13 de Julio. Frida Kahlo: el arte del sufrimiento.

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Han pasado 63 años desde que Frida Kahlo murió en Coyoacán, en la casa que a vio nacer y  décadas después de su fallecimiento se convirtió en el centro de veneración de su obra, sí, pero, sobre todo, de su vida, su filosofía y su culto al sufrimiento.

Para la pintora mexicana más famosa a nivel internacional, el dolor se convirtió en un símil de inspiración. El sufrimiento la acompañó durante el transcurso de sus días, primero debido a la poliomielitis padecía en su infancia que le dejó una pierna mucho más corta que la otra y después por las múltiples fracturas que un accidente de tránsito le ocasionó y que, en consecuencia, la orillaron a una vida de analgésicos, aparatos ortopédicos y la imposibilidad de tener hijos. Aunado a ello, no es un secreto que era aquejada por depresiones constantes, ya por las infidelidades de Diego Rivera (el amor de su vida), ya por sus complejos relacionados con la esterilidad.

Tras un periodo prolongado de reposo obligatorio en cama, Kahlo comenzó a pintar para combatir el aburrimiento y pronto lo convirtió en su pasión. Con frecuencia se retrataba a sí misma con heridas o espinas, representando sus dolencias tanto físicas como emocionales en una suerte de ritual catártico, una terapia para desfogarse.

Con todo, quizás la fascinación que genera Frida Kahlo viene de la dicotomía que sostenía entre el infierno en el que se representaba y la justa medida de esperanza que imprimía en su arte. “Nada es negro, realmente nada” y “Viva la vida” son frases que retratan la fortaleza mental de una mujer que, pese a todo, se aferró a la vida hasta los 47 años.