semanalmente.

Iban y venían directores y las entregas del Coquitox, inalterables; puntualmente recogía su pago cada semana.

Una de las ocasiones en que llegó el general Cárdenas, el Coquitox se puso en primera línea; sólo quería ver de cerca al señor presidente; el que había recorrido el país en la guerra y en la paz;  ahí estaba paradito a pleno sol, sudando la gota gorda, eso sí, a buen resguardo sus dulces; cuando el general estuvo enfrente al Coquitox se le quedó viendo extrañado, éste no es alumno, ¿verdad director?, pero los alumnos empezaron a corear: está en zootecnia, está en zootecnia.

Entre risas el general le preguntó:

—Y ¿qué traes en tu canasta?

—Dulces, señor presidente.

—Ah, entonces ya tenemos postre, vente con nosotros.

Ese día el Coquitox no sólo comió con el general, sino que terminó con todos sus dulces.

Otros presidentes llegaron Ávila Camacho, Walt Disney, López Paseos; pero éstos ya eran bien estirados y ni por casualidad veían al Coquitox.

 

El que nunca lo dejo de ver, casi, casi su compadre, fue Álvaro Carrillo; y no precisamente porque el Coquitox agarrara la borrachera siempre; no, sólo de vez en cuando, pero lo que sí ocurría siempre era que Álvaro, llegada la realidad del nuevo día, se apersonaba con el Coquitox.

—Ando bien crudo, préstame cuatro morlacos.

E ipso facto, el Coquitox cumplía su buena obra del día; sale, nada más porque los crudos son como los santos: redimidos.

Y ahí se iba el andariego, a comprarse sus canelitas o café con piquete, en la entrada, más allá de la terminal del tren.

Una y muchas veces el Coquitox sirvió de celestina, claro, más dulce, llevando y trayendo recaditos entre Álvaro y la hija del direc: que si, que más tarde, que no la dejan; que ella si quiere, pero que no puede; y cosas por el estilo, cuando se podía, recados escritos, cuando no, de viva voz; Álvaro siempre terminaba sus mensajes con: un beso de tu amado.

Pero el Coquitox, camarada y amigo leal, nunca sugirió un: ¿el beso lo quieres de lengüita?

Cuando el asunto estaba grave, el Coquitos acompañaba al trovador, se iban atrás de los gallineros y guitarra en mano le daban duro a la composición.

—¿Cómo ves ésta Coquitox?: hay amores que triunfan y el nuestro triunfó.

—No, yo creo que mejor: hay ausencias que triunfan y la nuestra triunfó, amémonos ahora con la paz que en otro tiempo nos faltó.

—¡Qué bien Coquitox, tú, si sabes!

Así surgieron longpleis, y el éxito; por eso Álvaro no se olvidó nunca del único, el inigualable Coquitox.

 

Claro que hay quienes, afirman categóricos que todas las historias del Coquitox son apócrifas, que sólo alguien con mucha imaginación podía inventar todos esos embustes.

Lo único que no ponen en duda son los dulces y la presencia del Coquitox.

El Coquitox, tal vez contemporáneo del Paréntesis, ocupa un lugar especial en el recuerdo de los chapingueros, me parece verlo con su vitrina de dulces, sentado afuera del comedor, con su sombrero de palma y su cigarro sin filtro; a sus noventa y cinco años; delgado pero recio, correoso; con su cara alargada y sus pómulos sobresalientes; serio, soltando de vez en cuando su voz, lo único que gritaba era coquitox, coquitox, y después silencio, las voces de los alumnos, sus bromas, sus risas.

Se sabe que en todas las fiestas de fin de cursos se era generoso con él, se le invitaba a comer y a beber, se le subía al estrado, se le ofrecían regalos; se le dejaba ebrio hasta más no poder.

Más bien partícipe, no se hacía escarnio ni burla.

Una ocasión le regalaron un carrito de redilas, fue en la tarde, a la hora de la letanía, con San Casmeo como testigo, los fieles se arremolinaban; ahí estaban los sumos sacerdotes con traje de ocasión, túnicas negras, botas sin espuelas y sus capuchas; fumando y tomando ofrecían a San Casmeo sus triunfos, agradecidos le rendían tributo; discursos y discursos en verso, tragos y tragos a boca de botella; el Coquitox ungido como padrino, en traje de carácter, para la ocasión vestía una camisa blanca y un pantalón azul.

Fue el que tomó el primer trago, y empezó a correr la botella en un vaivén presuroso, no duró mucho pero luego aparecieron otra y otras más.

En medio de la ceremonia, se hizo entrega oficial del obsequio, un carrito de madera, una troka de grandes dimensiones de alrededor de medio metro de ancho por uno de largo y otro de alto; sólo en la caja.

Todos contentos aplaudimos y seguimos la ceremonia hasta el fin, más tarde empezó el baile, pero el Coquitox no pudo quedarse, se lo llevaron en su carro, recostado.

Días después reapareció afuera del comedor, su vitrina estaba en la caja de su troka.

—Órale cabrón, ¿ya viste al Coquitox?

—No pus sí, con troka nueva y todo.

Sin duda, el Coquitox sigue llegando, nosotros, somos los que nos hemos ido.