De dos en dos

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Para Tobías Leal y Eusebio Ruvalcaba.

Porque en ese orden aparecieron

y también, en ese orden nos dejaron

Yo quiero ser llorando el hortelano

de la tierra que abonas y estercolas

Miguel Hernández

 

La muerte no pierde el tiempo, me dijo. Siempre se los lleva de dos en dos. Acuérdate cuando murió mi abuela; a la semana ya estábamos velando al tío Elpidio. Fue tan intempestivo aquello que se nos juntaron las lágrimas de los dos. Efectivamente, recordé también que hace casi diez años murió Rodolfo Chávez, mi hermano beisbolero. Luego, casi a los quince días, se fue Severino Salazar, gran escritor, paisano y amigo. No habían pasado ni dos semanas y lo mismo dijimos: ¿De dónde vamos a sacar tantas lágrimas?  Ahora, la situación se repite, hace quince días le dimos el adiós definitivo a mi hermano Tobías y hoy me levanto con la noticia de que murió Eusebio Ruvalcaba. Otra vez, el llanto se hizo presente y se estacionó como si nuestros ojos fueran su única morada. La impotencia avasalló nuestros cuerpos y al parecer, algo se rompió dentro de nosotros. Aunque no falta quien afirme categórico que la vida sigue, me cuesta trabajo aceptar que ya no estén ellos aquí. Veo un sinnúmero de objetos que tienen sus huellas y pretendo dibujar una ilusión en mi pecho, pero me doy un frentazo con la realidad. Quienes me ven me regalan rictus de compasión, se los agradezco, pero no los acepto. Lo que nos pasa sólo nos pasa a nosotros y nadie lo puede comprender, por más que se esfuerce, como nosotros. No puedo evitar en estos crudos domingos, cuando me pongo el uniforme y salto al terreno de juego, se haga presente la figura de mi hermano en la tercera base; metiendo el cuerpo a la pelota o tirándose sobre ella, me embarga una tristeza descomunal. Juego con la nostalgia encima y cada vez que sale un roletazo al cuadro, pienso que es él quien la atrapa y me tira a primera. Luego tomo la pelota y las lágrimas me traicionan. Cuando estoy en casa, entro al estudio y veo mis libreros, torpemente acabados con mis manos e inmediatamente pienso que él los hubiera hecho mejor: “El cielo se gana con las manos”, una verdad absoluta, si es que las hay. Las suyas trabajaban con infinita paciencia; era capaz de hacer cualquier cosa desde la más insignificante figura de plastilina, hasta un bastón para jugar golf, o una ballesta. Pintaba miniatura y luego afirmaba que no tenía mucho mérito. Armaba pequeñísimos aviones o barcos de plástico o tallaba la madera de balsa para darle vida a figuras inusitadas. Un día pensé que él podría elaborar una estatua de lascas. Es más importante inventar que hacer. La creatividad del ser humano no tiene límites. No son las manos las que trabajan; el cerebro y el corazón las mueven. Me paseo por el estudio y veo los libros de Eusebio. Ahí están formaditos, desde Un hilito de sangre hasta El sol le hace daño a los ancianos o Cuarenta días con Mozart, Primero la A , y sigo. Casi medio centenar, entre narrativa, poesía y ensayo. Me complace recordar que no fueron pocos los que tuve a bien presentar; otros en donde veladamente se hace alusión a sus amigos. Pienso en los más, centrados en la creación literaria, en el oficio de “tallerear”, que incansable llevó a diferentes escenarios. Veo las dedicatorias puntuales. Alguna vez, en esos largos encuentros en que nos reuníamos para desayunar y hablar de literatura, me decía que debería existir un libro con las mejores dedicatorias, desde las más convencionales hasta las más profundas. En otras, que un libro podría alcanzar un valor inusitado sólo por una dedicatoria. Imagínate, que tuvieras Holliwood, dedicado por Bukowski, o El almuerzo desnudo, con la firma de Burroughs. Pues yo tengo libros dedicados por ti, le contestaba efusivo. Entonces se ponía muy serio: ni de broma lo digas, eso no tiene sentido y menos porque somos amigos. Había una sinceridad seca en sus palabras, que no admitía réplica. Siempre huyó del elogio, y creo que nunca acudió al autoelogio, ni siquiera para hacer un chascarrillo; le disgustaban las bromas, sobre todo cuando se hablaba del quehacer artístico. Otras veces, cuando le llamaba por la noche, me contestaba tranquilo, pero muy determinante: hablamos luego, porque estoy escuchando una sinfonía de Schubert. Naturalmente. Nunca me gustó interrumpir esos momentos que para él eran sagrados. No sé por qué mucha gente escucha música como de fondo, cuando está realizando otras actividades. Es una falta de respeto total, tal parece que ésta se hubiera escrito para ambientar el trabajo o darle sonoridad a cualquier actividad, por muy ajena que sea a la propia música.  Yo soy de esos, le contestaba a la defensiva, delatando mi superficialidad, a pesar de que también me considero un melómano. Pues sí, me regresaba el comentario con una frase: pero eso no cambia nada. Las discusiones seguían e iban alcanzando diversas tonalidades. Muchas eran las diferencias que había en nuestra forma de pensar, pero ninguna, por grande que fuera alcanzó los límites. Pienso ahora que otros vínculos fortalecían nuestra amistad.  Siempre que alguien se va, indefectiblemente nos acosa la culpa, no sé por qué abonamos a nuestra tristeza, la idea de que debimos dedicarle más tiempo. Yo le había prometido a mi hermano Tobías, que me enseñó a escuchar el jazz y a las grandes bandas, unos libros acerca del tema, que conseguí en la pasada Feria del libro en Chapingo, así como otro acerca de James Bond, a quien él admiraba de manera irrestricta. No te los mando por paquetería, porque pienso aprovechar la cauda de las vacaciones decembrinas para darme una vuelta a Guadalajara, quizás en tu cumpleaños, le dije por teléfono. Claro, me contestaba animoso. Por acá te espero. Sin embargo, la muerte se puso en medio y las palabras se quedaron en el aire, a la espera el encuentro. Con Eusebio pasó algo semejante. Un día inexplicablemente se interrumpieron los desayunos sabatinos; fuimos espaciándolos, hasta que desaparecieron. En mi libro La hora mágica puse una dedicatoria que dice: “A Eusebio Ruvalcaba, acaso para resarcirlo por mi responsabilidad en el diálogo interrumpido”. Siempre asumí que había sido mi culpa que esas reuniones llegaran a su fin. Si no soy muy bueno para hacer amigos, lo soy menos para conservarlos. Ahora pienso que hubiera bastado con que lo convocara para que el accediera a reanudar esos encuentros. No fue así, paulatinamente nos dedicamos a gastar los sábados en otras actividades y esas reuniones quedaron en el olvido. Luego lo busqué para entregarle La hora mágica, alguien me informó que por mis rumbos, muy cerca de la Alameda de Coyoacán, había una librería en donde él daba pláticas de literatura, todos los lunes por la noche. Como me era imposible llegar, le dejé unos libros con la encargada. Luego recibí su agradecimiento por teléfono y quedamos de vernos, pero no fue así.  Una de las últimas veces en que lo vi fue cuando nos visitó en la Universidad Autónoma Chapingo y se me encomendó la misión de llevarlo a comer y luego traerlo a nuestra escuela para que diera su plática. Como llegué primero al restaurante, le hice la broma de que ya me encontraba ebrio, a lo que me dijo categórico: tú no sabes lo que es estar verdaderamente ebrio. De dos en dos se los lleva la muerte, me había dicho mi amiga y yo estoy aquí sentado frente a la máquina, golpeando las teclas compulsivamente, invadido por la confusión y la impotencia, con una rabia indefinida que me muerde las entrañas. Creo que me puse a escribir estas líneas para espantar la tristeza. Recuerdo las palabras de Borges acerca de que en los velorios el muerto adquiere diferentes rostros. Efectivamente, son los que dibujan quienes lo están velando y quieren a fuerza compartir su experiencia con los demás. No escucho las palabras de consuelo y tampoco me conformo con que me digan que para allá vamos, que ya van a ser más frecuentes estas noticias en nuestra bitácora, que ya estamos más pa’llá que pa’cá. Me he vuelto refractario a esos clichés que bondadosamente se elaboraron y se dicen para mitigar una amargura que al parecer no tiene fin. La ausencia se ha estacionado en mi vida y seguramente se va a quedar un rato largo ahí.   Supongo, no puedo hacer otra cosa, que siempre buscamos la forma más cómoda de digerir la ausencia; también supongo que cada día van a ser más frecuentes este tipo de noticias , ¿cuántas cosas debo suponer para conformarme?