52 tips para escuchar a Mozart de Eusebio Ruvalcaba (1)

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Querido Eusebio:

En principio, me permito comentarle con detalle, quizás intrascendente. Cuando recibí su libro, consideré que el sitio más acorde que me animaría a incursionar con vuelo libre por el apasionado paginario que propone, sus 52 tips para escuchar a Mozart, debería ser en la soledad ruidosa de una cantina, allá en Texcoco, donde radico. Supuse que no cometía un acto sacrílego, en el entendido de que a finales del siglo xviii algunas obras del compositor austriaco sonaban con alegre vitalidad por las cantinas y burdeles de su país; además, pensé, Eusebio ha dedicado una parte sustancial de su prolífica escritura a decirnos una y otra vez que el alcohol y la deleitación musical, colocados en la pauta del mismo viaje, devienen en una combinación de gozosa urdimbre amatoria; así, con tales consideraciones, es válido preguntarse: ¿Cómo vivirán aquellas criaturas abstinentes de embriaguez etílica y tentación melódica? Por cierto, amigo, otra causa de peso que me encaminó al Farolito de mi pueblo fue aquella frase leída, precisamente, en Bajo el Volcán del báquico Lowry y que esplende  intensa, dueña de lúcido convencimiento, como si descendiera del mismo cielo: “Mozart fue el hombre que escribió la Biblia”. Ante ese volado de izquierda verbal, totalmente sorpresivo, letal, pero de bendito veneno propinado por el genio inglés, que viene al caso recordarlo, deseaba recibir a la señora muerte tocando el ukulele, cualquier cristiano o el más pintado pugilista se va a la lona sin remedio. Pero como previamente la cabeza ya le estalla con el consabido revoloteo pajaril, lo más heroico, la mirada vidriosa, volando en los siete cielos, lo más decoroso sería lanzarle no un puñetazo a Lowry –con qué fregada energía– sino un buscapiés juguetón, sólo uno, al también autor de Oscuro como la tumba donde yace mi amigo, decirle: Esto significa, camarada, ¿qué en el principio no fue el verbo sino la música? Le cuento que la primera copa que bebí, antes de quitarle el picaporte a su libro, me llevó a repasar algunos de sus otros textos. Así, me detuve en un pasaje, acaso probable señal iniciática de su avidez melómana, de Chavos: fajen, no estudien: “Lo que yo llamo música, es la música que escuché antes de nacer, de una pasión bárbara. No sé cómo mis padres pudieron hacer tanta música juntos, tocar tantos recitales, tanto Brahms, tanto Mozart, tanto Beethoven y tanto Schumann, si se la pasaban haciendo el amor todo el tiempo”. En ese sentido, y disculpe si redundo, el disco que usted me regalara, aquel en donde se oye a su padre, el violinista y compositor Higinio Ruvalcaba, en el momento que interpreta excelso la Melodía de Gluck, con un instrumento que afina, finísimo –pensemos en la espada victoriosa de un guerrero–, uno se aventura a colegir que las “extraordinarias facultades” y la “cabal personalidad” expresiva elogiadas por Carlos Chávez, efectivamente, mucho debieron proporcionarlas el talento innato de don Higinio; pero cómo dejar de lado, acoto, la “pasión bárbara” que se profesó con doña Carmen Castillo, su pianista de cabecera y esposa. El amor, la música, ese binomio coincidente en su entorno familiar, tiene razón, lo levantaron a usted en sus entrañables y melódicos brazos, le entregaron las pistas a seguir, de ahí que no me parezca jactancioso cuando ha declarado que “la experiencia que he tenido oyendo música , si la pusiera sobre papel, alcanzaría para un viaje de ida y vuelta a la luna”. Después pedí otro trago a don Victor, el mesero, decidido, ahora sí, a enterarme de su año de estancia con Mozart, pero me asaltó en la mente una duda que ronda, supongo, a muchos otros, también poco conocedores de ese fenómeno auditivo: ¿Qué, cómo se logran hilvanar dos, tres juicios asertivos sobre la música? Le hablo, por supuesto, como lego que carece de escalpelos técnicos para ahondar con fortuna en dicho lenguaje, que se distingue por su inefabilidad. Le hablo como alguien que escucha a Mozart todo lo más posible, pero aceptando que ha sido encantado por su música. Se trata de una invisible y catártica belleza que no toco, no veo, pero que me ayuda a aproximarme dispuesto a mis dos pequeños hijos, con la mirada más limpia, menos vacía; incluso por las noches, en el sillón de casa, entregado a la alegría mozartiana, creo escuchar  –tamaño dislate, dirán– una voz que me susurra: “nada de rajarse”, y entonces termino aceptando lo dicho por E. Fischer, pianista, quien afirma: “Mozart es una piedra de toque para el corazón; nos protege contra toda flaqueza del gusto, del espíritu y de los sentimientos”. El mesero, sin llamarlo, intuyendo los deseos de mi garganta sedienta, puso en mi  mano el siguiente alcohol, y yo, finalmente, voy desplegando sobre la mesa sus 52 viajes al cielo que iluminó  Mozart. Son 52 acercamientos sustentados, propiciados por el gusto, el amor que siente por aquel niñote que con los bolsillos repletos de canicas –estoy oyendo como se desparraman, celestes, multicolores en el universo– decía a don Leopold, su padre, que su música podría gustar también a los no entendidos, sin saber por qué. Yo veo que de ahí, de esa conjetura reveladora, en su inocencia, en su misterio y en su inmensa gratitud es de donde usted fragua su prosa para mostrarnos lo mucho que le debe la humanidad a Mozart, no en florines, ni en oro, paradójicamente de los que tanto careció en vida el salzburgués y que cuando llegó a tener, así los despilfarró, prestó o regaló, a puñados; pues no hay que olvidar que sólo había venido un ratito a la tierra, Mozart, el creador de la música oficial del paraíso, ¿verdad Cioran? Nuestra deuda consiste, entonces, y aquí lo sigo muy de cerca, Eusebio, en mantener los oídos muy abiertos, esto si queremos, poco a poco, ir desgajando la belleza, dado que “las notas  son aves que entran por tus oídos e irrigan tu sistema nervioso” y “te producen dolor pero también orgasmos”. Son notas, insisto, que te preparan para sentir en las junturas, célula a célula, la sensación de la difícil sencillez de la amistad, la dicha, la ternura que nos regala la escucha de esa viola, tan cara a Mozart, fagot, corno, piano, arpa, violín, lo que se desee y en el género que prefiramos. ¿Qué les parece un Rondó en la menor para piano, si traemos entre manos tocar la piel de la pureza, o un Quinteto en do menor para dos violas, si lo que se requiere es restaurar el garete fatigante, la pesadumbre? Pero de inmediato nos advierte, nos enseña usted, que la música es como una mujer a quien deseamos, pero no sabemos cómo hacerla nuestra, de ahí que en su libro, continuamente, escuchemos de sus labios que bien han sabido gozar de muchos días de vino y de rosas, una especie de proclama vehemente: necesito una mujer, es decir la música. Aquí, de nuevo, es conveniente exclamar interrogativos con Cioran: ¿acaso sólo Mozart nos enseñó la profundidad de la alegría?; una mujer, abundo, para esperar serenos la muerte, el día que todo termine. Pero, me adelanto, antes, mucho antes la música, la Sinfonía número 40 en sol menor nos puede elevar a “aquella cumbre donde no es posible mentir”; la 40, encomia usted, “es de esa música que podría acompañar a un hombre  toda su vida”… Son tantos los posibles caminos, los tropeles sin empaque turbio sugeridos en su texto. Ah, y no se te olvide mencionar la indispensable Pequeña serenata nocturna en sol mayor, melodía o viento anónimo que se propaga “en la memoria genética de quienes jamás la han escuchado”; en fin, me detengo, repito, son múltiples las invitaciones suyas a darle cabida en nuestra sangre a lo que llama la hiperestesia. La música, en efecto, es un puente, una cadena o encadenamiento libre, sin fin, entre los hombres. Qué hermosas son las cadenas, los encadenamientos que te abren las puertas del paraíso, aunque sospeches que está a media cuadra del infierno. La música, la música campea, tiene en el aliento ebrio de su armonía el fraseo, la memoria en volandas del futuro. Es otra forma del tiempo (gracias, Borges) que se sostiene, lozas colosales, maravillosas, “la muerte no tendrá dominio”, Dylan Thomas, por la sangre, ese consuelo, esa piedad, ese pan de prodigio, la savia bondadosa de Mozart, la música misma. Por cierto, ¿qué no se supone que empecé este texto en torno a una mesa de cantina, como dijo el otro? Lo que ocurre, no se lo he mencionado, es que las copas han continuado llegando generosamente, y usted, Eusebio, lo habrá de notar en  mi caligrafía dada al catre. ¿Haydn? Es verdad, de acuerdo, casi lo olvido, en un descuido que ni Dios padre lo consentiría, cómo dejar de mencionar a ese sublime compositor que nos dejó en los oídos la dulce apoteosis de sus sinfonías y cuartetos… Haydn, tan cercano a Mozart… anunció al mundo, sin una gota de envidia –las orejas de orgullosa ambición de don Leopold Mozart, fueron testigos–: “Le declaro a usted que su hijo es el más grande compositor que yo haya conocido personalmente o de oídas, y que habrá jamás; domina el arte y la ciencia de la composición como ningún otro”. Querido Eusebio, a estas alturas –”Mozart fue el hombre que escribió la Biblia”– es probable que ya haya avanzado las tres cuartas partes de las palabras que quiero enviarle, y de la beodez (“perfectamente borracho”, señor cónsul), pero no quiero dejar de mencionar una corazonada, yo creo que su libro estará en los niños, aunque, le aviso, alguien ya se le adelantó. Un niño, otro, Mozart, les silba, dulce, en el sueño de su cuna y la mochila naranja del colegio. Mírelos, van de la mano montando fiesta en una obertura, la que quiera, y de repente su caballo blanco se desprende del carrusel, le brotan alas, jefe de jefes, el mero relajo, te conozco mosco, y se tira un pedo: “Es una broma musical”, aclara el caballo o Mozart, ya no me acuerdo… Don Víctor me despide en la puerta de salida, y dice, guasón, como siempre: “Hoy si le metió con enjundia a la beberecua”; enseguida, agrega: “Que le vaya bien; protéjase, hace mucho frío afuera…” Cuánta paz, Eusebio, se siente a veces en las calles; va uno caminando solitario, pero teniendo presente el resguardo, el abrazo que cobija, “protéjase, hace mucho frío”, de auténticos amigos, la música, Mozart, el divino, y usted. Eusebio Ruvalcaba, en la interpretación; pluma que se funde en una sonata para violín y piano. “La sangre recuerda”, escritura, entintada de amores, que va llenando la hoja en blanco: corales, un león para Erica y el Chipote, su perro, en la memoria. Todo, todo, con olor a Mozart. Reciba mi admiración y verdadera amistad por este nuevo opus que nos regala a sus lectores.

(1) Texto leído por el autor en la presentación del libro Un año con Mozart/ 52 Tips para escuchar a Mozart de Eusebio Ruvalcaba (Albox Editores), el 27 de enero de 2006, en la sala Carlos Chávez de la Universidad Nacional Autónoma de México, con motivo del 250 aniversario del natalicio del compositor austriaco.