MATAR A BORGES

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Brilló como un pontífice aunque naturalmente los pontífices también se mueren. Hace poco tiempo se cumplió un nuevo aniversario de su partida; fue el 14 de junio. El año 86 terminó de envolverlo con la niebla que le fue anunciada por su ceguera. Ha pasado el tiempo y parece que aún respira con fuerza.

En términos literarios es bueno matar al padre, agarrar la pala, cavar un hoyo y enterrarlo bien profundo para poder seguir adelante. Este ejercicio es difícil con Borges; todavía mete los codos y se hace sentir de un modo que paraliza; aun así hay que insistir con el parricidio para que el camino sea más ancho y de ese modo, quién sabe, quizás se lo lea más y se hable menos. Tal vez ese sea el modo de quitarle el carácter de objeto invisible porque aún se habla de él como de un jugador de fútbol, pero casi nadie lo lee.

Es notable lo que pasa con el autor de La moneda de hierro; un hombre que escribió páginas memorables y declaró a la prensa cosas horrendas (al fin y al cabo era humano) sigue siendo presa de una operación mental de carácter colectivo que lo sitúa como un dios en un planeta de bárbaros; naturalmente estamos frente a una abstracción interesada de tipo ideológico-comercial; no hay tal dios ni tal planeta de bárbaros. En nuestro país felizmente hay una gran cantidad de escritores y poetas de su misma talla; no es necesario forzar un movimiento de lectura para conocer esto. Aun así, es preciso leerlo en sus libros porque si algo lo destaca es su responsabilidad sobre cada una de las palabras que componen su obra.

Si hubiese caminado las calles de Rawson, tal vez habría escuchado perplejo la historia del viejo puente de madera; o del bautismo popular que tuvo el de hierro, quien sabe; tal vez le hubiera agradado que el paso sobre un río lleve el nombre de Puente del Poeta; acaso escribiría algún poema luego de un par de cañas en el bar de Rosselli indagando en los comensales sobre el vigor del viento cuando choca con el mar. Probablemente estuvo desde ese otro que su poderosa imaginación le proveyó cuantas veces quiso, y no nos dimos cuenta; o de uno de sus muchos laberintos quizás saltó algún Borges y como en un sueño que sueña, habitó la vieja pensión de la calle Belgrano. Qué duda cabe que aún anda por aquí.

El premio Formentor, compartido con Samuel Beckett en 1961 y otorgado por el Congreso Internacional de Editores le dio categoría de estrella internacional. Comenzaron a llegar las traducciones, los doctorados, las conferencias en el exterior, el Premio Cervantes, el ocioso debate sobre el Nobel y a pesar de toda esa lluvia de nuevas responsabilidades continuó escribiendo sin pausa, o mejor dicho, dictando la raíz de sus palabras. En realidad el mundo no hizo más que descubrir al que ya era.

En una oportunidad dijo: “Cada palabra, aunque esté cargada de siglos, inicia una página en blanco y compromete el porvenir”. Todo un legado, ¿no?; probablemente un deseo íntimo y una tarea.

Matar a Borges no es una encomienda menor. En todo caso es una labor de responsabilidad que nos compromete seriamente a los escritores para trazar nuestro propio camino. Hundamos sin miedo el escalpelo; de la precisión de nuestro tajo saldrán nuevas verdades con un rostro que ya no será el tigre de Blake que tanto admiró. Será el nuestro. Yo he intentado tal operación hace muchos años con un incierto destino; naturalmente lo hice a través de un poema, otra de las formas del conocimiento y por qué no, de liberación.