Bienvenido al infierno

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Ya te cargó la chingada… dijo una voz y dos sujetos de mediana edad me agarraron de los brazos, un auto tzuru taxi se orilló y me subieron a la parte de atrás.

Se había puesto difícil en todos lados, los delincuentes se habían llevado de mi casa en dos ocasiones mis equipos: computadoras, lap tops, cámaras digitales, tablets, discos duros, memorias, monitores, reproductores y hasta carretes de audio y cine de otro tiempo.

A mis vecinos empezaron por quitarles sus llantas, luego se llevaron sus autos y finalmente entraron a sus casas “a mano armada” o secuestraban a los familiares.

En el puente de San Felipe aparecieron una mañana los descabezados, inicio de ejecuciones a toda hora en la vía pública, por Hidalgo o Juárez, Netzahualcóyotl o Allende.

Varios maestros de la universidad habían sido extorsionados y entregaban una catorcena al mes; los “cobradores” los esperaban afuera de la escuela y ellos “donaban” puntualmente su cuota para estar “seguros”.

Primero los antros empezaron a pagar derecho de piso, sólo llegaban un par de sujetos a pedir la cuota, al principio algunos se resistieron, y como en las películas de gánster en el primer tercio del siglo XX llegaban a tapizar de plomo los locales.

Después pagaron las zapaterías, las tiendas de electrodomésticos, las tienditas y panaderías: nadie estaba fuera de la lista.

Me agacharon y me pusieron una chamarra encima, el tzuru dio algunas vueltas, traté de hacer una imagen mental del recorrido, pero en algún momento la perdí, lo cierto es que podía estar en Atenco, Chiconcuac, Tepetlaoxtoc, Chicoloapan o Chimalhuacán; aunque era muy posible que el auto hubiera regresado a Texcoco y estuviera a dos calles de deportivo Gustavo Baz.

Pensé que esto pasaría, pero el coraje y la indignación pueden más que el miedo, ya se habían llevado algunos autos dentro de la escuela, aparte de los asaltos al banco y el robo de la nómina.

Algunos maestros habían sido secuestrados, pero eran funcionarios y no sólo aquí, también en Zacatecas y en Durango donde uno de ellos no regresó jamás.

El mes pasado me estaban esperando afuera de la escuela, sólo me dijeron: maestro, te toca poner tu cheque, por el bien de tu familia no digas nada, vamos a venir cada mes.

Un escalofrío recorrió mi cuerpo, la ira y el rencor cuando se llevaban mi sueldo.

¡Qué poca madre!, dije cuando ya se habían ido, por varios días estuve pensado qué hacer, irme a Zacatecas era una opción o a Huatusco, pero uno tiene su vida hecha en esta tierra.

Por eso fui a la procuraduría, en la Trinidad, siempre me han parecido unos tipos de miedo, los judiciales, más que los uniformados me dan la impresión de no ser buenas personas, pero no hay mucho qué hacer, ni a dónde más acudir.

Me pareció una atención muy amable: maestro para acá, maestro para allá, hemos oído de su trabajo, qué importante es, no se preocupe, lo vamos a arreglar todo; decía el comandante, un hombre regordete de bigote desordenado, su voz tenía un acento costeño deslavado por los años.

Como en las mejores series policiacas me explicaron que se montaría un operativo para detener a los infames delincuentes, me pondrían micrófonos, enlazarían mi chip del cel a su señal, mi tablet tendría un dispositivo de localización adicional. Funciona aún apagado –dijeron, con la confianza que se puede tener a la tecnología; después de todo el programa pegasus con el que no espía Peña a todos hace eso y más.

Me mostraron su operación y vi en los monitores como se movía todo, se veía a las personas y los equipos en infrarrojos dentro del edificio desde una señal satelital.

Todo era tan elaborado que me fui con la convicción de que funcionaría. Y me dije: siempre pienso mal de los judiciales, pero se ve que le echan ganas.

El día de la catorcena, micrófono en pecho y demás gadgets, fui a recoger mi cheque, de lo más feliz y tranquilo, como mis primeros días de maestro, cuando no había hecho nada y ni sabía dar las clases, pero todo me hacía sentir bien.

Salí con mi cheque como diciendo: a ver, ¡hijos de la chingada!, vengan por mí, putos, aquí los voy a esperar a ver de a cómo nos toca.

Pero nada.

Pasaron dos, tres días y nada, de los extorsionadores ni sus luces, pensé en la eficiencia de los judiciales; en los noticieros aparecieron capturados grupos de secuestradores y extorsionadores, creí ver a uno de los que se llevaron mi cheque entre ellos.

Los policías se llevaron sus gadgets y me dijeron: asunto arreglado, maestro, cualquier cosa no dude en llamarnos.

Cierta zozobra me invadió, pero no había nada qué hacer.

 

Ahora iba en el tzuru agachado y temblando, el auto recorrió quizá veinticinco minutos, me pusieron una capucha en la cabeza para bajar, subí un escalón, recorrí el interior de una casa, salimos por una puerta que podía ser la de servicio y entramos a otro cuarto.

Qué pendejo eres, dijeron y empezaron a golpearme con puños y pies. Me fui doblando y caí, traté de cubrir mi cabeza y me hice bolita en el piso pero ya sangraba por la nariz y la boca. Me pateaban la espalda y los riñones.

 

A veces recuerdo cosas sin sentido… un viaje de estudio al istmo; la tarde, la noche, caminando de regreso de una parcela, debo estar en primer año de la carrera… estoy sentado a orillas de un arroyo, me quito los zapatos para cruzar, el viento suave y fresco pasa de largo y el sonido del agua que recorre las piedras del arroyo suena en mis oídos.

 

El agua cae desde una cubeta sobre mí, despierto en medio del espanto, del dolor: ahora sí, putito, búscanos en la señal satelital, jajaja. Sí, búscanos en tu compu, pendejo.

Me amarraron a una silla de madera, la capucha que parecía más como una funda de franela estaba mojada y tiesa por la sangre.

¿Qué he hecho?, pensé, ¿por qué me agarran a mí?

–Ya sabemos que ganas un chingo, cabroncito de mierda; ¡ay si, mis pinches libros son la onda! güevos, puto, a ver si nos pones en tus historias y para que tengas más palabras te vamos a dar los menús completos.

–Me cagan los disque intelectuales, que según van a la escuela y se creen la gran caca, o si escriben unas hojas ya se sienten que apestan fino.

–Todos saben que eres una farsa, ahí tienes a Natasha, diciendo como les vendes tus libros a tus estudiantes, a güevo, puto, muy a güevo.

–O al buen Anayaro que ha seguido todas tus mañas, le carranceas re-sabroso, hasta ha publicado tus negocitos… estás cabrón… estás cabrón.

 

Se reían a carcajadas, una tercera voz se movía más lejos, acomodaban como herramientas, se oía como pegaban unas con otras, con suavidad, con delicadeza, pero de poco en poco chocaban entre sí.

Cuando desataron mi mano izquierda la contraje instintivamente y con fuerza hacia a mi pecho, un golpe en el rostro me hizo aflojar el cuerpo, tenía los dientes apretados, lo ojos cerrados debajo de la capucha; estiraron mi brazo y lo sujetaron con unas correas a la mesa, quedó extendido, apretaba el puño pero un choque eléctrico lo abrió.

Pasaron una gruesa correa en la palma de mi mano y quedaron así, mis dedos extendidos. Un dolor punzante, agudo y metálico empezó a penetrar por la uña de mi dedo índice: era como una aguja caliente, intensa.

Un grito desgarrador salió de mi boca.

–¡Qué putas!, ¿no le cerraste el hocico?, dijo una voz.

–No, cabrón…

Me levantaron la capucha y me pusieron cinta canela en la boca, le dieron cuatro o cinco vueltas a mi cabeza, sólo se oía despegarse la cinta en su rollo.

El dolor llegó otra vez a mis dedos, un dolor intenso que se iba de pronto… un dolor que hace que todo se ponga negro en medio de la oscuridad.

 

Yo estaba en la escuela, un día de tantos, iba caminando por la calzada, a mis dieciocho o veinte años; tenía algunos sueños, deseos de ser, terminar mis estudios, ir a Oaxaca o Chiapas, tener un empleo con proyectos ambientales o dando clases en una prepa.

Martha iba conmigo, fuimos juntos a la secun, me gustaba tanto, le llevaba cositas a su casa, flores a veces, dulces y chocolates y le decía cosas sin sentido; pero nunca le dije: me gustas, quiero saber si quieres andar conmigo.

De pronto iban Arres y el Cocodrilo, de la banda monera. La Chita y el Mandrilo y empezaron a meterle mano en la calzada, a media mañana, Martha me veía y algo quería decirme, yo quería levantar mi mano para jalarla, la estiraba y la estiraba pero no podía alcanzarla.

Mi mano estaba caliente y grande muy grande.

 

Empecé a retorcerme en la silla, gimiendo de dolor, sentía la viscosidad de mi propia sangre en mis dedos.

El silencio llegó de la nada.

Mi mano ardía, en medio de la oscuridad de mis ojos cerrados pude ver un haz de luz, mi mano era blanca y mis dedos dejaban salir un destello de mi cuerpo, se iba apagando lentamente.

El agua cae, una cubeta, dos, el cielo se rompe y me siento desvalido. Soy un pequeñito a mitad de la plaza, perdido, llorando el suelo que se mueve cuando la tierra tiembla.

El agua cae encima de mí, el frío me hace temblar y un murmullo se acerca…

–¿Y esta mierda?, ¿por qué no la han echado a la coladera?

–No aguanta nada, se le va el pulso.

–Ya está apestando, muevan el culo.

–Sí, mi comandante.

Entre sueños escucho las voces, inconfundible ese acento costeño que se oculta tras los años o una falsa apariencia. Parece que no sabías, me digo y me duelo de mí mismo; mejor dile a los asesinos: putos de mierda, disparen.

–Mmmmm, mmmm, mmm –gimo bajo la capucha, bajo la cinta canela que muerde mis mejillas, que las sangra un poco.

–Este puto quiere hablar.

–Dale más sopa, luego que escupa.

Unos ruidos metálicos en la mesa me hicieron estremecer, sentí como me prensaban una uña y la levantaban con fuerza pero muy lentamente.

Una descarga eléctrica entró por mi índice, como un rayo cruzó mi brazo y me hizo convulsionar.

 

Voy en un tren, afuera se siente el calor; ¿por qué estoy aquí?, me pregunto; el tren cruza el desierto de Sonora o eso creo, llevo una mochila de colores y sueños, quiero ir al norte, allá está mi padre, desde hace muchos años que no recuerdo.

Cierro los ojos y lo veo, su sombrero es café, toca su acordeón en la puerta: te vas ángel mío parece deslizarse por el campo, a lo lejos, en medio de la tarde y la tibieza del día que se va.

Las ruedas metálicas del tren golpean las uniones de las vías y un ruido toca mis oídos incansablemente: ta´ta, ta´ta, ta´ta.

La soledad se extiende en este desierto de mi corazón, las ventanas desvencijadas de la burra, como llaman al tren de tercera que va a Mexicali, no se abren.

Aquí vamos los migrantes de Guerrero y los oaxaquitas, y los de más allá de Dios sabe dónde; pero adentro amontonados como costales, como recuerdos olvidados de una tierra que no nos quiere, que nos desprecia y se resiste a darnos un grano de maíz, van nuestros sueños que siempre terminan en pesadilla.

Hace años que no veo a mi padre, me acomodo en el asiento y trato de estirarme pero no puedo, trato de levantar mi brazo izquierdo pero duerme, hormiguea y no se mueve. Sudo copiosamente, busco mi brazo y no lo encuentro, levanto un muñón de diez centímetros pegado a mi hombro: así se ve la nada… todo se detiene… mis ojos parecen salir de sus oquedades… mi cuerpo se contrae… me oprime la angustia.

Mi brazo está extendido sobre mis rodillas… veo el lunar de mi muñeca… aún tiene la pulsera de colores que me recuerda tus manos… está frío, inmóvil, los dedos sangrantes… las astillas del húmero tienen coágulos negros… ¿en qué momento lo perdí?… ¿cómo fue cortado?… cuchillas de oscuridad revientan en mis ojos…

Un grito me despierta, es mi propio grito, estoy sentado en una silla, no tengo amarres ni cuerdas ni nada, mi brazo cuelga: lo levanto lentamente y trato de tocarme la cara, siento como se acerca pero no me toca. El brazo no se mueve y yo lo siento moverse, lo giro de izquierda a derecha con suavidad; pero lo veo ahí, inmóvil… colgando.

Lo agarro con el brazo derecho, lo abrazo: está roto.

 

–Te dejamos un brazo para que te limpies el culo, putito, y no te cortamos la lengua para que les cuentes a todos esos comemierda de tus coleguitas que sólo hay una sopa: pagar o la puta madre que los parió se va a retorcer en su pinche tumba.

–Y no dudes en ir otra vez con los puercos, los conocemos a todos, y a tu rectorcito… que por cierto, dice que lo tienes hasta la madre.

 

Me arrojaron en la oscuridad del dolor, sin zapatos, sin nada; una calle de tierra, desierta, me empolvó la cara; a los lejos un perro aúlla, no puedo pararme, mi brazo roto duele como duele la infancia de estar solo.

Me muevo como gusano, soy una larva que se retuerce, que no sabe dónde ir; con el dolor en la piel, en los poros, me voy levantando; con el codo derecho en el suelo y la mano sosteniendo el brazo inerte.

Estoy de pie, mi brazo derecho sostiene al izquierdo hasta el codo, doblado, pegado a mi cuerpo; sólo puedo mover lentamente los dedos de la mano izquierda, sin uñas, bañados en coágulos pequeños… el llanto ha estado ahí, en mis ojos, siento como caen unas lágrimas en mi brazo seco.

 

Voy caminando en la noche a ninguna parte, buscando la luz más intensa, algunos aullidos se escuchan muy a lo lejos.

 

Pienso en ti, en tus brazos, en que me hace llorar tu presencia cuando estoy herido, mis dedos sangrantes quieren tocarte, te extrañan…

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